Haciendo un Trio Caliente con Mi Esposa
Todo empezó una noche cualquiera en nuestro depa en la Condesa, con Ana y yo recargados en el sillón viendo una peli gringa de esas que calientan la sangre. Ella, mi morra de ojos cafés y curvas que me vuelven loco, traía una blusa suelta que dejaba ver el encaje de su brasier negro. Yo, con mis jeans prietos y una playera que marcaba el pecho, no podía quitarle las manos de encima. Neta, wey, llevaba meses fantaseando con la idea de un trío, pero nunca se lo había soltado del todo.
—Oye, Ana, ¿y si probamos algo nuevo? —le dije, mientras le besaba el cuello y olía su perfume de vainilla que me ponía la verga dura al instante.
Ella se giró, con esa sonrisa pícara que tiene, y me clavó la mirada. —¿Como qué, cabrón? ¿Haciendo un trío con mi esposo y otra morra? —rió, pero vi el brillo en sus ojos. No era rechazo, era curiosidad. Hablamos horas, neta, de fantasías. Le conté cómo me imaginaba viéndola con otra chava, tocándola, lamiéndola, mientras yo me unía al desmadre. Ella confesó que siempre quiso experimentar con una mujer. Esa noche terminamos cogiendo como animales, pero la semilla ya estaba plantada.
Al día siguiente, en el trabajo, no paraba de pensar en eso.
¿Y si lo hacemos realidad? ¿Será que Ana se anima de verdad?Mandé un mensajito: "Mi amor, ¿buscamos a alguien en Tinder?". Su respuesta fue un emoji de fuego y un "¡Chido! Pero que sea discreta". Pasamos la semana swipando perfiles, hasta que dimos con Laura, una culona de veintiocho de Polanco, con tetas grandes y tatuajes que gritaban aventura. Charlamos por chat, nos mandamos fotos calientes —ella en lencería roja, Ana en su tanga favorita— y acordamos vernos en un bar de la Roma.
La noche del encuentro, el corazón me latía como tamborazo en fiesta. Ana se veía riquísima: vestido negro ajustado que le marcaba el culo redondo, labios rojos y el pelo suelto oliendo a shampoo de coco. Yo, con camisa blanca desabotonada un poco, listo para el desmadre. Llegamos al bar, luces tenues, música electrónica suave y olor a tequila en el aire. Laura ya estaba ahí, con jeans rotos y crop top que dejaba ver su piercing en el ombligo. Nos saludamos con besos en la mejilla, pero el roce de sus labios fue eléctrico.
—¡Qué chingonas se ven! —dijo Laura, con voz ronca que me erizó la piel. Pedimos tequilas con limón y sal, y la plática fluyó como río. Hablamos de todo: trabajos, viajes a la playa en Cancún, y poco a poco, el tema se puso subido de tono. Ana le tocó la mano, y Laura no se apartó.
Esto va en serio, pendejo. No la cagues, me dije mientras sentía el calor subiendo por mi entrepierna.
Terminamos en nuestro depa, el taxi oliendo a perfume mezclado con excitación. Apenas cerramos la puerta, Ana jaló a Laura de la cintura y la besó. Yo las vi desde el marco, la verga palpitando contra mis pantalones. Sus lenguas se enredaban, húmedas y brillantes bajo la luz ámbar del foco. Olía a saliva dulce y deseo. Me acerqué por detrás a Ana, le subí el vestido y metí la mano entre sus muslos. Estaba empapada, su panocha caliente y resbalosa bajo las bragas.
—Ven, mi amor, hazlo con nosotras —susurró Ana, rompiendo el beso. Laura se arrodilló primero, desabrochándome el cinturón con dientes. Su aliento cálido en mi piel me hizo gemir. Sacó mi verga dura como piedra, venosa y lista, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. ¡Qué mamada, carajo! Ana se unió, chupando mis huevos mientras Laura me tragaba entero, su garganta apretándome como guante.
Las llevé al cuarto, alfombra suave bajo los pies, sábanas frescas de algodón egipcio. Desnudé a Ana despacio, besando cada centímetro: sus tetas firmes con pezones duros como balas, su vientre plano, esa raja rosada que goteaba néctar. Laura se quitó la ropa, revelando un cuerpo atlético, culo prieto y concha depilada con un strip de vello negro. Se acostaron en la cama, piernas abiertas, y empezaron a comerse mutuamente. El sonido de lenguas chapoteando en humedad, gemidos ahogados, olor a coños excitados llenando el aire. Yo me masturbaba viéndolas, el pulso acelerado, piel erizada.
Ana miró hacia mí, ojos vidriosos de placer. —Cógeme mientras ella me lame, amor. Me posicioné detrás, embistiéndola de un jalón. Su concha me succionó, caliente y apretada, mientras Laura lamía su clítoris y mis huevos. Sentía la lengua de Laura rozándome la verga cada vez que entraba y salía, resbaloso de jugos. El slap-slap de carne contra carne, sus alaridos en español mexicano: ¡Más duro, pinche cabrón! ¡Me vengo! Ana explotó primero, temblando, chorros calientes mojando las sábanas.
Cambié a Laura, que se puso en cuatro, culo en pompa invitándome. La penetré lento, sintiendo sus paredes vaginales estrujándome, aroma almizclado de su sudor. Ana se recostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mi escroto y el clítoris de Laura.
Esto es el paraíso, wey. Nunca había sentido tanto fuego. Aceleré, agarrando sus caderas tatuadas, piel suave y sudorosa bajo mis palmas. Laura gritaba: ¡Sí, así, métemela toda! Su orgasmo fue violento, cuerpo convulsionando, uñas clavándose en las sábanas.
Ana quería más. Se montó en mi cara, su panocha goteando en mi boca. La chupé con hambre, saboreando su miel salada y dulce, mientras Laura me cabalgaba la verga, tetas rebotando, pezones rozando mi pecho. El cuarto apestaba a sexo puro: sudor, fluidos, perfume evaporado. Sus gemidos se mezclaban con los míos, pulsos latiendo al unísono. ¡Me vengo, putas! Exploto dentro de Laura, chorros calientes llenándola, mientras Ana se corría en mi lengua, ahogándome en su squirt.
Caímos exhaustos, enredados en un montón de carne jadeante. Besos suaves, caricias perezosas. El olor a semen y coños satisfechos flotaba, pieles pegajosas de sudor enfriándose. Ana me abrazó, susurrando: Te amo, cabrón. Esto fue chingón. Laura sonrió, besándonos a ambos.
Haciendo un trío con mi esposa fue lo mejor que nos pasó. ¿Repetimos?
Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches de puro vicio. La tensión se había roto en éxtasis, dejando solo paz y conexión más profunda. Neta, cambiaría todo por revivir ese calor otra vez.