Murder Time Trio
La noche en el rooftop de ese hotel chido en Polanco estaba que ardía. El aire traía ese olor a mar mezclado con el humo de los cigarros electrónicos y el perfume caro de la raza bien. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido negro pegadito que me marcaba las curvas como si fueran un pecado mortal, me sentía la reina del pedo. Había llegado con unas copas de más, riéndome con mis compas, pero de repente, mis ojos se clavaron en ellos: Alex y Marco, dos morros que parecían sacados de un video de reggaetón pero con vibra rockera.
Alex, el alto con tatuajes que asomaban por su camisa desabotonada, pelo revuelto y una sonrisa que te derretía las rodillas. Marco, más compacto, con ojos verdes que te miraban como si ya te estuvieran desnudando, barba de tres días y un cuerpo que gritaba gym todos los días. Estaban platicando con unos güeyes, pero cuando me acerqué al bar por otro trago, Alex me guiñó el ojo.
Órale, ¿qué onda con estos dos? Se ven que saben lo que traen entre manos, pensé mientras pedía mi margarita con sal gruesa.
—Ey, mamacita, ¿vienes sola o qué? —me soltó Marco, acercándose con una cerveza en la mano, su voz grave como un ronroneo.
Me reí, sintiendo el cosquilleo en la piel. —Puras amigas, pero ya me las despisté. ¿Y ustedes, carnales? ¿Buscando desmadre?
Alex se pegó por el otro lado, su brazo rozando el mío, y juro que sentí electricidad. Olía a colonia amaderada con un toque de sudor fresco, de esos que te hace agua la boca. —Somos el Murder Time Trio, pero nos falta la tercera pieza. ¿Te animas?
Me quedé helada un segundo, pero supe que era un juego. Murder Time Trio, como esa banda underground que mata en los antros, pero ellos lo decían con esa mirada pícara, adaptándolo a algo más... íntimo. Algo que prometía asesinar el control, el tiempo, todo con puro placer.
¡No mames, Ana, esto es tu chance de volar la torre. Dos chavos así, queriendo trío. Consiente, rico, sin dramas.
Asentí, mordiéndome el labio. —Suena chingón. Pero ¿dónde armamos el murder time?
Me llevaron a una suite del hotel, el elevador subiendo lento mientras sus manos ya jugaban: Alex acariciándome la cintura, Marco soplándome el cuello. El ding del elevador fue como un disparo de salida.
Adentro, la habitación era puro lujo: cama king size con sábanas de mil hilos, luces tenues que pintaban todo de rojo suave, y una terraza con vista a las luces de la Ciudad. Cerraron la puerta y el mundo se achicó a nosotros tres. Me senté en la orilla de la cama, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Ellos se pararon enfrente, quitándose las camisas despacio, revelando pechos duros, abdominales marcados, piel bronceada que brillaba bajo la luz.
—Relájate, reina —dijo Alex, arrodillándose frente a mí, sus manos subiendo por mis muslos, abriéndolos suave. Sentí el calor de sus palmas a través del vestido, el roce de sus dedos en la piel sensible del interior.
Marco se sentó a mi lado, su boca en mi oreja. —Vamos a hacer que este Murder Time Trio sea inolvidable. Tú mandas, ¿eh? —Sus labios rozaron mi lóbulo, enviando chispas directo a mi entrepierna.
El deseo crecía como ola en la playa de Acapulco. Me quité el vestido yo misma, quedando en encaje negro, tetas al aire porque no traía sostén. Ellos jadearon. —¡Puta madre, qué culazo! —gruñó Marco, su mano apretándome una nalga, el pellizco perfecto que duele rico.
Esto es lo que necesitaba, carne contra carne, sin pendejadas, me dije mientras Alex besaba mi ombligo, bajando lento, su lengua dejando un rastro húmedo y caliente. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llena el aire cuando estás empapada.
Marco me besó la boca, lengua invadiendo, saboreando a tequila y menta. Sus manos amasaban mis tetas, pulgares en los pezones duros como piedras. Gemí en su boca, el sonido vibrando entre nosotros. Alex llegó a mi panocha, separando las bragas con los dientes, soplando aire fresco antes de lamer despacio.
—Qué rica estás, mojada toda —murmuró, su lengua plana lamiendo desde el clítoris hasta el culo, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.
La tensión subía, mis uñas clavándose en las sábanas. Quería más, pero ellos jugaban sucio, torturándome con besos y toques. Marco se desnudó, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras Alex metía dos dedos en mí, curvándolos en el punto G.
—¡Ay, cabrones, no paren! —supliqué, el primer orgasmo construyéndose como tormenta.
El clímax nos envolvió como un huracán. Me puse de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo mi peso. Alex se recargó en la cabecera, verga parada como bandera, y yo la chupé ansiosa, saboreando su sal marina, la vena palpitando en mi lengua. Marco detrás, lamiéndome el culo mientras se ponía condón, su aliento caliente en mi piel húmeda.
—Prepárate para el murder time, Ana —dijo, empujando lento su verga en mi panocha, llenándome centímetro a centímetro. El estirón delicioso, paredes apretándolo, jugos chorreando por mis muslos.
Me moví entre ellos, mamando a Alex profundo, garganta relajada por la práctica, mientras Marco me cogía con embestidas firmes, pelotas golpeando mi clítoris. El slap-slap-slap de piel contra piel, mezclado con mis gemidos ahogados y sus gruñidos roncos. Sudor goteando, olor a sexo puro, intenso, adictivo.
Cambiaron posiciones como pros. Alex me tumbó de espaldas, piernas en sus hombros, penetrándome profundo, ojos clavados en los míos. —Mírame mientras te cojo, preciosa. Siente cómo te parto. —Cada thrust tocaba fondo, mi clítoris frotándose en su pubis.
Marco a un lado, verga en mi mano, luego en mi boca. El ritmo aceleraba, corazones tronando al unísono.
¡Esto es el paraíso, el Murder Time Trio matándonos de gusto! No quiero que acabe nunca.
El segundo orgasmo me rompió, paredes convulsionando alrededor de Alex, leche chorreada en chorros calientes. Él se corrió segundos después, rugiendo mi nombre, cuerpo temblando. Marco esperó su turno, volteándome a cuatro patas, cogiéndome el culo con dedos lubricados primero, luego su verga lenta, consensual, yo pidiendo más.
—¡Sí, métela toda, pendejo chingón! —grité, el ardor transformándose en éxtasis puro.
Se corrió adentro del condón, colapsando sobre mí, los tres en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas.
El afterglow fue como flotar en nubes. Nos quedamos tirados, piel pegajosa, besos suaves y risas cansadas. Alex me acariciaba el pelo, Marco trazaba círculos en mi espalda. El aire olía a semen, sudor y satisfacción, con la brisa de la terraza trayendo frescura.
—Fue el mejor Murder Time Trio ever —dijo Marco, besándome la frente.
Alex asintió. —Y repetimos cuando quieras, reina.
Me acurruqué entre ellos, el corazón lleno, cuerpo saciado. En esta ciudad loca, encontré mi trío perfecto. No hay remordimientos, solo ganas de más.
Salí al amanecer, piernas flojas pero alma en alto, sabiendo que el murder time había sido solo el principio.