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Intenta Un Poco De Ternura

7477 palabras

Intenta Un Poco De Ternura

La noche en mi depa de la Roma caía suave como una caricia, con el aroma a jazmín del balcón colándose por la ventana entreabierta. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, pintora de medio tiempo y soñadora de tiempo completo, me recargaba en el sillón viejo que mi abuelita me dejó, con una chela fría en la mano. La ciudad bullía allá abajo, cláxones lejanos y risas de borrachos en la calle, pero aquí adentro solo se oía el vinilo girando: Try a little tenderness, la voz rasposa de Otis Redding llenando el aire con esa promesa de suavidad que tanto necesitaba después de mi última ruptura. Neta, estaba harta de cabrones que nomás querían lo rápido y lo duro, sin un pinche beso en la frente.

El timbre sonó como un suspiro, y mi corazón dio un brinco. Miré por la mirilla: Marco, mi ex de hace seis meses, con esa sonrisa chueca que siempre me derretía. Alto, moreno, con ojos cafés que parecían pozos de chocolate caliente. ¿Qué chingados hacía aquí a las once de la noche? Abrí la puerta despacio, el aire fresco del pasillo trayendo su olor: colonia barata mezclada con sudor fresco de quien acaba de caminar bajo la luna llena.

¿Y si lo mando a la verga? Pero no, wey, esa mirada... dice que viene en serio esta vez.

"Ana, mi reina", murmuró, su voz grave como el ronroneo de un tigre. "Déjame entrar, nomás un ratito. Traigo algo pa' ti". Levantó una bolsa de papel con dos tacos de suadero de la taquería de la esquina, calientitos, oliendo a cebolla asada y salsa verde que me hizo la boca agua.

Lo dejé pasar, cerrando la puerta con un clic que sonó definitivo. Nos sentamos en el sillón, comiendo en silencio al principio, solo el crujir de las tortillitas y el sorber de la chela. Sus rodillas rozaban las mías, un toque eléctrico que me erizó la piel. "Órale, Marco, ¿qué pedo? ¿Vienes a disculparte o qué?", le pregunté, limpiándome la salsa de la barbilla con el dorso de la mano.

Él dejó su taco a medias, se acercó más, su aliento cálido con toques de cilantro rozándome el cuello. "Te extraño, Ana. Fui un pendejo, neta. Pero hoy escuché esa rola en la radio, try a little tenderness, y pensé en ti. Déjame intentar un poco de ternura, mi amor. No como antes, con prisas. Quiero cuidarte". Sus palabras me calaron hondo, como lluvia tibia en la piel reseca.

El comienzo fue lento, como debe ser. Sus dedos trazaron mi brazo, suaves, apenas un roce de yemas callosas por el trabajo en la construcción. Sentí el calor de su palma subiendo por mi muslo, deteniéndose en el borde de mi short de algodón. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando con el ritmo de la música que seguía sonando bajito. Lo miré a los ojos, vi el deseo puro, sin egoísmo, y le tomé la mano, guiándola más arriba. "Muéstrame, carnal", susurré, mi voz ronca de anticipación.

Acto dos: la escalada

Nos besamos entonces, no con hambre salvaje, sino con esa ternura que prometía. Sus labios carnosos cubrieron los míos, suaves al principio, explorando como si fuera la primera vez. Sabían a salsa picosa y a él, un sabor terroso y adictivo. Su lengua se coló despacio, danzando con la mía en un tango lento, mientras sus manos me acunaban la nuca, enredándose en mi pelo negro largo. Gemí bajito contra su boca, el sonido vibrando entre nosotros como un secreto compartido.

Me levantó en brazos sin esfuerzo, mis piernas envolviéndolo por instinto, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la tela. Caminó al cuarto, el piso de madera crujiendo bajo sus pasos, el aire cargado ahora con nuestro olor: sudor fresco, perfume floral mío y ese almizcle masculino que me volvía loca. Me depositó en la cama como si fuera cristal, quitándome la blusa con dedos temblorosos de emoción. "Eres tan chingona, Ana", murmuró, besando mi clavícula, su aliento caliente enviando chispas por mi espina.

Sus besos bajan, suaves como plumas, pero queman. Neta, esto es lo que necesitaba: no fuerza, sino entrega.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la playera, mis uñas rozando su pecho velludo, pectorales firmes por el gym improvisado en el obraje. Lamí su piel salada, saboreando el sudor de su esfuerzo diario, bajando hasta el ombligo donde un rastro de vello oscuro me guiaba más abajo. Él jadeó, "¡Órale, mi vida!", su voz quebrada. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, con venas marcadas que pedían atención. La tomé en mi mano, suave al principio, sintiendo su pulso acelerado como tambores en mi palma, el calor irradiando.

La tensión crecía, un nudo delicioso en mi vientre. Me tendí, abriéndome para él, mis pechos pesados con pezones duros como piedras preciosas. Marco se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma de mujer lista. "Hueles a paraíso, reina", dijo, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con ternura infinita, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda. El placer era olas suaves al principio, building up con cada roce húmedo, el sonido de su succión obsceno y excitante en la quietud del cuarto. Mis manos en su pelo, tirando suave, "¡Más, pendejo tierno! ¡No pares!".

El clímax se acercaba, pero él lo frenaba, besándome el vientre, los senos, susurrando "Try a little tenderness, baby" en inglés perfecto, imitando a Otis, lo que me sacó una risa ronca mezclada con gemido. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome con su grosor caliente, mis paredes apretándolo como guante. Nos movimos en sincronía, ritmos lentos que aceleraban, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos, el olor a sexo puro invadiendo todo. Sus embestidas profundas pero cuidadosas, rozando ese punto dentro que me hacía ver estrellas, mis uñas clavándose en su espalda sin lastimarlo.

"¡Te amo, Ana!", gruñó, su aliento en mi oreja, acelerando ahora, el colchón gimiendo con nosotros. Yo respondí con mis caderas alzándose, "¡Córrele, mi rey! ¡Dame todo!". La intensidad psicológica era brutal: recordaba las peleas pasadas, pero esto lo borraba, su ternura reconstruyéndonos.

El final: la liberación

El orgasmo nos golpeó como tormenta de verano. El mío primero, una explosión desde el centro, ondas de placer recorriendo cada nervio, mi grito ahogado en su hombro, "¡Sí, cabrón! ¡Ahí!". Él se tensó, gruñendo profundo, su semen caliente inundándome en pulsos, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, unidos, respiraciones jadeantes sincronizándose, el corazón latiendo al unísono contra mi pecho.

Después, el afterglow fue puro terciopelo. Me acunó contra su lado, su mano trazando círculos perezosos en mi espalda húmeda, besos en la sien. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y paz. "Esto es lo que quiero siempre, Ana. Ternura, neta", murmuró, su voz somnolienta. Yo sonreí en la oscuridad, el vinilo ya callado, solo el zumbido de la ciudad lejana.

Intenta un poco de ternura, y mira lo que pasa: renaces. Mañana será otro día, pero esta noche, somos eternos.

Nos dormimos enredados, piel con piel, el mundo afuera olvidado. Por primera vez en meses, sentí completa, empoderada en su suavidad.

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