Probando Anal por Primera Vez
Era una noche calurosa en el DF, de esas que te hacen sudar hasta el alma, pero en nuestro depa en Polanco todo se sentía chido. Yo, Ana, acababa de llegar de un día largo en la oficina, con el cuerpo pidiéndome a gritos un masaje. Marco, mi morro desde hace dos años, ya me esperaba con unas chelas frías y tacos de suadero que olían a gloria. Órale, qué rico, pensé mientras lo veía recargado en la barra de la cocina, con esa sonrisa pícara que me derretía las piernas.
"Ven pa'cá, mi reina", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Lo abracé fuerte, sintiendo su pecho duro contra mis tetas, y el olor de su colonia mezclándose con el humo de los tacos. Nos sentamos en el sofá, platicando de la vida, de lo bien que nos caía todo juntos. La tele de fondo ponía una rola de Natalia Lafourcade, suave, romántica, perfecta pa'l mood.
Entre chela y chela, la plática se puso caliente. "¿Sabes qué?" le solté, mirándolo fijo a los ojos. "Quiero probar algo nuevo contigo". Él arqueó la ceja, intrigado. "¿Qué traes en mente, nena?". Respiré hondo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Try anal", le dije bajito, como si fuera un secreto del más alto nivel. Sus ojos se iluminaron, pero no de esa forma babosa, sino con puro cariño y excitación compartida. "¿Netas? ¿Estás segura, amor? Solo si tú quieres, eh".
Ahí empezó todo. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, pero su respeto me hacía sentir poderosa, dueña de mi cuerpo. Lo besé profundo, saboreando la sal de la chela en su lengua, mientras mis manos bajaban por su espalda, clavando las uñas suave en su piel morena.
¿Y si duele? ¿Y si no me gusta? Pero chingao, quiero intentarlo con él. Marco siempre me cuida, siempre me hace volar.
Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La luz tenue de las velas que él ya había prendido pintaba sombras sexys en las paredes blancas. Me recosté en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio rozando mis nalgas como una caricia. Marco se quitó la playera, mostrando esos abdominales que me volvían loca, y se acercó despacio, besando mi cuello, chupando mi lóbulo de la oreja. "Relájate, mi vida", murmuró, mientras sus dedos trazaban círculos en mi vientre.
Acto uno: la preparación. Me abrió las piernas con gentileza, y sentí su aliento caliente en mi panocha ya húmeda. Lamía despacio, saboreándome como si fuera el postre más chingón del mundo. El sonido de su lengua chapoteando contra mis labios hinchados me ponía a mil. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su sudor fresco. Metió un dedo, luego dos, lubricando todo con el gel que sacó del cajón. "¿Así está bien?", preguntaba cada rato, y yo gemía "Sí, cabrón, no pares".
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Mis pezones duros rozaban las sábanas, enviando chispas a mi clítoris. Él se masturbaba mirándome, su verga gruesa palpitando, la punta brillando de pre-semen. "Eres tan rica, Ana", gruñía, y yo sentía el poder de volverlo loco.
Pasamos al medio tiempo. Me puse de rodillas, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Marco se paró atrás, untando más lubricante en mi culito virgen. El frío del gel contrastaba con el calor de sus manos grandes amasando mis nalgas. Pum pum, el corazón me retumbaba en los oídos. "Si duele, paramos al instante, ¿va?". Asentí, mordiéndome el labio.
No seas pendeja, Ana, esto es tuyo. Tú lo quieres, tú lo pides. Siente cada puto centímetro.
La punta de su verga presionó contra mi entrada trasera, suave, insistente. Respiré profundo, empujando hacia atrás. Entró poquito a poco, un ardor inicial que se transformaba en plenitud. "¡Ay, wey!", grité, pero era placer mezclado con sorpresa. Él se quedó quieto, acariciando mi espalda empapada de sudor, besando mi nuca. El olor de nuestros cuerpos se intensificaba, almizcle y lubricante, embriagador.
Empezó a moverse, lento al principio, como olas del Pacífico rompiendo en la playa. Cada embestida mandaba ondas de fuego por mi espina dorsal. Toqué mi panocha con una mano, frotando el clítoris hinchado, sincronizando con sus caderas. Sonidos guarros llenaban el cuarto: piel contra piel, plaf plaf, mis gemidos roncos, sus resoplidos animales. Veía en el espejo del clóset nuestras siluetas fusionadas, sudorosas, perfectas.
"Más fuerte, Marco, dame todo", le rogué, empoderada, dueña del ritmo. Él obedeció, agarrando mis caderas con fuerza, pero siempre atento a mis señales. La fricción interna era nueva, intensa, tocando nervios que ni sabía que tenía. Sentía su verga hinchándose más, latiendo dentro de mí, y mis paredes se contraían alrededor, ordeñándolo.
El clímax se acercaba como volcán en erupción. Mis piernas temblaban, el sudor chorreaba por mi frente, salado en mis labios. "Me vengo, amor, me vengo", aullé, y exploté en oleadas, el culo apretando su polla mientras chorros de placer mojaban las sábanas. Él gruñó profundo, "¡Chingao, Ana!", y se corrió adentro, caliente, llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, jadeando, el aire pesado con nuestro aroma compartido.
Fin del juego. Colapsamos en la cama, él saliendo despacio, un río tibio escapando de mí. Me volteó, besándome la frente, los labios, las tetas. "¿Cómo te sientes, mi reina? ¿Estuvo chido el try anal?". Reí, exhausta, feliz. "Pinche cabrón, fue alucinante. Quiero más". Nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas, su mano en mi nalga aún sensible, trazando círculos suaves.
Esto nos une más, nos hace más libres. Mi cuerpo es mío, y lo comparto con él porque sí quiero. Qué chido ser adultos y juguetones.
La noche siguió con pláticas susurradas, risas, otra chela. Afuera, el bullicio de Polanco se oía lejano, como si el mundo entero se hubiera reducido a nosotros dos. Sentí su pulso calmándose contra mi pecho, mi piel erizada aún por los ecos del placer. Mañana sería otro día, pero esta experiencia quedaría grabada, un capítulo caliente en nuestra historia de amor picoso.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir y sonreí. Probando anal por primera vez había sido el inicio de algo grande, sensual, nuestro.