He Intentado el Presente Perfecto
La noche en Polanco estaba al tiro, con las luces de neón parpadeando desde los balcones de la mansión de mi cuate Laura. El reggaetón retumbaba en los parlantes, mezclado con risas de fresas y yuppies bebiendo mezcales artesanales. El aire olía a jazmín de los jardines y a ese perfume caro que usan las chavas bien puestas. Yo, Valeria, 29 años, con mi falda plisada roja que apenas cubría mis muslos y un top escotado que dejaba ver el encaje de mi brasier, me sentía como una bomba a punto de estallar. He intentado mil veces convencerme de que no necesitaba a nadie, que mis noches sola con mi vibrador eran suficientes, pero neta, el cuerpo no miente.
Tomé un sorbo de mi paloma —tequila con pomelo y un toque de chile— y sentí el líquido fresco bajar por mi garganta, picante y dulce a la vez. Ahí lo vi, recargado en la barra, con una camisa blanca arremangada que marcaba sus brazos fuertes. Javier, me enteré después, 32 años, empresario de apps en la Condesa. Moreno, ojos cafés intensos como el chocolate amargo que me encanta, y una sonrisa pícara que gritaba problemas. Nuestras miradas se cruzaron y ¡órale!, fue como electricidad. Caminé hacia él, mis tacones resonando en el mármol, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.
—¿Qué onda, guapo? —le dije, apoyándome en la barra para que oliera mi perfume de vainilla y coco.
—Qué buena onda tú, preciosa. ¿Ya probaste el mezcal de la casa? —respondió con voz grave, ronca, que me erizó la piel.
¡Puta madre, he intentado resistirme a tipos como este toda mi vida, pero este wey tiene algo diferente!
Charlamos de todo: de los tacos al pastor de la esquina, de cómo el tráfico en Reforma nos vuelve locos, de sueños locos como viajar a Tulum sin plan. Su mano rozó la mía al pasarme el vaso, y sentí su calor subir por mi brazo. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a colonia masculina, madera y un toque salado. Mi corazón latía como tambor en quinceañera.
La tensión crecía con cada roce. Sus dedos en mi cintura, bajando un poquito más, apretando mi nalga con disimulo. Yo arqueé la espalda, presionando mis tetas contra su pecho firme. Neta, he probado besos en fiestas, pero cuando sus labios tocaron los míos en el balcón, fue otro nivel. Su boca sabía a humo de carbón y tequila, lengua juguetona explorando la mía, suave pero dominante. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto.
—Vamos a algún lado más privado —me susurró al oído, su aliento caliente haciéndome temblar.
—Sí, carnal, llévame —contesté, ya empapada.
Entramos a una recámara de huéspedes, la luz tenue de una lámpara iluminando la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, besándome con hambre. Sus manos subieron por mis muslos, levantando la falda, dedos rozando mi tanga de encaje. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante bajo el pantalón.
¿Por qué he esperado tanto? He intentado encontrar esto en apps, en bares, pero nada como su toque.
Me quitó el top despacio, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. El sonido de su zipper bajando fue como música prohibida. Sus tetas —no, mis tetas— quedaron libres cuando desabroché el brasier, y él las devoró: pezones duros entre sus labios, succionando con fuerza, mordisqueando suave. Gemí fuerte, ¡ah, wey!, mis uñas clavándose en su espalda. Bajó de rodillas, aroma de mi excitación llenando el cuarto, almizcle dulce y salado. Apartó la tanga y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo en círculos lentos, chupando como si fuera el mejor dulce de pulque.
—Qué rica estás, nena, tan mojada por mí —murmuró, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El sonido húmedo de mi panocha tragándolos me volvía loca. Arqueé las caderas, montando su cara, oliendo su sudor mezclado con mi jugo. Él gruñía, vibrando contra mi piel sensible.
Lo empujé a la cama, queriendo mi turno. Le bajé el bóxer y ¡madre santa!, su verga saltó libre, venosa, cabeza rosada brillando de precum. Olía a hombre puro, testosterona. La lamí desde la base, saboreando la sal, metiéndomela hasta la garganta mientras él jadeaba: ¡Chingao, qué chida chupas! Mis manos masajeaban sus huevos pesados, lengua girando en la punta. Lo vi retorcerse, músculos tensos, venas marcadas en los brazos.
La intensidad subía como volcán. Me subí encima, frotando mi raja húmeda por su longitud. Despacio, me penetró, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome perfecto. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos apretando mis caderas. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos altos, sus gruñidos roncos. Cambiamos: él encima, misionero profundo, besos salvajes. Luego de lado, su mano en mi clítoris frotando rápido.
He intentado orgasmos solos, pero este... este es el presente perfecto, la ola que me va a romper.
Sudor goteando de su frente a mi pecho, gusto salado en mi lengua al lamerlo. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos. Aceleró, verga hinchándose dentro, golpeando mi cervix con placer punzante. ¡Me vengo, Valeria! gritó, y yo exploté: contracciones milking su polla, jugos chorreando, visión borrosa de estrellas. Él se derramó caliente, chorros espesos llenándome, gimiendo mi nombre.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su corazón tronando contra mi oreja, olor a semen y sudor envolviéndonos como manta. Me acarició el pelo, besó mi frente.
—Neta, güey, he intentado tanto hallar algo así —le dije, voz ronca.
—Yo también, preciosa. Este es nuestro presente perfecto.
Nos quedamos así, riendo bajito de lo intenso, planeando tacos de madrugada. Por primera vez, no sentí vacío después. Solo paz, calidez en el pecho. He intentado todo, pero esto... esto era lo que faltaba.