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Disfraces en Tríos Prohibidos

6973 palabras

Disfraces en Tríos Prohibidos

Ana ajustó el corsé rojo de su disfraz de diablesa, sintiendo cómo la tela satinado rozaba su piel arrebolada por el calor de la noche. La fiesta en la casa de su amiga Lupe en Polanco estaba en su apogeo, con luces neón parpadeando al ritmo de cumbia rebajada que retumbaba desde los bocinas. El aire olía a tequila reposado mezclado con el dulce perfume de las flores de cempasúchil que adornaban las mesas, evocando un Halloween bien mexicano. Neta, qué chido todo esto, pensó Ana mientras se pasaba la lengua por los labios pintados de negro, notando cómo los hombres la miraban de reojo, atraídos por las alas de cartón y la cola que se mecía con cada paso.

Se sirvió un caballito de tequila con limón y sal, el ardor bajando por su garganta como una caricia prohibida. Ahí, en medio del bullicio, vio a Marco y a Diego. Marco, disfrazado de charro zafiro con sombrero ancho y botas relucientes, bailaba con una gracia que hacía que su camisa blanca se pegara a los músculos de su pecho sudado. Diego, su carnal inseparable, iba de luchador enmascarado, el traje negro ajustado marcando cada curva de su cuerpo atlético. Ambos eran weyes guapísimos, amigos de Lupe desde la uni, y Ana los conocía de fiestas pasadas. ¿Y si esta noche pasa algo más? se preguntó, sintiendo un cosquilleo entre las piernas al imaginarlos cerca.

—Órale, Ana, ¡qué mamacita de diablesa! —gritó Marco acercándose, su voz grave cortando el ruido como un trueno—. ¿Vienes a tentarnos con ese culito?

Ana rio, el sonido burbujeante saliendo de su pecho. —Simón, cabrones. ¿Y ustedes de qué van? ¿Buscando una buena corrida en equipo?

Diego se unió, quitándose la máscara por un segundo para revelar ojos cafés intensos y una sonrisa pícara. —Disfraces en tríos, ¿no has oído? Es la onda de la noche. Lupe nos lo platicó.

El corazón de Ana latió más rápido. La idea la encendía: tres cuerpos entrelazados, piel contra piel, sin tabúes. Hablaron un rato, coqueteando con miradas que prometían más. Marco le rozó la cintura al pasarle otro trago, y el toque fue eléctrico, como chispas en su vientre. Diego le susurró al oído: —Neta, contigo nos la pasaríamos chingón.

La tensión crecía con cada canción. Bailaron juntos, los tres en un círculo improvisado. Ana sentía el sudor de Marco en su espalda cuando él la jalaba cerca, el olor masculino de su colonia mezclándose con el suyo propio, almizclado de deseo. Diego presionaba su cadera contra la de ella desde el otro lado, su verga ya semi-dura rozándola a través de la tela.

¡Qué rico! Quiero sentirlos ya, adentro, los dos
, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras su panocha se humedecía, empapando las bragas de encaje.

Después de un rato, Lupe les guiñó el ojo y les dijo: —Vayan al cuarto de arriba, weyes. Nadie molesta.

Subieron las escaleras, el corazón de Ana martilleando como tambores de mariachi. El cuarto era amplio, con una cama king size cubierta de sábanas de satín rojo, iluminado por velas que parpadeaban sombras juguetones en las paredes. Cerraron la puerta, y el mundo exterior se desvaneció. Marco la besó primero, sus labios firmes saboreando a tequila y a ella, la lengua explorando su boca con hambre. Diego se pegó por detrás, besándole el cuello, sus manos grandes amasando sus tetas por encima del corsé.

—Quítate el disfraz, diablesa —murmuró Marco, su aliento caliente en su oreja.

Ana obedeció, temblando de anticipación. El corsé cayó al suelo con un plop suave, revelando sus pezones erectos, rosados y duros como piedras preciosas. Los hombres se desvistieron rápido: Marco con su verga gruesa y venosa saltando libre, Diego con la suya larga y curvada, ambas palpitantes de necesidad. Ana se arrodilló, el piso alfombrado suave bajo sus rodillas, y los tomó en sus manos. El olor a macho puro la invadió, salado y embriagador.

Chupó primero a Marco, la cabeza bulbosa llenándole la boca, saboreando el pre-semen que brotaba como néctar. Diego gemía mientras ella lo masturbaba, su mano resbalando por la piel tensa. —¡Qué chingona chupas, Ana! —gruñó Diego, enredando los dedos en su cabello negro.

Cambiaron posiciones. Ana se recostó en la cama, las sábanas frescas contra su espalda ardiente. Marco se colocó entre sus piernas, lamiéndole la panocha con una lengua experta que hacía círculos en su clítoris hinchado. El placer era un rayo: chispas subiendo por su espina, jugos chorreando por sus muslos. Diego le metía los dedos en la boca, follándosela suave mientras le pellizcaba los pezones.

—Quiero tu verga ya, Marco —suplicó Ana, arqueando la espalda.

Él entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de gusto, el sonido ahogado por la polla de Diego que ahora le llenaba la garganta. Se movían en ritmo perfecto, como si hubieran ensayado: Marco embistiéndola profundo, el plaf plaf de piel contra piel resonando, Diego follándole la boca con cuidado pero firme. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en charcos salados sobre su vientre.

La tensión escalaba. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su interior. No pares, cabrones, no pares. Marco aceleró, sus bolas golpeando su culito, mientras Diego le decía guarradas: —Te vamos a llenar de leche, putita rica.

Pero querían más. Cambiaron: Ana a cuatro patas, Marco por detrás follándola como animal, Diego debajo lamiéndole las tetas y metiéndole la verga en la boca otra vez. El cuarto olía a sexo crudo: fluidos, sudor, perfume. Ana se corrió primero, un estallido que la dejó temblando, chorros de squirt mojando las sábanas. —¡Sí, sí, chingado! —aulló, las paredes vibrando con su voz.

Los weyes no tardaron. Diego explotó en su boca, semen caliente y espeso bajando por su garganta, sabor amargo-dulce que la hizo tragar ansiosa. Marco se hundió una última vez, gruñendo como toro, llenándola hasta rebosar, el calor inundándola por dentro.

Jadeantes, colapsaron en un enredo de miembros sudorosos. Ana en el medio, sintiendo sus corazones latiendo al unísono contra su piel. Marco le besó la frente, Diego le acarició el cabello. —Qué pedo tan chido, disfraces en tríos pa’l rato, murmuró Marco riendo bajito.

Ana sonrió, saciada y poderosa. El afterglow era puro éxtasis: músculos laxos, piel erizada aún por los roces, el aroma persistente de su unión flotando en el aire. Afuera, la fiesta seguía, pero ellos habían encontrado su propio carnaval privado. Se vistieron despacio, besos perezosos sellando la promesa de más noches así. Bajaron, cómplices, con disfraces arrugados pero almas encendidas.

En su mente, Ana repasaba cada sensación: el primer toque, el sabor, el clímax compartido. Esto es vida, wey. Y supo que los disfraces en tríos serían su nuevo vicio.

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