Agente Causal de la Triada Ecologica del Deseo
Estaba en el centro de investigación ecológica de Los Tuxtlas, en Veracruz, rodeada de ese verde intenso que te envuelve como un abrazo húmedo. El aire olía a tierra mojada y flores silvestres, con ese toque salado del Golfo tan cerca. Yo, Ana, bióloga de veintiocho años, acababa de terminar mi plática sobre la tríada ecológica: huésped, agente causal y ambiente. Todos aplaudían, pero mis ojos se clavaron en él. Carlos, el pinche ecologista alto y moreno de la uni de Xalapa, con esa sonrisa pícara que decía "sé más de lo que muestro".
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo un colega, güey, pensé mientras recogía mis notas. Pero su mirada, fija en mí durante toda la exposición, había encendido algo. Me acerqué al café después, y ahí estaba, con una chela en la mano, charlando con los demás. "¡Ana! Esa explicación del agente causal en la tríada ecológica estuvo chingona, neta. Me dejó pensando en cómo se aplica a todo, ¿no? Como en las pasiones humanas", dijo con voz grave, sus ojos cafés recorriendo mi blusa ajustada.
Nos quedamos platicando horas. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el sonido de las guacamayas chillando en los árboles era como un coro salvaje. Hablamos de enfermedades transmitidas por vectores, pero la conversación viró rápido a lo personal. "Tú eres como el agente causal de mi curiosidad hoy", soltó él, rozando mi brazo con sus dedos ásperos de tanto campo. Sentí un escalofrío, el calor de su piel contra la mía, ese olor a sudor limpio mezclado con colonia barata pero sexy.
Al día siguiente, salimos a un transecto en la selva. El ambiente era perfecto para la tríada: húmedo, cargado de vida, con insectos zumbando y hojas crujiendo bajo nuestras botas. Carlos iba adelante, su camiseta pegada al cuerpo por el sudor, marcando esos músculos de quien carga equipo todo el día.
"Mira, Ana, aquí el agente causal podría ser un mosquito, el huésped un carnal desprevenido y el ambiente esta pinche humedad que nos tiene sudando como marranos",dijo riendo, volteando con esa mirada que me hacía mojarme sin querer.
Yo lo seguí, sintiendo el roce de las enredaderas en mis piernas, el sol filtrándose en rayos dorados que bailaban en su espalda. Qué rico se ve este pendejo, con el culo marcado en esos pantalones cargo. ¿Y si lo jalo ahorita mismo? Mi respiración se aceleraba, el corazón pum-pum como tambor maya. Paramos en un claro, cerca de un riachuelo donde el agua cantaba fresca. Nos sentamos en unas rocas lisas, sacamos las botanas: mangos maduros que chorreaban jugo dulce al morderlos, el sabor ácido explotando en la lengua.
"¿Sabes? En la tríada ecológica del deseo, tú eres el agente causal perfecto", murmuró él, acercándose. Su aliento cálido en mi cuello, oliendo a mango y hombre. Lo miré, nuestros rostros a centímetros, el vapor del riachuelo subiendo como niebla erótica. "Pruébame", respondí, y sus labios cayeron sobre los míos. Fue un beso lento al principio, explorador, con el sabor de frutas tropicales mezclándose, sus manos grandes en mi cintura apretando suave.
La tensión que había estado construyendo desde la plática explotó ahí. Me recargó contra un árbol ancho, la corteza rugosa contra mi espalda contrastando con la suavidad de su boca devorándome. Gemí bajito, el sonido perdido en el coro de la selva: ranas croando, hojas susurrando con la brisa. Sus dedos bajaron por mi blusa, desabotonándola con prisa juguetona. ¡Qué chingón se siente su toque, como si conociera cada curva de mi cuerpo! Mis tetas libres al aire, pezones duros como piedras por el viento fresco, y él los lamió, chupó, mordisqueó suave, haciendo que arquee la espalda y suelte un "¡Ay, cabrón!" entre risas y jadeos.
Le quité la camiseta, oliendo su piel salada, ese aroma a tierra y esfuerzo que me volvía loca. Mis manos bajaron a su cinturón, lo abrí con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, dura, gruesa, latiendo caliente en mi palma. "Mira lo que me provocas, mamacita", gruñó, y yo me arrodillé en la hojarasca suave, el olor a musgo y humedad envolviéndonos. La tomé en la boca, saboreando la sal de su prepucio, la textura venosa deslizándose en mi lengua. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome suave, gimiendo ronco: "¡Qué rica chupas, Ana! No pares".
Pero no quería acabar así. Lo jalé arriba, nos quitamos el resto de la ropa a manotazos, riendo como güeyes cachondos. Desnudos en el claro, su cuerpo sobre el mío en la hierba fresca, el sol calentándonos la piel. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, el estiramiento delicioso que me hacía gritar. "¡Sí, así, métemela toda!", le urgió, mis uñas clavándose en su espalda ancha.
El ritmo empezó lento, como olas del mar, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso, el olor de nuestros sexos mezclándose con el de la selva: almizcle animal, flores dulces, tierra viva. Aceleramos, él embistiéndome fuerte, yo envolviéndolo con las piernas, clavándolo más profundo. Es la tríada perfecta: mi cuerpo el huésped, su verga el agente causal, esta selva el ambiente que nos desata, pensé en un flash, mientras el orgasmo subía como fiebre.
Casi al mismo tiempo explotamos. Él se tensó, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Yo me vine temblando, contrayéndome alrededor de él, olas de placer que me nublaron la vista, el grito ahogado en su hombro. Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos, el riachuelo susurrando aprobación.
Después, recostados en la hierba, el sol bajando pintándonos de oro. Me acariciaba el pelo, besándome la frente. "Neta, Ana, fuiste el agente causal de la tríada ecológica más cabrona de mi vida". Reí, sintiendo su semen escurrir entre mis muslos, cálido y satisfecho. "Y tú el ambiente perfecto, carnal".
Regresamos al centro al atardecer, caminando de la mano, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Esa noche, en mi cabaña, lo invité a quedarse. Volvimos a enredarnos entre sábanas frescas, explorando lento, saboreando cada gemido, cada roce. Sus dedos en mi clítoris, círculos mágicos que me hicieron correrme de nuevo, gritando su nombre al techo de palma. Él encima, luego yo cabalgándolo, mis tetas rebotando, controlando el ritmo hasta que se vino otra vez, arqueándose debajo de mí.
Al amanecer, con el canto de las aves filtrándose por la ventana, nos miramos en silencio.
"Esto no fue solo un polvo, ¿verdad?",preguntó él, su mano en mi mejilla. Negué con la cabeza, el corazón lleno. "No, güey. Fue el equilibrio perfecto de la tríada: deseo, conexión y esta pinche naturaleza que nos vio nacer".
Nos despedimos con promesas de más transectos, más charlas sobre agentes causales que desatan pasiones. Caminé sola hacia el comedor, sintiendo su esencia aún en mi piel, el aire fresco secando el sudor de la noche. La selva me sonrió, como si supiera que acababa de infectarme con algo hermoso, incurable y eternamente excitante.