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La Nueva Playera del Tri que Desata Pasiones

7615 palabras

La Nueva Playera del Tri que Desata Pasiones

Era un sábado de partido decisivo para El Tri y la ciudad bullía de emoción. Yo, Javier, estaba en mi depa del centro, con la tele prendida a todo volumen, una chela fría en la mano y el corazón latiéndome fuerte por el pinche nerviosismo del juego. Afuera se oían los cláxones y los gritos de los aficionados, ese rugido colectivo que te pone la piel chinita. De repente, tocan la puerta. Abrí y ahí estaba Karla, mi vecina de al lado, la chava que me traía loco desde que me mudé hace unos meses.

Llevaba puesta su nueva playera del Tri, ajustadísima, de esas que se pegan al cuerpo como segunda piel. Era verde esmeralda, con el águila bordada en el pecho que parecía resaltar justo donde sus chichis perfectos se marcaban sin piedad. La tela era delgada, nueva, con ese olor fresco a recién lavada mezclado con su perfume dulzón de vainilla que me llegaba directo al entrecejo. ¿Qué chingados?, pensé, esta playera le queda como guante, wey. Se ve el sostén de encaje debajo y todo.

—¡Javier, wey! ¿Ya vióste el partido? ¡No mames, déjame pasar que me muero por ver el gol! —dijo ella con esa voz ronca y juguetona, entrando sin esperar invitación. Su pelo negro suelto le caía en ondas sobre los hombros, y traía shorts cortos que dejaban ver sus piernas morenas y torneadas. Se sentó en el sofá a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo rozando el mío. El aire se llenó de su aroma, y el mío a sudor anticipado por el calor del día.

El partido arrancó con todo. México contra el rival de turno, y los dos gritábamos como locos cada jugada. Karla se paraba de un brinco con cada pase, y su playera se subía un poco, dejando ver un pedacito de su panza lisa y ese ombligo piercing que brillaba. Neta, esta chava es fuego puro, me dije, tratando de concentrarme en la pantalla pero sin poder quitarle los ojos de encima. Ella se reía, dándome codazos. —¡Órale, Javier! ¡Ese defensa es un pendejo! —chillaba, y su risa era como música, vibrante y contagiosa.

Al medio tiempo, el marcador empatado. Nos quedamos callados un rato, bebiendo chelas. Ella se recargó en el respaldo, estirándose, y la playera se tensó sobre sus pezones que se marcaron clarito bajo la tela. Sentí un calor subiéndome por el estómago, mi verga empezando a despertar. —¿Te gusta mi nueva playera del Tri? —me preguntó de pronto, girándose hacia mí con una sonrisa pícara—. Me la compré ayer en el puesto de la esquina, pa'l partido. ¿Qué tal? —Y se la jaló un poco hacia abajo, como modelándola, haciendo que el escote se abriera más.

—Neta, Karla, te queda chida —le contesté, la voz un poco ronca—. Te marca todo, se ve... sensual. —No pude evitarlo, mis ojos bajaron a sus curvas. Ella no se inmutó, al contrario, se acercó más, su rodilla presionando contra la mía.

—¿Sensual? Mmm, me gusta cómo suena eso en tu boca, Javier. —Sus ojos cafés me clavaron, y sentí su aliento cálido en mi cuello cuando se inclinó. El segundo tiempo empezó, pero ya el partido era lo de menos. Cada vez que anotaban, ella saltaba y me abrazaba, su cuerpo pegándose al mío. Sentía la suavidad de la playera contra mi brazo, el calor de su piel filtrándose a través de ella. Sudaba un poco por la emoción, y la tela se humedecía, volviéndose casi transparente en el pecho. Olía a ella, a sudor salado mezclado con ese perfume que me mareaba.

Yo ya no aguantaba. Mi mano rozó su cintura "accidentalmente" cuando celebramos un golazo. Ella no se apartó, al revés, la puso encima de la mía.

—¿Sabes qué, Javier? Esta playera nueva me hace sentir... poderosa. Como si fuera la reina del estadio —
me susurró al oído, su labio rozando mi oreja. Un escalofrío me recorrió la espalda, y mi pulso se aceleró como si estuviéramos en tiempo extra.

El juego se ponía intenso, pero la nuestra lo era más. México iba ganando por uno, y Karla se giró completamente hacia mí, sentándose a horcajadas en mis piernas sin aviso. —¡Vamos, Tri! —gritó ella, pero sus caderas se movían despacio contra mí, sintiendo mi dureza crecer bajo los shorts. La playera se arrugó en la cintura, y metí las manos por debajo, tocando su piel caliente, suave como seda. Olía a deseo, ese musk femenino que te nubla la mente.

—Karla, neta, me estás volviendo loco —le dije, besándola por fin. Sus labios eran carnosos, sabían a chela fría y a menta de su chicle. Me jaló el pelo, gimiendo bajito mientras su lengua jugaba con la mía. La playera del Tri seguía puesta, pero yo la levanté despacio, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Ella jadeaba, sus uñas clavándose en mis hombros. Qué rico huele, qué suave se siente, pensaba, perdido en sus curvas.

Nos quitamos la ropa con urgencia, pero ella se negó a quitarse la playera. —Déjala puesta, me prende más —me ordenó con voz mandona, y yo obedecí como idiota feliz. La recosté en el sofá, el ruido del estadio en la tele de fondo como banda sonora. Le bajé los shorts, besando sus muslos internos, sintiendo el temblor de sus piernas. Su coño estaba mojado, caliente, oliendo a excitación pura. La lamí despacio, saboreando su dulzor salado, mientras ella gemía «¡Sí, wey, así!» y se arqueaba, la playera subiéndose hasta mostrar sus tetas perfectas, pezones duros como piedras.

La tensión crecía con el partido. Un penal a favor de México, y ella gritó de placer cuando mi lengua dio en el clítoris. Yo me quité el short, mi verga palpitando, dura como nunca. Ella me jaló hacia arriba, guiándome dentro de ella con la mano. Entré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome, húmeda y resbalosa. ¡No mames, qué chingón! La playera rozaba mi pecho mientras la embestía, suave y áspera por el sudor. Sus gemidos se mezclaban con los gritos de la tele: «¡Gol! ¡Gol de México!»

Nos movíamos al ritmo del juego, intenso, salvaje. Ella clavaba las uñas en mi espalda, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. Sudábamos como locos, el sofá crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo, a piel caliente, a la playera empapada. La volteé, poniéndola a cuatro, admirando su culo redondo mientras la penetraba de nuevo, jalándole la playera por detrás como riendas. —¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! —gritaba ella, y yo obedecía, sintiendo el orgasmo subir como ola.

El partido terminaba, México ganaba, y nosotros explotamos juntos. Ella se corrió primero, su coño contrayéndose alrededor de mí, gritando mi nombre con voz quebrada. Yo la seguí, vaciándome dentro de ella en chorros calientes, el placer cegándome. Nos quedamos jadeando, pegados, el sudor chorreando. La playera del Tri estaba arrugada, pegada a su piel, manchada de nosotros.

Después, con el estadio celebrando en la tele, nos recostamos enredados. Ella se acurrucó contra mí, la cabeza en mi pecho, su mano trazando círculos en mi vientre. —Gracias por el partido más chido de mi vida, Javier —me dijo bajito, besándome la mandíbula. Yo la abracé, oliendo su pelo, sintiendo la paz después de la tormenta.

Esta nueva playera del Tri no solo trajo suerte al equipo, pensé, sino que desató algo entre nosotros que no se apaga fácil. Afuera, los cohetes estallaban, pero adentro, el fuego apenas empezaba.

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