Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tri Bot el Robot Fisher Price Despierta Pasiones Tri Bot el Robot Fisher Price Despierta Pasiones

Tri Bot el Robot Fisher Price Despierta Pasiones

6967 palabras

Tri Bot el Robot Fisher Price Despierta Pasiones

En el calor de mi depa en la colonia Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas, encontré esa reliquia del pasado. Tri Bot Robot Fisher Price, lo llamaban, un juguetito de mi infancia que mi carnal me había mandado de surprise después de años sin vernos. Pero ya no era un pendejo morro; ahora, con treinta tacos en la espalda, lo veía con otros ojos. Sus luces parpadeaban como si supiera que lo estaba observando, su cuerpo plástico negro y rojo brillando bajo la luz, con esas patitas que se movían solas cuando lo encendías. ¿Y si...? pensé, mientras un cosquilleo subía por mi espinazo.

Me llamo Alex, y vivo solo desde que mi jefa y yo nos separamos hace seis meses. Ella se llevaba bien con mis locuras, pero no con mis fantasías más raras. Esa tarde, después de un trago de mezcal para soltarme, saqué a Tri Bot de la caja. El zumbido de sus motores era como un ronroneo grave, vibrando en el aire cargado de mi sudor. Lo puse en la mesa de centro, y mientras sonaba esa musiquita infantil remixada en mi mente como algo prohibido pero chido, me quité la playera. Mi piel se erizó al sentir el aire acondicionado rozándome los pezones.

Esto está cabrón, pero ¿por qué no? Nadie me ve, soy adulto, consiento todo.
Me dije, riéndome solo.

La escena se armó sola. Encendí el robot, y Tri Bot Robot Fisher Price empezó a danzar con sus brazos mecánicos, luces azules y verdes destellando como ojos lujuriosos. Lo tomé en mis manos, sintiendo su vibración transmitirse a mis palmas, bajando por mis brazos hasta mi entrepierna. Olía a plástico nuevo mezclado con el aroma de mi excitación, ese olor almizclado que me ponía la verga dura como piedra. Me recargué en el sofá de piel sintética, que crujió bajo mi peso, y dejé que el robot se moviera sobre mi pecho. Cada roce era eléctrico: el tacto frío del plástico contra mi piel caliente, el zumbido constante como un latido acelerado.

Pinche máquina traviesa, murmuré, mientras mi mano bajaba a mi pantalón. Me lo bajé de un jalón, liberando mi miembro que ya palpitaba, goteando pre-semen que brillaba a la luz del atardecer. Coloqué a Tri Bot justo ahí, entre mis muslos. Su cabeza redonda presionaba contra mi glande, vibrando con furia juguetona. El sonido del motor se mezclaba con mi respiración jadeante, el slap-slap de mi mano bombeando arriba y abajo. Sudor corría por mi frente, salado en mis labios cuando lo lamí. ¡Órale, qué chingón! grité en voz baja, imaginando que el robot respondía a mis gemidos con más intensidad.

Pero la cosa escaló cuando recordé que tenía compañía esa noche. Karla, mi amiga de la uni, la que siempre me guiñaba el ojo en las fiestas. Me había mandado un wats: "Llego en 20, carnal. Traigo ganas de aventura." Mi pulso se aceleró. ¿Y si la involucraba? Ella era puro fuego mexicano: curvas generosas, risa escandalosa, y un tatuaje de calaverita en la nalga que me volvía loco. Mientras Tri Bot seguía vibrando contra mí, toqué la puerta. Karla entró con un vestido rojo ceñido, oliendo a perfume de vainilla y tequila, su pelo negro suelto cayendo como cascada.

¿Qué onda, pendejo? ¿Ya estás listo pa'la fiesta? —dijo, besándome la mejilla, pero sus ojos bajaron a mi entrepierna abultada.

—Mira lo que me llegó —le mostré el robot, que aún zumbaba en la mesa—. Tri Bot Robot Fisher Price, pero versión adulta.

Ella soltó una carcajada ronca, pero sus pupilas se dilataron. —¡No mames! ¿Eso es pa' jugar? Se acercó, sus tetas rozando mi brazo, y tomó el juguete. El calor de su mano cerca de la mía era abrasador. La tensión creció como tormenta en el DF: relámpagos de miradas, truenos de risas nerviosas.

En el segundo acto de nuestra noche, nos sentamos en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Karla encendió a Tri Bot, y lo pasó por su cuello, gimiendo bajito mientras las vibraciones le erizaban la piel morena. —Siente esto, cabrón —me dijo, presionándolo contra su escote. Yo no aguanté: la besé con hambre, saboreando sus labios carnosos con sabor a chicle de tamarindo. Nuestras lenguas bailaban, húmedas y urgentes, mientras mis manos exploraban sus caderas anchas, apretando esa carne suave que cedía bajo mis dedos.

Esto es lo que necesitaba, alguien que entienda mis morbos sin juzgar
, pensé, mientras le quitaba el vestido. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire, y coloqué al robot ahí, viendo cómo temblaba de placer. El zumbido se volvió ensordecedor, mezclado con sus jadeos: "¡Ay, wey, no pares!" Mi verga rozaba su muslo, dejando rastros húmedos, el olor a sexo llenando la habitación como incienso prohibido.

La escalada fue brutal. Karla me empujó al colchón, montándose a horcajadas. Su coño depilado, ya mojado y brillante, rozaba mi abdomen. Tomó a Tri Bot Robot Fisher Price y lo deslizó entre sus labios vaginales, masturbándose frente a mí mientras yo la veía, hipnotizado por el jugo que chorreaba, por el slap de plástico contra carne. —Ahora tú, métemela —ordenó, y obedecí, hundiendo mi polla en ella de un solo empujón. Estaba caliente, apretada, como terciopelo vivo palpitando alrededor de mí.

Follamos con ritmo salvaje: yo embistiéndola desde abajo, ella rebotando, sus nalgas chocando contra mis bolas con un sonido húmedo y obsceno. El robot vibraba ahora contra mi perineo, intensificando cada sensación. Sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el sabor salado cuando le lamí el cuello. Sus uñas me arañaban la espalda, dejando surcos ardientes. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Hazme venir!" gritaba, y yo aceleré, sintiendo mi orgasmo subir como volcán.

El clímax nos golpeó juntos. Karla se convulsionó, su coño ordeñándome mientras chorros de placer la sacudían, gritando mi nombre con acento chilango puro. Yo exploté dentro de ella, semen caliente llenándola, pulsos interminables mientras el robot zumbaba olvidado en la sábana. Colapsamos, jadeando, el aire pesado con olor a semen, sudor y plástico recalentado.

En el afterglow, Karla se acurrucó contra mí, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. Tri Bot Robot Fisher Price parpadeaba apagado en la mesita, testigo mudo de nuestra locura. —Eres un enfermo chido —murmuró ella, besándome la barbilla—. Pero esto queda entre nosotros, ¿va?

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el tráfico de la ciudad zumbando afuera como un eco lejano de nuestro placer. Por primera vez en meses, me sentía completo, empoderado en mi deseo sin culpas. Mañana, quién sabe, pero esa noche, Tri Bot había despertado algo eterno entre Karla y yo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.