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Encuentro Apasionado en Piedmont Triad International Airport

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Encuentro Apasionado en Piedmont Triad International Airport

Yo nunca pensé que un pinche retraso de vuelo me iba a cambiar la vida así de chingón. Llegué al Piedmont Triad International Airport con mi maleta rodando atrás de mí, el aire acondicionado pegándome en la cara como un soplido helado que olía a café quemado y desinfectante de aeropuerto. Era de noche, las luces fluorescentes parpadeaban un poco, y el anuncio en las pantallas gritaba que mi vuelo a México se había pospuesto por niebla. Órale, qué chinga, pensé, mientras buscaba un asiento en la sala de espera. Mi cuerpo estaba cansado del viaje, pero mi mente daba vueltas con el estrés del trabajo en Greensboro.

Me senté en una de esas sillas duras de plástico, crucé las piernas y saqué mi teléfono para checar mensajes. Ahí fue cuando lo vi. Un wey alto, moreno, con una playera ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados. Estaba parado frente a la máquina de café, rascándose la barba incipiente, con cara de me vale madre todo esto. Nuestras miradas se cruzaron por accidente, y sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes algo picante de más. Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que dice ¿qué onda, güey?, y se acercó con su café en la mano.

¿También te jodieron con el vuelo? —me dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso. Su voz era grave, con un acento norteño que me erizó la piel.

Simón, wey. Vuelo a México pa’l carajo —le contesté, riéndome. Se llamaba Luis, venía de una junta en Raleigh, también mexicano de pura cepa, de Monterrey. Hablamos de la chingada niebla, de lo cara que está la comida en los aeropuertos gringos, y de cómo extrañábamos un buen taco al pastor. El tiempo voló, o más bien se arrastró, pero con él se sentía chido. Su risa era ronca, olía a colonia fresca mezclada con sudor de hombre, y cada vez que se inclinaba para platicar, su rodilla rozaba la mía.

¿Qué pedo con este calor que siento? Neta, Ana, contrólate, es un extraño
, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Mis pezones se pusieron duros bajo la blusa, y apreté las piernas para calmar el pulso que latía entre ellas.

La tensión creció como tormenta. El aeropuerto estaba casi vacío, solo el zumbido de las aspiradoras de los limpiadores y el eco de anuncios lejanos. Luis me contó de su divorcio reciente, cómo andaba de nómada, buscando aventuras. Yo le confesé que mi vida en la Ciudad de México era puro trabajo y soledad. Me late este wey, pensé, mientras su mano rozaba mi brazo al gesticular. El toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos, y supe que él sentía lo mismo.

¿Y si nos salimos de aquí? Hay un hotelito cerca, pa’ matar el tiempo —sugirió, su aliento cálido en mi oreja. No era una orden, era una invitación, y mi chichi se mojó al instante imaginándolo encima de mí.

Vámonos, pendejo —le dije juguetona, levantándome. Tomamos un taxi rápido, el conductor ni nos peló mientras nos besábamos en el asiento trasero como adolescentes. Sus labios eran firmes, sabían a café y a deseo, su lengua explorando mi boca con urgencia. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela, y él me apretó la cintura, tirando de mí contra su dureza que ya palpitaba.

En el hotel, una habitación sencilla con cama king y cortinas que olían a lavanda, la cosa escaló. Cerramos la puerta y nos devoramos. Le quité la playera de un jalón, besando su cuello salado, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Qué rico huele, a hombre de verdad. Sus manos grandes me desabrocharon la blusa, exponiendo mis tetas llenas, y gimió al verlas.

Estás de pinga, Ana —murmuró, chupando un pezón mientras sus dedos bajaban mi falda. Me recargué en la pared, jadeando, el sonido de mi respiración entrecortada llenando la habitación. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando hasta mi tanga empapada. La quitó despacio, oliendo mi aroma almizclado de excitación.

Qué chido se siente su aliento ahí abajo. Su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, lamiendo en círculos que me hicieron arquear la espalda. Gemí fuerte, agarrando su cabello, el placer subiendo como ola.

No pares, cabrón, me vas a hacer venir ya
. Él metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en el punto que me volvía loca, mientras chupaba más fuerte. Mis jugos corrían por sus labios, y el sonido húmedo de su boca en mi panocha era puro porno.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo. Le bajé los jeans, su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso caliente bajo mi palma.

Te quiero adentro, Luis, ya —le rogué. Me cargó a la cama como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome. Me abrió las piernas, frotando su punta contra mis labios hinchados, untándose de mis mieles. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué grande! Gemí al sentirlo llenarme, el roce de su piel contra la mía, el calor húmedo uniéndonos. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el colchón crujiendo bajo nosotros.

El sudor nos cubría, goteando entre mis tetas mientras él las amasaba. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, su pelvis golpeando mi clítoris con cada thrust. Olía a sexo puro, a piel caliente y fluidos mezclados. Le clavé las uñas en la espalda, arañándolo, y él gruñó como animal, acelerando.

Vente conmigo, Ana, neta —jadeó en mi oído. El orgasmo me golpeó como rayo, mi chucha contrayéndose alrededor de su verga, olas de placer sacudiéndome entera. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear dentro. Colapsamos, respiraciones agitadas, corazones latiendo al unísono.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El cuarto olía a nosotros, a pasión satisfecha. Hablamos bajito, de vuelos perdidos y futuros encuentros.

Esto fue chingón, ¿verdad? —dijo, besándome la frente.

La mejor escala de mi vida en ese Piedmont Triad International Airport —le contesté, riendo suave. Al amanecer, nos despedimos con un beso largo, sabiendo que el destino nos había regalado esta noche de fuego. Salí del hotel con las piernas flojas, pero el alma llena, lista para mi vuelo. Neta, qué pedo tan padre.

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