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Éxitos de Trío Inolvidables

7239 palabras

Éxitos de Trío Inolvidables

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras el sol se hundía en el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, había llegado con mi carnal Diego para unas vacaciones chidas en esa casa rentada justo en la playa. Diego, mi viejo de dos años, era un morro alto y atlético, con esa sonrisa pícara que me derretía cada vez. Pero la sorpresa vino cuando su compa Javier se unió al viaje. Javier, el wey guapo de ojos verdes y cuerpo marcado por horas en el gym, siempre había sido el crush secreto de las fiestas en la Condesa.

Estábamos en la terraza, con cervezas frías sudando en las manos y un playlist de cumbia rebajada retumbando en los parlantes. El olor a mar se mezclaba con el humo de la parrillada que Diego volteaba como experto. Órale, esto pinta para noche loca, pensé mientras veía cómo Javier me clavaba la mirada, recorriendo mis curvas bajo el vestido ligero de playa que se pegaba a mis chichis y mi culo redondo. Diego lo notó y, en vez de celos, soltó una carcajada. "Karla, mi reina, ¿ya viste al pendejo este? Te está comiendo con los ojos". Javier se sonrojó, pero alzó su chela. "Neta, carnala, eres un éxito andante". Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. La tensión ya flotaba en el aire, espesa como la humedad tropical.

Después de unos tequilas reposados que nos soltaron la lengua, nos metimos a la alberca infinita de la casa. El agua tibia lamía mi piel desnuda —nos habíamos quitado todo, neta, porque ¿pa' qué trajes en privado?— mientras las luces subacuáticas pintaban nuestros cuerpos en azules eléctricos. Diego se acercó por detrás, sus manos fuertes rodeando mi cintura, su verga ya semi-dura presionando contra mis nalgas. "Te amo, mi chula", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Javier nadaba cerca, su pecho ancho reluciendo con gotas que caían como perlas. Lo miré fijo, y él se acercó, rozando mi muslo con el suyo bajo el agua.

¿Esto va a pasar de verdad? ¿Un trío con estos dos morros que me vuelven loca?
Mi corazón latía como tambor en quinceañera.

Salimos empapados, riendo como niños, y nos tumbamos en las loungers con toallas flojas. Diego me jaló a su regazo, besándome el cuello con esa lengua juguetona que me eriza la piel. Javier observaba, su verga endureciéndose visible bajo la toalla. "Wey, ¿le entramos al juego?", propuso Diego, con voz ronca de deseo. Asentí, empoderada, sintiendo el poder de ser el centro de su atención. "Sí, cabrones, hagamos de esto un éxito de trío", dije, guiñando el ojo. Javier se acercó, y sus labios encontraron los míos en un beso suave al principio, explorando con hambre contenida. Sabía a sal y tequila, su barba incipiente raspando mi barbilla deliciosamente.

La noche escaló rápido. Diego me levantó en brazos, llevándome adentro a la cama king size con vista al mar. El aire acondicionado zumbaba bajo, contrastando con el calor que subía por mi cuerpo. Me tendieron en las sábanas frescas de algodón egipcio, sus cuatro manos explorando cada centímetro. Diego chupaba mis tetas, succionando los pezones duros hasta que gemí alto, un sonido gutural que retumbó en la habitación. Javier bajaba besos por mi vientre plano, su aliento caliente en mi ombligo, hasta llegar a mi panocha ya empapada. Pinche placer doble, esto es lo que las morras platican en confidencias, pensé mientras sus dedos separaban mis labios, rozando el clítoris hinchado. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado y dulce que volvía locos a los dos.

"Estás chingona, Karla", gruñó Javier, metiendo la lengua en mi concha, lamiendo lento, saboreando cada gota. Diego me besaba la boca, tragándose mis jadeos, su verga frotándose contra mi muslo, dura como fierro, venosa y palpitante. Intercambié posiciones, queriendo darles lo mismo. Me arrodillé entre ellos, tomando la verga de Diego en una mano —gruesa, con ese sabor salado que adoro— y la de Javier en la otra, más larga y curva perfecta. Las mamé alternando, sintiendo sus pulsos acelerados en mi lengua, el glande suave explotando en mi paladar. "¡Órale, reina, no pares!", suplicó Diego, enredando sus dedos en mi pelo húmedo. Javier gemía bajito, "Eres la neta, carnala". El sonido de sus respiraciones agitadas, mezclado con el romper de olas lejanas, me ponía más caliente.

La intensidad creció cuando me subí encima de Diego, empalándome en su verga de un jalón. Sentí cómo me llenaba por completo, estirándome delicioso, cada vena rozando mis paredes internas. Cabalgaba lento al principio, mis caderas girando en círculos, mis chichis rebotando con cada movimiento. Javier se posicionó atrás, untando lubricante en mi culo —habíamos platicado antes, todo consensual, todo chido—. Su dedo entró primero, abriéndome con cuidado, luego dos, preparándome. "Relájate, mi amor", susurró Diego desde abajo, pellizcando mis pezones. Cuando Javier empujó su verga en mi trasero, grité de placer puro, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis doble. Estaban los dos dentro, moviéndose en ritmo perfecto, como si hubieran ensayado. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne ahogando el zumbido del AC.

Esto es un éxito de trío de antología, pensé en medio del torbellino. Sentía sus vergas frotándose a través de la delgada pared que nos separaba, mi clítoris rozando el pubis de Diego con cada embestida. Javier me agarraba las nalgas, abriéndolas más, su aliento jadeante en mi nuca. "¡Te sientes cabrona, Karla!", rugió. Diego aceleró, clavándome profundo, sus bolas golpeando mi perineo. El orgasmo me pegó como tsunami: ondas de placer desde el centro de mi ser, explotando en temblores incontrolables, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola. Grité sus nombres, "¡Diego! ¡Javier! ¡Chingado!", mientras lágrimas de gozo rodaban por mis mejillas.

Ellos no pararon, prolongando mi clímax hasta que Diego gruñó fuerte, llenándome de su leche caliente, chorros potentes que sentía salpicar dentro. Javier salió a tiempo, eyaculando en mi espalda, su semen tibio resbalando por mi espinazo como lava. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas, el olor a sexo impregnando la habitación —sudor, semen, mi jugo—. Diego me besó la frente, "Eres increíble, mi vida". Javier acarició mi pelo, "Uno de los éxitos de trío más chingones, neta". Reí bajito, exhausta pero plena.

Nos duchamos juntos después, jabón espumoso deslizándose por cuerpos aún sensibles, risas compartidas bajo el chorro caliente. De vuelta en la cama, con el mar susurrando afuera, me acurruqué entre ellos. Diego roncaba suave, Javier me abrazaba por la cintura.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, confianza, amor en tres
. Mañana seguiríamos explorando, pero esa noche, sabíamos que habíamos creado un recuerdo eterno, un éxito de trío que contaría con orgullo en las pláticas de tequila con las amigas. El corazón me latía tranquilo ahora, en paz con el placer compartido.

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