Canciones del Tri Desatando Pasiones
La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, pero adentro de tu departamento en la Condesa, el aire estaba fresco gracias al ventilador zumbando perezosamente. Tú, Karla, con tu falda corta de mezclilla y una blusa suelta que dejaba ver el borde de tu sostén negro, mirabas a Marco mientras él armaba la playlist en el Bluetooth del bocina. Canciones del Tri era lo que pedías esa noche, esas rolas rockeras que te ponían la piel chinita desde la adolescencia, con letras crudas y ritmos que te hacían mover las caderas sin control.
Qué chido es esto wey, pensaste, mientras Triste canción de amor empezaba a sonar, la guitarra rasgando el aire como un lamento que te erizaba los vellos de los brazos. Marco, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho y jeans desgastados que colgaban bajos en sus caderas, te sonrió con esa mirada pícara que te derretía. Habían pasado semanas desde la última vez que se habían entregado de verdad, entre el pinche trabajo y el tráfico infernal, pero esta noche sentías el cosquilleo en el estómago, esa hambre que subía desde el vientre.
—Órale, carnala, ven pa'cá —te dijo él, extendiendo la mano. Su voz grave se mezclaba con la batería que retumbaba en tus huesos. Tomaste su mano, áspera por el trabajo en la constructora, y te pegaste a su cuerpo. El olor de su colonia barata mezclada con sudor fresco te invadió las fosas nasales, un aroma macho que te hacía salivar. Bailaron despacio al principio, tus tetas rozando su pecho, el calor de su piel traspasando la tela. Sentías su verga endureciéndose contra tu muslo, dura como piedra, y un jadeo se te escapó.
¡Neta, este wey me prende con solo mirarme! Quiero que me coma ya, que me haga suya con esas manos rudas.
La canción cambió a Abuso de poder, y Marco te giró, pegando tu espalda a su frente. Sus manos bajaron por tus costados, deteniéndose en tus caderas, apretando con fuerza posesiva pero tierna. Chingón, pensaste, mientras su aliento caliente te rozaba el cuello, enviando chispas por tu espina. Lamió tu oreja, suave, juguetón, y mordisqueó el lóbulo. El sabor salado de tu piel quedó en su lengua, y tú arqueaste la espalda, presionando tu culo contra su paquete que palpitaba.
—Estás rica, Karla, me tienes loco —murmuró él, su voz ronca compitiendo con la guitarra eléctrica. Sus dedos se colaron bajo tu falda, rozando el encaje de tus calzones húmedos ya. El roce fue eléctrico, tus jugos empezando a mojar la tela, el olor almizclado de tu excitación flotando en el aire cargado de humo de incienso que habías prendido antes.
Te volteaste, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Saboreaste la cerveza en su boca, fría y amarga, mezclada con su esencia. Tus uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera. Lo empujaste hacia el sofá, pero él te levantó en brazos como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo por la cintura. El roce de su verga contra tu chocha a través de la ropa te hizo gemir alto, ahogado por la voz de Alex Lora gritando en la rola.
En el sofá, él te sentó a horcajadas, quitándote la blusa de un jalón. Tus tetas saltaron libres, pezones duros como piedritas rosadas, rogando atención. Marco las tomó en sus manos callosas, masajeando, pellizcando suave. Bajó la boca, chupando uno, la succión caliente y húmeda enviando ondas de placer directo a tu clítoris hinchado. ¡Ay cabrón, sí así! gritaste en tu mente, mientras tus caderas se movían solas, frotándote contra él.
Estas canciones del Tri nos están volviendo locos, como si la música nos follara el alma antes que él mi cuerpo.
La playlist seguía, ahora Piedras contra el vidrio con su ritmo frenético que igualaba tu pulso acelerado. Te quitó la falda y los calzones, exponiendo tu panocha depilada, brillando de miel. Él se arrodilló, oliendo tu esencia dulce y salada, y metió la cara entre tus muslos. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota. Gemiste fuerte, el sonido perdido en la música, tus manos enredadas en su pelo negro revuelto. Lamía círculos en tu botón, chupando suave, luego fuerte, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que te hacía ver estrellas.
—Sí, Marco, ¡no pares, pendejo! —le ordenaste, voz entrecortada. Él obedecía, ojos mirándote desde abajo, llenos de lujuria. Tus jugos le corrían por la barbilla, el slap slap de sus dedos follando tu chocha resonando con la batería. El orgasmo te pegó como un rayo, piernas temblando, chorro caliente salpicando su mano. Gritaste, el placer explotando en olas que te dejaban jadeante, piel sudada y brillante.
Pero no era suficiente. Lo jalaste arriba, quitándole la playera para lamer su pecho salado, bajando hasta los abdominales marcados. Desabrochaste sus jeans, liberando su verga venosa, gruesa y tiesa, goteando pre-semen transparente. La tomaste en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamiste desde la base hasta la cabeza, saboreando su sabor salado y musgoso. Él gruñó, caderas empujando, follándote la boca mientras Niño sin amor sonaba, letra melancólica contrastando con el fuego crudo.
—Te quiero adentro, ya —suplicaste, echándote en el sofá, piernas abiertas invitadoras. Él se puso condón rápido —siempre cuidadosos, neta—, y se hundió en ti de un empujón lento, estirándote delicioso. El llenado fue perfecto, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para entrar profundo, el choque de pelvises slap slap slap sincronizado con el bajo de la rola.
Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, boca en tu cuello mordiendo suave. Olías su sudor mezclado con el tuyo, pieles resbalosas uniéndose. Aceleró, follando duro, tus uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas. ¡Chíngame más fuerte, wey! gritabas, y él obedecía, verga palpitando adentro, golpeando tu cervix con placer punzante.
Las canciones del Tri nos envuelven, su rabia rockera es nuestra pasión, uniéndonos en este sudor y gemidos.
Cambiaron posición, tú encima, cabalgándolo como reina. Tus caderas girando, chocha tragándoselo entero, clítoris frotando su pubis peludo. Él te tomaba las nalgas, abriéndolas, un dedo rozando tu ano juguetón. El ritmo subió, música a todo volumen, cuerpos chocando violentos pero consentidos, puros. Sentiste su verga hincharse más, y el tuyo segundo orgasmo te barrió, paredes apretándolo en espasmos, leche caliente chorreando.
—¡Me vengo, Karla! —rugió él, y se corrió dentro del condón, pulsos calientes que sentías contra tu interior. Colapsaron juntos, jadeos entrecortados, música bajando a Programa del Tri más suave. Su peso sobre ti era confort, verga ablandándose aún adentro, conexión profunda.
Después, en la cama con sábanas revueltas, apagaron la música pero el eco de canciones del Tri quedaba en sus mentes. Él te acariciaba el pelo húmedo, besos suaves en la frente. Esto fue más que sexo, wey, fue como si esas rolas nos follaran el corazón también, pensaste, acurrucada en su pecho latiendo fuerte aún.
La noche terminó en paz, cuerpos entrelazados, promesas mudas de más noches así, con rock mexicano desatando pasiones eternas.