Bedoyecta Tri en Farmacias Similares Despierta el Fuego Interno
Estaba hecho pedo de cansancio esa mañana. El pinche trabajo en la constructora me tenía reventado, con el sol pegando como demonio en la espalda y las manos llenas de callos. Llegué a la casa arrastrando los pies, y Carla, mi morra, me miró con esa cara de ¿qué te pasa carnal? Llevábamos semanas sin echarnos un buen revolcón, neta que el estrés me tenía sin pila. Ella, con su cuerpo de infarto, curvas que matan y ese olor a vainilla que siempre traía en la piel, merecía más que mis ronquidos de muerto.
Maestro, ¿por qué andas tan apagado? Ven, déjame revivirte.Me dijo una vez, pero yo nomás la besé en la frente y me eché a dormir. Ya valía madres, tenía que hacer algo. Recordé que mi compa Chuy me había platicado de Bedoyecta Tri en Farmacias Similares, esas inyecciones que te dan un chingadazo de vitaminas y te ponen como toro. "Wey, cómprala ahí, es barata y efectiva", me dijo. Sin pensarlo dos veces, agarré la cartera y salí rumbo a la farmacia más cercana.
El aire de la calle olía a tacos de suadero y gasolina, típico de nuestro barrio en el DF. Farmacias Similares estaba a dos cuadras, con su letrero verde chillón que se veía desde lejos. Entré y el fresco del aire acondicionado me pegó en la cara como bendición. La farmacéutica, una chava de unos treinta, con bata blanca ajustada que marcaba sus chichis y una sonrisa pícara, me atendió de volada.
—Órale, güey, ¿qué se le ofrece?
—Bedoyecta Tri, porfa. La inyección, que ya me urge.
Me miró de arriba abajo, como midiendo si aguantaría el piquete. Neta que esta morra está buena, pensé, pero no era pa' eso. Sacó la caja, preparó la jeringa con ese líquido anaranjado brillante, y me dijo que me bajara los pantalones un cachito. En el cubículo privado, sentí el algodón frío en la nalga, luego el pinchazo rápido, ardor leve que se expandió como fuego líquido por mis venas. Olía a alcohol y a ese desinfectante hospitalario, pero ya salí de ahí sintiendo un cosquilleo en todo el cuerpo, como si me hubieran enchufado a la corriente.
De regreso a casa, el mundo se veía más vivo. Los colores más intensos, el sol calentándome la piel con ganas, y un hormigueo en el pecho que bajaba directo al pito. Carla estaba en la cocina, meneando las caderas al ritmo de un cumbión en la radio, con su shortcito de mezclilla que le subía por el culo redondo. El olor a mole poblano llenaba el aire, picante y terroso, me abrió el hambre de todo tipo.
—¡Ey, cabrón! ¿Ya volviste? ¿Qué traes ahí? —preguntó, limpiándose las manos en el delantal que le apretaba la cintura.
Me acerqué por detrás, le rodeé la panza con los brazos y le mordí suave el lóbulo de la oreja. Mi verga ya semi-dura rozaba su nalga, y ella soltó un gemidito que me puso a mil.
—Me apliqué Bedoyecta Tri en Farmacias Similares, mi reina. Ahora sí te voy a dar con todo.
Rió bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel, y se giró para besarme. Sus labios carnosos, sabor a chile y menta, se pegaron a los míos con hambre acumulada. Sentí su lengua explorando, caliente y húmeda, mientras sus manos me bajaban el zipper del jeans.
La cargué como si no pesara nada —la adrenalina de la inyección me tenía fuerte— y la senté en la mesa de la cocina. Los platos de mole se apartaron con un ruido seco, el vapor subiendo en espirales olía a chocolate amargo y especias. Le quité el delantal de un jalón, revelando su blusa escotada, pezones duros marcándose bajo la tela. Los besé por encima, sintiendo su dureza contra mi lengua, salado el sudor de su piel morena.
Pinche Alex, hoy estás poseído, pensé, mientras ella gemía y me clavaba las uñas en la espalda. El corazón me latía como tamborazo en fiesta, pulsos retumbando en las sienes. Bajé las manos por su panza suave, metí los dedos en el short, y toqué su concha ya mojada, resbalosa como miel caliente. Olía a ella, ese aroma almizclado de excitación que me volvía loco.
—¡Ay, wey, no pares! —suplicó, arqueando la espalda.
Le arranqué el short, quedando en tanguita de encaje rojo. La cargué al sillón de la sala, donde la luz del atardecer pintaba su cuerpo en tonos dorados. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, piel tersa y temblorosa. Lamí despacio, saboreando su humedad salada, clítoris hinchado que palpitaba bajo mi lengua. Ella se retorcía, jadeos entrecortados, manos enredadas en mi pelo tirando fuerte.
El tiempo se estiraba, cada roce eléctrico. Mi verga dolía de dura, presionando contra el pantalón, pre-semen humedeciendo la tela. Me quité todo, piel contra piel, su calor envolviéndome. La penetré lento, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante caliente. Neta que la Bedoyecta Tri es oro puro, crucé por la mente mientras empezaba a bombear, ritmo creciente, golpes profundos que hacían chapotear nuestros jugos.
Carla clavó las piernas en mi cintura, uñas arañando mi culo, gritando ¡más, cabrón, más! El sudor nos unía, resbaloso y salado, olor a sexo crudo llenando la sala. El sofá crujía bajo nosotros, radio sonando un ranchero meloso de fondo. Aceleré, testículos golpeando su piel, su concha contrayéndose en espasmos. Sentí el orgasmo subir como ola, huevos apretados, y exploté dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras ella se venía conmigo, cuerpo convulsionando, chillidos agudos.
Caímos jadeando, mi peso sobre ella, pulsos calmándose poco a poco. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a clímax compartido, piel pegajosa enfriándose. La abracé fuerte, sintiendo su corazón galopante contra mi pecho.
—Gracias por la Bedoyecta Tri en Farmacias Similares, amor. Mañana otra, pa' repetir —le susurré al oído.
Ella rió, mordiéndome el hombro.
Estás hecho un semental, pendejo. No pares nunca.
Nos quedamos así, enredados, el sol poniéndose tiñendo todo de rojo pasión. Esa inyección no solo revivió mi cuerpo, sino el fuego que nos une. Neta, chido recomendarla.
Pasaron los días, y cada vez que sentía el bajón, corría a Farmacias Similares por mi dosis de Bedoyecta Tri. Carla y yo nos volvimos insaciables, explorando cada rincón de la casa con ritmos nuevos. Una noche, en la regadera, el agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso resbalando por sus tetas, la cogí de pie contra la pared. Sus gemidos rebotaban en las baldosas, vapor empañando el espejo, mi verga deslizándose fácil en su calor resbaloso. La vitamina me daba resistencia de hierro, la hice venirse dos veces antes de soltarme.
Otra vez, en el coche estacionado en el parque, noche estrellada, olor a jazmín del aire. Ella se montó encima, cabalgando salvaje, tetas botando al ritmo, manos en el claxon accidentalmente pitando. Risas mezcladas con jadeos, clímax explosivo que dejó el asiento mojado.
Pero lo mejor era la intimidad, las noches lentas. Luces bajas, velas de vainilla ardiendo, masajes con aceite de coco que olía a playa. Le comía el culo despacio, lengua hundida en su sabor prohibido, mientras ella se masturbaba gimiendo mi nombre. Luego, misionero profundo, ojos en los ojos, suspiros sincronizados hasta el éxtasis mutuo.
La Bedoyecta Tri no era magia, pero en mis venas corría como elixir. Nos empoderó, nos hizo dueños de nuestro placer. Carla floreció, más segura, pidiendo lo que quería sin pena. Yo, el rey de su cama. En Farmacias Similares se volvió mi templo, la farmacéutica guiñándome cada vez, sabiendo mi secreto.
Ahora, cada inyección es preludio de fuego. Vida chingona, pasión eterna.