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Trio Ardiente con Mi Esposa Mexicana

7514 palabras

Trio Ardiente con Mi Esposa Mexicana

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo de dorado la arena fina que se pegaba a nuestros pies descalzos. Yo, Marco, un tipo común de la CDMX que había ahorrado un buen varo para estas vacaciones, caminaba de la mano con mi esposa, Lupita. Ella era la chula mexicana por excelencia: piel morena como el chocolate, curvas que volvían loco a cualquiera, tetas firmes que rebotaban con cada paso y un culo redondo que pedía a gritos ser apretado. Llevábamos casados cinco años, pero la chispa nunca se apagaba. Al contrario, nuestras pláticas en la cama siempre giraban alrededor de fantasías locas.

¿Y si un día probamos un trío con esposa mexicana de verdad? —me había dicho ella una noche, con los ojos brillando de picardía mientras me montaba—. Imagínate dos vergas chingonas atendiendo a esta nena.

Recordaba su voz ronca, el olor a su sudor mezclado con el de las sábanas, y cómo su panocha mojada me apretaba mientras lo decía. La idea me ponía la verga dura como piedra. Y ahora, aquí estábamos, en una villa rentada con vista al mar, y mi carnal Raúl acababa de llegar. Raúl era mi compa de toda la vida, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que derretía a las morras. Lo invité pensando en la fantasía de Lupita, y neta, el ambiente estaba cargado de tensión desde que pisó la puerta.

—Órale, carnal, qué chido lugar —dijo Raúl, quitándose la playera y dejando ver su torso tatuado, sudado por el calor—. Lupita, estás más buena que nunca, ¿eh?

Ella se rió, coqueta, sirviéndole un chelita fría. Su bikini rojo apenas contenía sus chichis, y el tanga se le metía entre las nalgas. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, una mezcla de celos calientes y excitación pura. Nos sentamos en la terraza, con el sonido de las olas rompiendo y el aroma salado del mar invadiendo todo. Hablamos pendejadas, pero las miradas decían otra cosa. Lupita rozaba mi pierna con la suya, y de reojo veía cómo Raúl la devoraba con los ojos.

La tarde avanzaba, el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y rosa. Abrí otra chela, y Lupita se recargó en mí, sus pezones endurecidos contra mi brazo. Es ahora o nunca, pensé. Le susurré al oído:

—Nena, ¿sigues queriendo ese trío esposa mexicana?

Ella me miró, mordiéndose el labio, y asintió con fuego en los ojos. Se volteó a Raúl:

—Oye, compadre, ¿tú qué? ¿Te late unirte a la fiesta con esta pareja?

Raúl sonrió como lobo, su verga ya marcando en el short. —¡Claro que sí, mamacita! Si Marco está de acuerdo, yo estoy listísimo.

El corazón me latía a mil, pero era puro deseo. Todos éramos adultos, todo consensual, y la idea de ver a mi esposa gozando como reina me volvía loco.

Entramos a la recámara principal, con la brisa marina colándose por las cortinas blancas. El piso de madera crujía bajo nuestros pies, y el ventilador zumbaba perezosamente. Lupita se paró en el centro, quitándose el bikini con lentitud felina. Primero el top, dejando libres sus tetas perfectas, pezones oscuros y duros como piedras. El tanga siguió, revelando su panocha depilada, ya brillante de jugos. Olía a ella, a mujer en celo, un aroma dulce y almizclado que me hacía salivar.

Raúl y yo nos desvestimos rápido. Mis vergas y la de él saltaron libres, gruesas y venosas, palpitando. Lupita se arrodilló entre nosotros, como diosa pagana. Tomó la mía primero, lamiendo la cabeza con su lengua caliente y húmeda, saboreando el precum salado. Qué rico, gemí en mi mente, sintiendo su boca succionar con maestría. Luego pasó a Raúl, chupándolo profundo, sus labios estirados alrededor de su tronco. El sonido de succión era obsceno, chap chap, mezclado con nuestros jadeos.

Esto es lo que quería, mi esposa mexicana en un trio de infarto, compartida pero mía al fin
, pensé, mientras la veía alternar, sus manos masajeándonos las bolas pesadas.

La levantamos a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel caliente. Yo me acosté y la subí encima, su coño resbaladizo engullendo mi verga de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! gritó ella, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi pecho. El calor de su interior me apretaba como puño de terciopelo, jugos chorreando por mis huevos. Raúl se posicionó detrás, escupiendo en su mano para lubricar su ano prieto. Lupita asintió, ansiosa:

—Sí, métemela por atrás, pendejo, ¡lléname!

Él obedeció, empujando lento. Ella aulló de placer-dolor, su cuerpo temblando entre nosotros. Sentía su culo apretarse a través de la delgada pared, y el roce de la verga de Raúl contra la mía era eléctrico. Empezamos a bombear, un ritmo sincronizado: yo hacia arriba, él hacia abajo. El slap slap de carne contra carne llenaba la habitación, junto al olor a sexo crudo, sudor y lubricante. Sus tetas rebotaban en mi cara, las chupé voraz, mordiendo pezones hasta que gimió más fuerte.

La tensión crecía como tormenta. Lupita sudaba, su cabello negro pegado a la frente, ojos en blanco de puro éxtasis. Me siento como reina, dos machos dándome todo, parecía decir su expresión. Cambiamos posiciones: ella a cuatro patas, yo en su boca, Raúl follando su panocha con furia. Su lengua jugaba con mi culo mientras succionaba, y yo veía cómo Raúl la taladraba, sus bolas golpeando su clítoris hinchado. El sabor de su saliva y mi propia esencia en su boca era adictivo, salado y dulce.

¡Más duro, cabrones! —exigía ella, empoderada, controlando el ritmo con sus caderas—. ¡Quiero correrme como puta!

Raúl gruñó, acelerando, sus manos amasando ese culo divino. Yo sentía el orgasmo subir, bolas contrayéndose. La volteamos de nuevo, ahora en sandwich invertido: Raúl en su coño, yo en su culo. Ella gritaba, vibrando entera, el sudor goteando de su piel morena al mío. El aire estaba espeso, cargado de gemidos roncos, el crujir de la cama y el lejano romper de olas.

Esto es el paraíso, mi trio con esposa mexicana hecho realidad, su placer es el mío

El clímax llegó como avalancha. Lupita se convulsionó primero, su coño y culo apretándonos como tenazas, chorros de squirt empapando las sábanas. —¡Me vengo, pinches chingones! —aulló, cuerpo temblando, uñas rasguñando espaldas. Raúl explotó segundos después, llenándole el culo de leche caliente, gruñendo como bestia. Yo no aguanté: saqué mi verga y eyaculé sobre sus tetas, chorros espesos y blancos pintando su piel, mientras ella lamía lo que podía alcanzar.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El ventilador secaba el sudor, y el aroma a semen y panocha satisfecha flotaba dulce. Lupita se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente, su sonrisa radiante.

—Gracias, amores —susurró, voz ronca—. Fue de poca madre.

Raúl se rió, dándole una nalgada juguetona. Yo la abracé fuerte, besando su cuello salado. No había celos, solo conexión profunda. Afuera, la luna iluminaba el mar, y en mi mente, este trío esposa mexicana era solo el principio de más aventuras. Nos quedamos así, piel con piel, hasta que el sueño nos venció, con el corazón lleno y el cuerpo saciado.

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