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La Guitarra del Tri que Despierta Pasiones

6815 palabras

La Guitarra del Tri que Despierta Pasiones

Entré al bar de la colonia Roma esa noche de viernes, con el calor de la Ciudad de México pegándome en la piel como un amante impaciente. El antro estaba a reventar de morros y morras bailando al ritmo de rock nacional, el humo de los cigarros mezclándose con el olor a chelas frías y sudor fresco. Yo, Ana, llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida y lista para lo que cayera. No buscaba nada serio, solo soltar el estrés de la chamba y dejar que la música me llevara.

De pronto, el sonido de una guitarra rasgó el aire como un rayo. Era la guitarra del Tri, ese riff inconfundible de El Tri que te eriza la piel y te hace mover las caderas sin pensarlo. El guitarrista, un vato alto y moreno con pelo largo revuelto y playera sudada, la hacía llorar de una forma que me puso los vellos de punta. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, callosos y fuertes, como si estuvieran acariciando algo mucho más suave que metal. Lo miré fijamente, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no era del todo del volumen de los bocinas.

Órale, Ana, ¿qué te pasa? Ese wey parece sacado de un sueño húmedo, con esa guitarra del Tri que vibra hasta en tus entrañas.

La banda seguía tocando "Abuso de Autoridad", y el bar entero coreaba. Yo me acerqué a la barra, pidiendo un tequila reposado con limón y sal. El guitarrista, que se llamaba Marco según el anuncio del escenario, bajó del tablado en el intermedio. Nuestras miradas se cruzaron; él sonrió con esa picardía mexicana que dice te voy a comer con los ojos. Se paró a mi lado, oliendo a sudor masculino y cuerdas calientes.

Neta qué chingona tu guitarra del Tri, wey —le dije, lamiendo la sal del dorso de mi mano antes de chupar el limón.

Él rio, voz grave como el bajo de la rola. —Gracias, morra. Se llama Trini, por El Tri. ¿Quieres que te toque algo especial?

El juego de palabras me hizo sonrojar, pero no me rajé. Hablamos de rock, de Alex Lora y esas noches locas en el TIJUANA, mientras sus ojos bajaban a mis tetas y yo notaba el bulto en sus jeans. La tensión crecía con cada sorbo, el tequila calentándome la sangre.

La banda volvió al escenario, pero Marco me invitó a un rincón más íntimo, cerca de los amplis. Me senté en una silla vieja, y él sacó la guitarra del Tri de su funda. —Esta chava me ha visto de todo —dijo, rasgueando suave—. Escucha esto.

Empezó a tocar una versión lenta, sensual de "Piedras Rodantes", los acordes vibrando en mi pecho como un latido ajeno. Su mano izquierda se movía hipnótica, y yo imaginaba esos dedos en mi piel. El calor del bar se mezclaba con el mío propio; sentía mi calzón húmedo, el pulso acelerado en el cuello. Él se acercó, su rodilla rozando la mía, y el roce fue eléctrico.

Pinche guitarra del Tri, me está volviendo loca. Quiero que él me toque así, con esa fuerza contenida.

Al final de la rola, dejó la guitarra y su mano libre subió por mi muslo. —¿Te late? —susurró, aliento caliente en mi oreja.

Sí, cabrón, me late todo de ti —respondí, jalándolo por la playera para besarlo.

Sus labios eran ásperos, con sabor a cerveza y deseo puro. Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas, manos explorando. El bar seguía rugiendo, pero nosotros en nuestra burbuja. Él me cargó sin esfuerzo, llevándome al baño del fondo, un cuartito limpio con luz tenue. Cerró la puerta con llave, y ahí, contra la pared fría, la cosa escaló.

Acto dos: la escalada. Marco me quitó el vestido con urgencia pero cuidadosa, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Sus manos callosas rozaban mis pezones, endureciéndolos al instante. Yo gemía bajito, oliendo su aroma macho mezclado con el jabón barato del lugar. —Eres una diosa, morra —murmuró, arrodillándose para lamer mi ombligo, bajando lento hasta mi entrepierna.

Le desabroché los jeans, liberando su verga dura como las cuerdas de su guitarra del Tri. La tomé en la mano, sintiendo el pulso caliente, venoso. Él gruñó cuando la chupé, mi lengua jugando con la punta salada. El sabor era adictivo, puro instinto animal. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo.

Nos movíamos al ritmo de un son jarocho imaginario, pero con la crudeza del rock. Sus embestidas eran profundas, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando ahogado por la música de afuera. Sentía cada vena de él dentro de mí, rozando mi punto exacto, mientras sus dedos —esos dedos mágicos— me pellizcaban el culo. Sudábamos juntos, piel resbalosa, corazones tronando.

¡Qué rico, wey! Esta verga es como su guitarra del Tri: potente, vibrante, me hace gritar por dentro.

Yo lo arañaba la espalda, mordiendo su hombro para no gritar fuerte. Él aceleró, susurrándome guarradas al oído: —Te voy a llenar, pinche rica. La tensión subía como un solo de guitarra, mi clítoris frotándose contra su pubis, orgasmos construyéndose. Primero llegué yo, temblando entera, contrayéndome alrededor de él en oleadas de placer que me nublaron la vista. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, caliente dentro de mí.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos pegados, respirando agitados, el baño oliendo a sexo y tequila. Me bajó con cuidado, besándome la frente. —Neta que fue chido, Ana. ¿Repetimos?

Nos limpiamos con toallas de papel, riendo como pendejos. Salimos del baño tomados de la mano, la banda tocando otra de El Tri. Su guitarra del Tri esperaba en el escenario, testigo muda de nuestra locura. Nos sentamos en la barra, compartiendo una chela, hablando de todo y nada. Sentía su semen resbalando por mis muslos, un recordatorio delicioso.

Al cerrar el bar, me llevó a su depa en la Narvarte, un lugar sencillo con posters de rock y su guitarra del Tri en un altar. Hicimos el amor otra vez, lento esta vez, explorando cuerpos con luz de vela. Sus dedos trazaban acordes en mi espalda, y yo lo montaba, controlando el ritmo, sintiendo cada roce como una nota perfecta.

Al amanecer, envueltos en sábanas revueltas, fumamos un cigarro. —Esa guitarra del Tri no es nada sin pasión como la tuya —dijo él, acariciándome el pelo.

Yo sonreí, el cuerpo saciado, el alma en paz. —Y tú eres el mejor toque que he tenido, Marco.

Nos despedimos con un beso que prometía más noches así, al ritmo de la guitarra del Tri que nos unió. Caminé a mi casa con el sol naciente, piernas flojas y una sonrisa pendeja, sabiendo que la vida en México sabe a rock, sudor y placer puro.

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