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El Trio con Mama que Enciende la Noche

8576 palabras

El Trio con Mama que Enciende la Noche

La casa en Polanco estaba bañada por la luz tenue del atardecer, con ese olor a jazmín del jardín que se colaba por las ventanas abiertas. Yo, Alex, acababa de llegar de la chamba, sudado y con la camisa pegada al cuerpo por el calor de la ciudad. Mamá, con sus cuarenta y cinco tacos bien puestos, andaba por la cocina preparando unos tacos de arrachera que olían a gloria. Su falda ajustada marcaba esas caderas anchas que siempre me habían vuelto loco en secreto, y su blusa escotada dejaba ver el valle de sus tetas firmes, bronceadas por el sol de las tardes en la alberca.

¿Por qué carajos me pongo así con mi propia mamá? me pregunté mientras la veía mover las nalgas al ritmo de la cumbia que sonaba bajito en la bocina. Era viuda desde hace años, pero se veía más viva que nunca, con ese fuego en los ojos que prendía cualquier cosa a su alrededor. Y luego estaba Laura, mi morra, que había llegado esa tarde para quedarse a cenar. Laura era una chava de veintiocho, con pelo negro largo y un cuerpo de infarto, tetas grandes y un culo que pedía guerra. Las dos juntas en la cocina eran una puta tentación.

—Órale, Alex, ¿ya llegaste, cabrón? —dijo mamá riendo, limpiándose las manos en el delantal—. Ven, prueba esto, está para chuparse los dedos.

Me acerqué y ella me dio un bocado directo de la sartén, sus dedos rozando mis labios. El sabor picante de la carne me explotó en la boca, pero lo que realmente me quemaba era el roce de su piel, suave como seda. Laura nos miró con una sonrisa pícara, sus ojos verdes brillando.

—Se ven bien chidos juntos —comentó ella, acercándose por detrás y poniéndome las manos en la cintura—. ¿Verdad que tu mamá es una diosa?

El corazón me latió fuerte. Esa noche, con las cervejas frías y la comida que nos dejó bien satisfechos, la plática fluyó como agua. Mamá contaba anécdotas de su juventud en Guadalajara, riendo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Laura la halagaba sin parar, tocándole el brazo, el hombro. Yo sentía el aire cargado, como antes de una tormenta, con ese olor a sudor mezclado con perfume de vainilla que desprendía mamá.

Después de cenar, nos fuimos al sofá de la sala. La tele echaba una película cualquiera, pero nadie le paraba bola. Laura se acurrucó contra mí, su mano bajando despacio por mi muslo, mientras mamá se sentaba al otro lado, cruzando las piernas de forma que su falda se subía un poco, mostrando piel morena y suave.

Esto no puede estar pasando, pensé, sintiendo mi verga endurecerse bajo los jeans.

La tensión crecía con cada risa, cada mirada. Laura fue la primera en romper el hielo.

—Oye, Rosa —le dijo a mamá, usando su nombre como si fueran compas de toda la vida—, Alex siempre me ha contado lo guapísima que eres. Pero en vivo, ¡estás cañona!

Mamá se sonrojó, pero sus ojos brillaron con picardía.

—Ay, güey, no mames. Tú sí que estás para comerte a besos. Alex tiene buen ojo para las morras.

Laura se rio y, sin pensarlo dos veces, se inclinó y le plantó un beso en la mejilla a mamá. El sonido fue suave, como un susurro húmedo. Mamá no se apartó; al contrario, giró la cara y le devolvió el beso, esta vez en los labios. Fue un roce corto, pero suficiente para que el aire se volviera espeso, cargado de ese aroma almizclado de excitación que empezaba a flotar.

Yo las vi, hipnotizado, mi pulso acelerado como tambor en las sienes.

¿Un trío con mamá? ¿En serio?
La idea me golpeó como un rayo, caliente y prohibida, pero jodidamente irresistible.

Laura me miró, con los labios hinchados.

—¿Te late, amor? —susurró, mientras su mano apretaba mi paquete por encima del pantalón.

Asentí, la garganta seca. Mamá nos observaba, mordiéndose el labio inferior, sus pezones endurecidos marcándose bajo la blusa.

—Si les late... yo no soy de rechazar una buena fiesta —dijo con voz temblorosa de deseo.

El beso entre Laura y mamá se profundizó. Sus lenguas se enredaron con un sonido chuposo, húmedo, mientras yo las veía desde el sofá. El calor de sus cuerpos se sentía en el aire, mezclado con el olor a carne asada que aún perduraba y el perfume dulce de sus pieles sudadas. Laura metió la mano bajo la blusa de mamá, amasando una teta grande y pesada. Mamá gimió bajito, un sonido gutural que me puso la verga como piedra.

Me uní, besando el cuello de Laura mientras ella chupaba el lóbulo de la oreja de mamá. La piel de Laura sabía a sal y coco, su sudor fresco por el calor de la noche. Mamá giró hacia mí, sus ojos oscuros clavados en los míos.

—Ven, hijo... —susurró, y me jaló por la nuca para un beso profundo.

Su boca era fuego, lengua experta explorando la mía con sabor a tequila y menta. Sentí sus tetas aplastadas contra mi pecho, duras y calientes. Laura no se quedó atrás; desabrochó mi chamarra y metió las manos por debajo de mi playera, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Puta madre, esto es real, pensé, mientras mi verga palpitaba dolorida contra la tela.

Nos quitamos la ropa entre besos y jadeos. La sala se llenó de sonidos: el roce de telas cayendo, respiraciones agitadas, gemidos ahogados. Mamá quedó en tanga negra, sus nalgas redondas brillando bajo la luz de la lámpara. Laura, desnuda, tenía la panocha depilada reluciente de jugos, oliendo a deseo puro.

Me arrodillé entre ellas en el piso alfombrado. Lamí primero a Laura, su clítoris hinchado saboreando a miel salada, mientras ella gemía y tiraba de mi pelo. Mamá se masturbaba viéndonos, sus dedos hundidos en su coño maduro y jugoso, con labios carnosos que chorreaban.

—Chúpame, Alex... como cuando eras chavito y te daba de teta —dijo mamá con voz ronca, guiándome entre sus muslos.

Su sabor era más intenso, terroso y dulce, con ese olor a mujer experimentada que me volvía loco. Laura se unió, lamiendo las tetas de mamá, chupando pezones oscuros y grandes como uvas. Mamá arqueó la espalda, gritando placer en mexicano puro:

—¡No mames, qué rico! ¡Sigan, cabrones!

La llevamos al clímax juntas. Sus jugos me empaparon la cara mientras temblaba, piernas apretando mi cabeza, olor a orgasmo inundando todo.

Ahora era mi turno. Me recostaron en el sofá, mi verga tiesa apuntando al techo, venosa y goteando precum. Laura se la mamó primero, tragándosela hasta la garganta con gorgoteos húmedos, saliva chorreando por mis huevos. Mamá lamía mis bolas, su lengua áspera y experta, oliendo a su propio coño.

—Qué verga tan chingona tienes, hijo —murmuró mamá, mirándome con lujuria pura.

Me montaron como reinas. Primero Laura, cabalgándome con nalgas rebotando, tetas saltando al ritmo de sus ayes. Su coño apretado me ordeñaba, caliente y resbaloso. Mamá se sentó en mi cara, frotando su panocha contra mi boca mientras besaba a Laura, sus lenguas batallando con sonidos babosos.

Cambiaron. Mamá se empaló en mi verga, lenta al principio, gimiendo por lo llena que la hacía. Su coño era un horno húmedo, paredes maduras masajeando cada centímetro. ¡El trío con mamá era un sueño hecho sudor y carne! Laura lamía donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de mamá.

La intensidad subió. Nos movíamos como uno, pieles chocando con palmadas húmedas, sudor goteando, olores mezclados de sexo crudo: esperma, coños, axilas calientes. Mamá rebotaba fuerte, tetas azotándome el pecho, gritando:

—¡Córrete adentro, pinche pendejo! ¡Lléname!

Laura se frotaba contra nosotros, alcanzando otro orgasmo con alaridos que retumbaban en la sala. No aguanté más. Mi verga explotó dentro de mamá, chorros calientes inundándola, mientras ella se corría otra vez, coño convulsionando ordeñándome hasta la última gota.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos jadeantes. El aire olía a semen fresco y orgasmos compartidos. Mamá me besó suave, su mano acariciando mi pecho.

—Gracias, mis amores... eso estuvo de a madre —dijo con sonrisa satisfecha.

Laura se acurrucó, besando mi hombro.

—Repetimos cuando quieras, ¿verdad?

Yo asentí, el cuerpo pesado de placer, el corazón lleno. Esa noche en Polanco, el trío con mamá no solo encendió la carne, sino algo más profundo: una conexión salvaje y honesta entre tres adultos que se deseaban sin límites. El jazmín seguía perfumando el jardín, pero ahora todo era más vivo, más nuestro.

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