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Triada Ecologica Dibujo Sensual

6424 palabras

Triada Ecologica Dibujo Sensual

El sol se colaba entre las hojas de la selva chiapaneca, pintando rayos dorados sobre el claro donde habíamos armado el campamento. Yo, el carnal que se la pasa garabateando sueños en papel, había convencido a Ana y a Bea para esta locura: un triada ecologica dibujo que capturara la esencia de la vida en su ciclo perfecto. Productoras, consumidoras y descomponedoras, personificadas en cuerpos vivos, en piel morena y curvas que gritaban naturaleza pura. Neta, qué chido proyecto, pero desde que las vi llegar con sus mochilas ecológicas y shorts ajustados, supe que el dibujo iba a ser lo de menos.

Ana era la productora, alta y fuerte como un ceiba, con pelo negro lacio que le caía hasta la cintura y tetas firmes que se marcaban bajo la blusa de algodón. Olía a tierra húmeda y flores silvestres, un aroma que me ponía la verga dura sin remedio. Bea, la consumidora, era menudita, con curvas de mulata y ojos verdes que te taladraban el alma; su risa era como el trino de las guacamayas, juguetona y pícara. Y yo, el descomponedor, el que transforma todo en arte, listo para devorarlas con mi lápiz y lo que viniera.

¿Y si esto se sale de control? ¿Y si el dibujo termina en el suelo y nosotros enredados como raíces?

Empezamos en la mañana, con el aire fresco cargado de humedad y el zumbido de insectos. Extendí el lienzo grande en un caballete improvisado con ramas, y les pedí que posaran al pie de un árbol gigante. Ana se quitó la blusa primero, quedando en bra topless, sus pezones oscuros endureciéndose con la brisa. "Órale, wey, ¿así nomás?", dijo riendo, pero sus ojos brillaban de excitación. Bea la siguió, deslizando los shorts y revelando un culito redondo que pedía a gritos ser tocado. Yo tragué saliva, sintiendo el pulso acelerado en la entrepierna.

Me acerqué para ajustarlas, mis manos rozando la piel de Ana, suave como pétalos de bugambilia mojados por el rocío. Su calor me quemaba los dedos, y olía a sudor fresco mezclado con el musk de su arousal. "Aquí, así, como si fueras la raíz que da vida", le susurré al oído, mi aliento caliente contra su cuello. Ella se estremeció, arqueando la espalda. Bea, a su lado, se pegó más, sus tetas pequeñas presionando contra el muslo de Ana. "Y yo te devoro, ¿verdad?", murmuró Bea, lamiéndose los labios carnosos.

El lápiz volaba sobre el papel, trazando las líneas de sus cuerpos entrelazados. El sonido del grafito rasgando era hipnótico, como un latido compartido. Pero la tensión crecía. Cada vez que me movía, mis pantalones rozaban mi erección, dura como tronco seco. Ana giró la cabeza: "Mira cómo nos ves, artista. ¿Te gusta lo que produces?". Su voz era ronca, cargada de promesas. Bea soltó una risita: "Neta, pendejo, dibújame comiéndome a ella primero".

El sol subió, calentando el aire hasta que el sudor perlaba sus pieles. Gotas resbalaban por el valle entre las tetas de Ana, bajando hasta su ombligo. Yo no aguanté más. Dejé el lápiz y me acerqué, arrodillándome frente a ellas. "Para que el triada ecologica dibujo sea perfecto, hay que sentirlo", dije, mi voz temblorosa. Ana asintió, jalándome por la camisa. Sus labios se estrellaron contra los míos, saboreando a mango maduro y sal de sudor. La lengua suya danzaba, explorando mi boca con hambre de depredadora.

Bea no se quedó atrás. Sus manos pequeñas desabrocharon mi jeans, liberando mi verga palpitante. "¡Qué chingona!", exclamó, envolviéndola con dedos suaves. El tacto era eléctrico, piel contra piel caliente, venas hinchadas latiendo bajo su palma. Yo gemí en la boca de Ana, mientras Bea lamía la punta, su lengua juguetona trazando círculos que me hacían ver estrellas. El olor a sexo flotaba ya, almizclado y terroso, mezclado con el perfume de la selva.

Esto es la triada real: yo devorándolas, ellas produciendo placer, todo en ciclo eterno.

Las acomodé en el suelo cubierto de hojas suaves, un colchón natural. Ana se abrió de piernas, su panocha depilada brillando húmeda, labios hinchados invitándome. "Ven, descompóneme", suplicó. Me hundí en ella despacio, sintiendo cada centímetro de su calor envolviéndome, apretándome como raíz en tierra fértil. El sonido de carne chocando era rítmico, chapoteante, acompañado de sus jadeos: "¡Sí, cabrón, más profundo!". Bea se montó en su cara, frotando su clítoris contra la boca de Ana. Yo veía cómo la lengua de Ana lamía, sorbía, haciendo que Bea gritara: "¡Ay, wey, me vas a matar de gusto!".

Cambié posiciones, el sudor nos unía como pegamento vivo. Ahora Bea debajo, sus piernitas alrededor de mi cintura, clavándome las uñas en la espalda. Su interior era un horno apretado, contrayéndose en espasmos. Ana detrás, besando mi cuello, mordisqueando orejas mientras sus dedos jugaban con mis huevos. El aire vibraba con gemidos, el slap-slap de pelvises chocando, el olor a fluidos íntimos espeso y adictivo. Probé los jugos de Bea, salados y dulces, lamiendo su coñito mientras Ana me chupaba la verga, succionando con labios carnosos.

La intensidad subió como tormenta tropical. Ana se corrió primero, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando mis muslos. "¡Me vengo, pinche triada!", aulló, voz quebrada. Bea la siguió, arañándome el pecho, su clítoris hinchado explotando en olas de placer. Yo no pude más; embistiendo a Ana de nuevo, con Bea lamiendo donde nos uníamos, sentí el orgasmo subir como río desbordado. Exploto dentro de Ana, semen caliente llenándola, mientras ellas me ordeñaban hasta la última gota.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados bajo el sol filtrado. El corazón me martilleaba, pieles pegajosas resbalando en afterglow. Ana me besó la frente: "Ese triada ecologica dibujo va a ser legendario, pero esto... esto fue la neta". Bea rio, trazando círculos en mi pecho: "Somos el ciclo perfecto, wey. Productoras de placer eterno".

Terminé el dibujo al atardecer, con trazos temblorosos pero vivos. Las líneas capturaban no solo cuerpos, sino la esencia: el roce, el sudor, el éxtasis compartido. Mientras el sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión, supe que esta triada no era solo ecológica. Era nuestra, carnal, inolvidable. El lápiz guardado, pero el fuego ardía aún en la piel, prometiendo más ciclos.

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