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Digimon Tri Evoluciones Pasionales

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Digimon Tri Evoluciones Pasionales

Estaba en la convención de anime en el Centro Citibanamex, el aire cargado de ese olor a palomitas rancias mezcladas con sudor de tanto cuate emocionado. Yo, Valeria, de veintiocho pirulos, con mi cosplay de Sora de Digimon Adventure Tri, sentía el corazón latiéndome como tambor en la mega evolución. La tela de mi falda plisada rozaba mis muslos, y cada paso hacía que mis pezones se endurecieran contra la blusa ajustada. Wey, qué chido estar aquí, rodeada de fans gritando por las Digimon Tri evolutions, esas transformaciones épicas que me ponían la piel chinita desde morra.

Entonces lo vi. Carlos, un vato de unos treinta, alto, con barba recortada y ojos cafés que brillaban como el digivice en modo burst. Llevaba el traje de Tai, con esa chamarra roja que le marcaba los hombros anchos. Nuestras miradas se cruzaron en el panel de Digimon Tri, donde hablaban de cómo las evoluciones triplicaban el poder.

«Neta, las Digimon Tri evolutions son lo máximo, ¿no? Ese momento en que todo explota en armonía»
, me dijo él, acercándose con una sonrisa pícara. Su voz grave me erizó la nuca, y olía a colonia fresca con un toque de hombre, como a tierra mojada después de la lluvia.

Charlamos un rato, riéndonos de los viejos episodios. ¿Y si nuestras pasiones evolucionaran así?, pensé, mientras él rozaba mi brazo accidentalmente al pasarme una chela. El toque fue eléctrico, como un digievolución de rookie a champion. Sentí un calor subiendo por mi entrepierna, mi panocha humedeciéndose bajo las panties. «Órale, Valeria, ¿vamos por un cafecito o algo más fuerte?», propuso, y yo, con el pulso acelerado, asentí. Éramos adultos, solteros, y la química era neta explosiva.

Acto uno completo: la tensión inicial ardía. Caminamos hacia su hotel cerca del venue, el bullicio de la CDMX de fondo: cláxones, vendedores de elotes, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja. En el elevador, solos, su mano rozó mi cintura. No mames, esto va a pasar, me dije, el corazón retumbando en mis oídos. Olía su aliento a menta, y cuando sus labios rozaron los míos, fue como el primer glow del digivice: suave, exploratorio, saboreando el gloss de fresa en mi boca.

Entramos a la habitación, luces tenues, cama king size con sábanas blancas crujientes. «Valeria, desde que te vi, sentí que íbamos a una Digimon Tri evolution personal», murmuró, quitándose la chamarra. Su pecho se marcaba bajo la playera, músculos firmes que quise lamer ya. Yo me desabroché la blusa despacio, dejando que viera mis tetas llenas, pezones rosados endurecidos por el aire acondicionado.

«Estás chingona, wey. Ven aquí»
, le dije, jalándolo por la nuca para un beso profundo. Sus lenguas danzaban, salivas mezclándose con sabor a deseo puro, manos explorando: las suyas en mi culo redondo, apretando carne suave; las mías bajando por su six pack, sintiendo el calor de su piel morena.

La escalada fue gradual, como las evoluciones en Digimon Tri: de rookie a champion con besos en el cuello, mordidas suaves que me arrancaban gemidos ahogados. Su olor a macho sudado me volvía loca, pensé mientras le bajaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. «Chúpamela, reina», rogó él, voz ronca. Me arrodillé, el piso alfombrado raspando mis rodillas, y la metí en mi boca: salada, cálida, el olor almizclado de su pubis invadiéndome. Chupé despacio, lengua girando en la punta, oyendo sus gruñidos como rugidos de Agumon evolucionando.

Él me levantó, me tiró en la cama. Sus dedos bajaron mis panties, exponiendo mi panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. Qué rica estás, mojadita por mí, pensé al sentir su aliento caliente ahí abajo. Lamidas expertas: lengua plana lamiendo mi clítoris, chupando como si fuera un dulce de tamarindo. Gemí fuerte, uñas clavándose en su cabeza, caderas arqueándose. El sonido húmedo de su boca en mi concha, el slap slap de su lengua, me llevaba al borde. «¡No pares, pendejo! ¡Me vengo!», grité, y exploté en orgasmos triplicados, jugos salpicando su barbilla, cuerpo temblando como en una ultimate evolution.

Pero no paramos. La intensidad subía al mega nivel. Carlos se puso un condón —siempre seguro, wey responsable— y me penetró despacio. Sentir su verga abriéndome, centímetro a centímetro, fue divino. Plena, estirada, el roce interno enviando chispas por mi espina. Empezó a bombear, lento primero: piel contra piel, slap slap de testículos en mi culo, sudor perlando nuestros cuerpos. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en calor. «¡Más fuerte, cabrón! ¡Evoluciona conmigo!», le exigí, piernas envolviéndolo. Aceleró, embestidas profundas, mi clítoris frotando su pubis. Internamente,

esto es nuestra Digimon Tri evolution, de amigos fans a amantes salvajes
.

Posiciones cambiaron: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo rebotando, verga entrando y saliendo con squelch húmedo. Gritos nuestros llenaban la habitación: «¡Sí, Valeria! ¡Chíngame más!». Sudor goteaba de mi frente a su pecho, salado al lamerlo. Luego de lado, él atrás, mano en mi clítoris masturbándome mientras me taladraba. La tensión psicológica peak: ¿me quiere de verdad o solo cosplay fuck?, pero sus ojos, fijos en los míos, decían armonía eterna como en Tri.

El clímax llegó como warp evolution: yo primero, contrayéndome alrededor de su verga, chorros de placer mojando sábanas. Él gruñó, «¡Me vengo, chula!», pulsos calientes llenando el látex. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El afterglow fue puro: besos suaves, caricias perezosas, olor a semen y panocha impregnando el aire.

Acostados, él trazando círculos en mi vientre. «Neta, Valeria, esto fue nuestra Digimon Tri evolutions personal. De fans a algo más». Sonreí, saboreando su piel salada en mis labios. Empoderada, satisfecha, evolucionada. Mañana quién sabe, pero esta noche, en la gran ciudad, habíamos alcanzado el mega nivel del placer consensual. Y qué chido se sintió.

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