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Yo Intentando Resistirme A Tu Calor

6786 palabras

Yo Intentando Resistirme A Tu Calor

La noche en Polanco estaba viva, con las luces de neón parpadeando como promesas coquetas sobre las calles empedradas. El aire traía ese olor dulce a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor de la esquina, y la música reggaetón retumbaba desde el rooftop bar donde nos juntábamos mis cuates y yo. Ahí estaba él, Ricardo, mi compañero de depa desde hace un año, con esa camisa negra ajustada que le marcaba los pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Neta, cada vez que lo veía mover las caderas al ritmo de Bad Bunny, sentía un cosquilleo en el estómago que bajaba directo hasta mis muslos.

Yo, Valeria, de veintiocho pirulos, con mi vestido rojo corto que me hacía sentir como una diosa fresa, había decidido que esta noche no más pendejadas. Llevábamos meses en esa tensión rica, coqueteando con miradas y roces "accidentales" en la cocina mientras preparábamos café. Pero hoy, con el tequila reposado quemándome la garganta, me juré yo intentando resistirme a su calor, aunque mi cuerpo gritaba lo contrario. ¿Por qué carajos era tan difícil? Sus ojos cafés me clavaban como si ya supiera todos mis secretos.

Val, no seas mensa, solo bésalo de una vez y acaba con esto, me decía mi mente mientras sorbía mi margarita helada, el limón picándome la lengua.

Ricardo se acercó con dos shots en la mano, su sonrisa pícara iluminada por las luces LED. "Órale, Val, ¿qué onda? Te ves bien rica esta noche", soltó con esa voz ronca que me erizaba la piel. Chocamos los vasos, el líquido ardiente bajando como fuego líquido, y su mano rozó la mía un segundo de más. Sentí el calor de sus dedos, ásperos por el gym, contra mi palma suave. El corazón me latió fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo.

La pista estaba a reventar, cuerpos sudados frotándose al ritmo. Me jaló a bailar, su cadera pegándose a la mía desde atrás. "Sigue el flow, wey", murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a menta y tequila. Sus manos en mi cintura, bajando despacio hasta mis caderas, guiándome. Cada roce era eléctrico, mi piel sensible bajo el vestido delgado. Intenté alejarme un poquito, yo intentando no derretirme ahí mismo, pero neta, su verga semi-dura presionando contra mi culo me traicionó. Un gemido se me escapó, disfrazado en la música.

"¿Todo bien?" preguntó, girándome para verme a los ojos. Asentí, mordiéndome el labio, el sabor salado de mi gloss mezclándose con el sudor que empezaba a perlar mi cuello. La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro propio mundo. Caminamos hasta la barra, riendo de tonterías, pero sus dedos jugaban con el borde de mi vestido, subiendo apenas lo suficiente para rozar mi muslo interior. El pulso en mi clítoris se aceleró, húmeda ya entre las piernas.

De repente, me acorraló contra la pared del baño mixto, vacío por milagro. "Val, no aguanto más verte así", gruñó, sus labios chocando con los míos. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a sal y deseo. Sus manos everywhere: una en mi nuca, jalándome el pelo suave, la otra apretando mi nalga firme. Gemí en su boca, mi cuerpo arqueándose contra el suyo. Olía a colonia cara, a hombre sudado, delicioso. Yo intentando resistirme, pero mis uñas ya se clavaban en su espalda musculosa.

"Vámonos a casa", susurró, y salimos casi corriendo, el taxi un borrón de luces. En el depa, minimalista con muebles de IKEA y plantas colgantes, la puerta se cerró con un clic que sonó como liberación. Me empujó contra la pared del pasillo, besos bajando por mi cuello, mordisqueando la piel sensible. "Te he querido follar desde el día uno, pendeja", dijo juguetón, y reí, excitada por su crudeza mexicana.

Lo jalé a mi cuarto, la cama king size esperando con sábanas de algodón egipcio frescas. Me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y bra push-up. Sus ojos se oscurecieron, devorándome. Se desvistió lento, torturándome: camisa volando, jeans bajando para revelar boxers tentadores. Su pecho ancho, vello suave bajando hasta el bulto impresionante. Me tiré sobre él, besando su torso, lamiendo el sudor salado, oliendo su esencia masculina que me mareaba.

¡Chingado, esto es lo que necesitaba! Pero despacio, Val, haz que dure.

Sus manos expertas desabrocharon mi bra, pechos libres saltando, pezones duros como piedras. Los chupó con hambre, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para que arqueara la espalda. Gemí fuerte, "¡Ricardo, qué rico!", mis dedos enredados en su pelo negro revuelto. Bajé mi mano, metiéndola en sus boxers, agarrando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, masturbándolo lento, sintiendo el precum resbaloso en mi palma. Él jadeó, caderas empujando.

Me volteó bocabajo, quitándome la tanga con dientes, exponiendo mi culo redondo. Su lengua en mi raja, lamiendo desde el clítoris hinchado hasta mi ano, saboreándome como postre. El placer era intenso, ondas de calor subiendo por mi espina. "Sabrosa, neta", murmuró, dedos entrando en mi coño empapado, curvándose contra mi punto G. Me retorcí, sábanas arrugándose bajo mis puños, olor a sexo llenando la habitación.

No aguanté más. "Cógeme ya, wey", supliqué. Se puso condón rápido, posicionándose. Entró de un empujón suave, llenándome por completo, estirándome delicioso. Gemí largo, su grosor pulsando dentro. Empezó lento, saliendo casi todo para volver profundo, bolas golpeando mi clítoris. El sonido húmedo de carne contra carne, nuestros jadeos mezclándose con el tráfico lejano de Reforma.

Aceleró, mis tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. Me volteó a misionero, piernas en sus hombros, penetrando más hondo. Mirándonos a los ojos, sudor goteando de su frente a mi boca, salado. "Eres mía, Val", gruñó, y exploté: orgasmo cegador, coño contrayéndose alrededor de él, olas de placer sacudiéndome. Grité su nombre, uñas arañando su espalda.

Él siguió embistiendo, fuerte, hasta que tensó la mandíbula, corriéndose con un rugido gutural, cuerpo temblando sobre el mío. Colapsó a mi lado, respiraciones agitadas sincronizadas, piel pegajosa unida.

Minutos después, enredados en las sábanas revueltas, su mano acariciando mi vientre suave. "¿Por qué tardamos tanto?", preguntó riendo bajito. Yo, sonriendo, besé su hombro. Yo intentando resistirme había fallado estrepitosamente, pero qué chingón fallo. El aroma a sexo y colonia perduraba, prometiendo más noches así. Afuera, la ciudad seguía latiendo, pero nosotros acabábamos de encontrar nuestro ritmo.

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