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Calor Oculto Bajo la Chamarra Tri Mountain

7505 palabras

Calor Oculto Bajo la Chamarra Tri Mountain

El aire fresco de las montañas me erizaba la piel mientras subía por el sendero empedrado del Cerro de la Silla. Llevaba mi chamarra Tri Mountain nueva, esa que compré en el tianguis de Monterrey porque juraban que era chingona para el frío norteño. El nylon suave rozaba mis brazos con cada movimiento, y el logo bordado en el pecho me hacía sentir como una aventurera de esas películas gringas. Pero lo que no esperaba era toparme con él, Marco, el wey que siempre andaba por ahí con su bici de montaña.

¡Órale, Ana! ¿Qué pedo, carnala? ¿Ya te lanzaste a conquistar la cumbre? —me gritó desde arriba, su voz ronca retumbando entre los pinos.

Me detuve, jadeando un poco, y lo vi bajando con esa sonrisa pícara que me ponía la piel chinita. Él también traía su chamarra Tri Mountain, negra y ajustada, marcando sus hombros anchos y el pecho que se adivinaba musculoso debajo. El viento traía su olor, mezcla de sudor fresco y colonia barata, pero neta que me gustaba. Nos conocíamos de las fiestas en el barrio, pero nunca habíamos pasado de un coqueteo casual. Hoy, algo en el aire se sentía diferente, como si las montañas nos estuvieran empujando uno hacia el otro.

Sí, wey, a ver si no me dejas atrás con tus piernas de ciclista, le respondí, guiñándole el ojo mientras reanudábamos la subida juntos. Nuestros pasos se sincronizaban, y cada roce accidental de su brazo contra el mío mandaba chispas por mi espina. El sol empezaba a calentar, y yo sentía cómo el calor de mi cuerpo luchaba contra el frescor de la chamarra.

En mi cabeza, no paraba de dar vueltas:

¿Por qué carajos me pongo nerviosa con este pendejo? Si nomás es Marco, el mismo que se emborracha en las carnitas del domingo. Pero míralo, sudando justo donde la chamarra se pega a su piel... ay, Ana, contrólate, no seas mamona.
El deseo inicial era como una brisa tibia, sutil, pero ya me hacía apretar las piernas al caminar.

Llegamos a un claro con vista al valle, donde el sol pegaba de lleno. Sacamos las mochilas y nos sentamos en una roca plana, bebiendo agua fría que sabía a metal del termo. El silencio era cómodo, roto solo por el trino de los pájaros y el susurro de las hojas. Marco se quitó la gorra, revelando su cabello negro revuelto, y yo no pude evitar fijarme en cómo el sudor perlaba su cuello.

Estas chamarras Tri Mountain están cabronas, ¿no? Me mantienen caliente, pero ahorita ya me estoy asando, dijo él, abriendo el cierre de la suya despacio. El sonido del zipper fue como un susurro prometedor, y vi cómo su camiseta se pegaba a su torso, delineando cada músculo.

Yo hice lo mismo, sintiendo el alivio inmediato del aire en mi piel húmeda. Chin, qué rico, pensé, mientras el aroma de mi propio sudor se mezclaba con el de él, creando una fragancia íntima, animal. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí estaba: la tensión, espesa como la neblina matutina. Él se acercó un poco, su rodilla rozando la mía, y sentí el calor irradiando de su cuerpo.

¿Sabes qué, Ana? Siempre me has gustado, neta. Con esa chamarra puesta pareces una diosa de la montaña, murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

Mi corazón latió fuerte, como tambor en fiesta.

¿De veras? ¿O nomás quiere cogérmela aquí mismo? Ay, pero qué ganas, su boca se ve tan suave...
Le sonreí, juguetona, y puse mi mano en su muslo, sintiendo la firmeza debajo del pantalón de mezclilla.

Pos yo a ti también, cabrón. ¿Y si nos quitamos estas chamarras de una vez?

El escalamiento fue gradual, como la subida misma. Primero, besos suaves, exploratorios, sus labios sabían a sal y a menta del chicle que masticaba. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras yo enredaba los dedos en su cabello. El sol nos calentaba la piel expuesta, y el viento jugaba con los mechones sueltos. Me recostó en la chamarra extendida como improvisada cama, el nylon crujiendo bajo nosotros, fresco contra mi espalda desnuda.

Marco besaba mi cuello, lamiendo el sudor con deleite, y yo gemía bajito, arqueándome hacia él. Qué chido se siente su lengua, áspera y caliente. Bajó por mi pecho, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra, mientras su mano se colaba en mi pantalón, encontrando mi panocha ya empapada. Sus dedos jugaban con mi clítoris, círculos lentos que me hacían jadear y clavar las uñas en sus hombros.

Estás bien mojada, mi reina... me traes loco, gruñó, su voz vibrando contra mi piel.

Yo le bajé el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas latiendo bajo mi palma, y la apreté suave, provocándolo. Él jadeó, empujando contra mí. Nos frotamos así un rato, piel con piel, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con pino y tierra húmeda. El sonido de nuestras respiraciones agitadas era el único ritmo, acelerando como tormenta acercándose.

Internamente, luchaba:

Esto es una locura, ¿y si alguien pasa? Pero qué más da, se siente tan bien, tan vivo. Quiero que me coja ya, profundo, hasta olvidarme del mundo.
La intensidad crecía; él se posicionó entre mis piernas, frotando la cabeza de su verga en mi entrada, lubricándonos mutuamente. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, urgiéndolo.

Entra, Marco, no te aguantes, le rogué, mi voz ronca de necesidad.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Ay, cabrón, qué grande se siente, grité en mi mente mientras mi concha lo apretaba, ondulando alrededor. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas que me hacían ver estrellas. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando resonaba en el claro, junto con mis gemidos y sus gruñidos. Sudábamos como locos, el calor de la fricción era abrasador, y yo lamía el sal en su hombro, mordisqueando suave.

Aceleró, sus caderas golpeando las mías con fuerza controlada, su mano en mi clítoris frotando en sincronía. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hacia arriba, tensando cada músculo. Él también estaba cerca, su verga hinchándose más dentro de mí.

Vente conmigo, Ana... déjate ir, jadeó.

Exploté primero, mi cuerpo convulsionando, un grito ahogado escapando de mi garganta mientras oleadas de placer me barrían, mi concha pulsando alrededor de él. Marco se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente inundándome en chorros. Nos quedamos pegados, temblando, el mundo reduciéndose a nuestros latidos compartidos.

Después, el afterglow fue puro paraíso. Nos recostamos sobre las chamarras Tri Mountain extendidas, el sol calentándonos la piel enrojecida. Él me acariciaba el cabello, besando mi frente, y yo trazaba círculos en su pecho con el dedo, oliendo nuestra mezcla de fluidos en el aire.

Esto fue épico, ¿verdad? Como si las montañas nos bendijeran, dijo riendo bajito.

Yo asentí, sintiendo una paz profunda.

Neta, nunca pensé que una simple chamarra me llevaría aquí. Pero con Marco, todo se siente chingón, real, nuestro.
Nos vestimos lento, las chamarras ahora cargadas de nuestro secreto, y bajamos la montaña de la mano, con el valle brillando abajo como promesa de más aventuras.

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