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El Trio en Casa que Nos Enloqueció

6720 palabras

El Trio en Casa que Nos Enloqueció

Era una noche de esas calurosas en la Ciudad de México, de esas que te pegan el suéter al cuerpo aunque no lleves nada puesto. Yo, Ana, estaba en mi depa chiquito pero chido en la Condesa, con las luces bajas y música de banda ms sonando bajito de fondo. Marco, mi carnal de años, andaba en la cocina preparando unos tequilas con limón y sal. Y luego llegó Luis, el wey del gym que siempre nos coqueteaba con esa sonrisa pícara. Neta, desde hace rato veníamos platicando de esto, de un trio en casa, pero nunca nos animábamos. Hoy, con el calor y las copas, se sentía como el momento perfecto.

Me recargué en el sillón de piel sintética que olía a nuevo, sintiendo cómo el aire acondicionado me erizaba la piel de los brazos. Marco salió con las charolas, su playera ajustada marcando esos pectorales que me volvían loca.

¿Y si de veras lo hacemos? ¿Y si Luis se anima? Mi corazón late como tambor en quinceañera.
Le di un trago al tequila, el ardor bajando por mi garganta como fuego líquido, y le guiñé el ojo a Luis, que ya se había quitado los zapatos y se tiraba en el sofá a mi lado.

—Órale, Ana, qué buena onda tu casa —dijo Luis, su voz grave rozándome como una caricia—. Se ve padre para... no sé, relajarnos.

Marco se rio, sentándose al otro lado mío, su muslo rozando el mío. El roce era eléctrico, como si ya supiéramos lo que venía. Empezamos a platicar pendejadas del gym, de cómo Luis siempre nos ganaba en las pesas, pero el aire se cargaba de algo más. Sus miradas se cruzaban sobre mi escote, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo la blusa ligera de algodón. El olor a tequila mezclado con su colonia varonil me mareaba, un perfume terroso y sudoroso que me hacía apretar las piernas.

De repente, Marco me jaló para un beso, su lengua invadiendo mi boca con hambre acumulada. Luis no se quedó atrás; su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo desnudo. Chingao, el contraste de sus pieles contra la mía era puro fuego. Sentí el calor de sus palmas, ásperas por el trabajo en el gym, explorando mi piel suave.

¿Quieren el trio en casa o qué? —susurró Marco contra mi cuello, mordisqueando mi oreja. Su aliento caliente me erizó el vello de la nuca.

Luis soltó una carcajada ronca. —Sí, cabrones, ya era hora.

Acto uno cerrado, el deseo ya bullía como el tequila en mi estómago. Me levanté, tambaleante por la excitación, y los jalé al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas al tacto, oliendo a lavanda del suavizante que uso. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes, los pezones rosados pidiendo atención. Ellos se desvistieron rápido, vergas duras saltando libres, gruesas y venosas, oliendo a hombre puro.

Me tiré en la cama boca arriba, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Marco se subió encima, besándome el vientre, su barba raspándome delicioso mientras bajaba a mi panocha. Luis se arrodilló al lado, chupándome las tetas, su lengua girando alrededor de los pezones como si fueran dulces.

¡Qué chingón! Dos bocas en mí, dos pares de manos. Mi clítoris palpita solo de imaginar.
Gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido del ventilador de techo. El sabor salado de su sudor en mi piel, el shlop shlop de la lengua de Marco lamiendo mis labios hinchados... todo se volvía un remolino sensorial.

Pero no era solo físico. Marco y yo llevábamos años juntos, y esto era como revivir la chispa. ¿Y si cambia todo? pensé, pero el miedo se disipó cuando Luis me metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. Mi cuerpo se arqueó, jugos chorreando por sus nudillos. —¡Ay, wey, así! —grité, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Marco se quitó, su verga reluciente de mi saliva después de que yo se la chupara un rato. La tenía enorme, palpitante, con ese olor almizclado que me enloquece. Luis se posicionó entre mis piernas, frotando la punta contra mi entrada húmeda. —Dime si quieres, Ana —murmuró, ojos fijos en los míos, puro respeto y deseo.

¡Sí, métela! —rogué, y él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El ardor inicial dio paso a un placer pleno, su grosor llenándome hasta el fondo. Marco se masturbaba viéndonos, su mano subiendo y bajando con flac flac húmedo.

Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas. Marco se colocó enfrente, su verga en mi boca, saboreando mi propia esencia en él. Luis me embestía desde atrás, nalgas chocando con plaf plaf, sus bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteaba por sus pechos, salpicando mi espalda. Olía a sexo crudo, a pino del desodorante mezclado con feromonas. Mis gemidos vibraban alrededor de la verga de Marco, haciendo que él gruñera como animal.

El ritmo subió, sus caderas sincronizándose. Sentía cada vena de Luis pulsando dentro, cada vena de Marco en mi lengua.

Esto es el paraíso, neta. Dos hombres para mí, dándome todo.
La tensión crecía en mi bajo vientre, como una ola a punto de romper. Luis aceleró, sus manos amasando mis nalgas. —¡Me vengo, Ana! —avisó, y sentí su leche caliente inundándome, chorros espesos que me llevaron al borde.

Marco salió de mi boca, jalándome para que me sentara en su regazo. Su verga entró fácil, lubricada por todo. Reboté sobre él, tetas saltando, mientras Luis nos besaba alternadamente. El olor a semen fresco flotaba, embriagador. Marco me clavó profundo, sus dedos en mi clítoris frotando furioso. Exploto en mí también, su corrida mezclándose con la de Luis, mientras yo gritaba mi orgasmo, paredes contrayéndose en espasmos interminables. Olas de placer me sacudían, visión borrosa, oídos zumbando con nuestros jadeos.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, piel pegajosa contra piel. El cuarto olía a sexo y tequila derramado, el ventilador secando nuestro sudor con brisa fresca. Marco me acarició el pelo, Luis mi espalda. Silencio cómodo, roto solo por respiraciones pesadas.

Qué chido estuvo ese trio en casa —dijo Marco, besándome la frente.

Luis rio. —Repetimos cuando quieran, carnales.

Me acurruqué entre ellos, corazón latiendo aún fuerte. No hubo celos, solo conexión más profunda.

Esto nos unió más. Soy poderosa, deseada. Mañana será otro día, pero esta noche... inolvidable.
Dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches locas en nuestro rincón.

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