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Trío Beeg Pasional

7172 palabras

Trío Beeg Pasional

La arena tibia de la playa en Puerto Vallarta se pegaba a los pies descalzos de Ana mientras el sol se hundía en el Pacífico, pintando el cielo de naranjas y rosas intensos. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas cercanas, y el sonido de las olas rompiendo suave contrastaba con la música ranchera que retumbaba desde un palapa improvisado. Ana, con su bikini rojo ceñido que realzaba sus curvas generosas, caminaba tomada de la mano de Marco, su carnal de años, un moreno atlético con sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras.

Qué chingón está este viaje, pensó Ana, sintiendo el calor de la mano de Marco subirle por el brazo como una corriente eléctrica. Habían llegado esa mañana desde Guadalajara, escapando del pinche tráfico y el estrés del jale, solo para reconectar. Pero entonces la vio: Sofia, la güey de la uni que se topaban cada tanto en fiestas. Alta, con piel morena bronceada, tetas firmes que asomaban bajo un top de malla transparente y un culo redondo que se movía hipnótico al ritmo de la cumbia rebajada. Sofia levantó la mano desde una mesa llena de chelas heladas.

¡Órale, pinches culeros! ¿Qué onda? gritó Sofia con esa voz ronca que erizaba la piel, abrazando a Ana con fuerza, sus pechos rozándose un segundo de más. El contacto fue como un chispazo; Ana olió su perfume dulzón, coco y vainilla, mezclado con sudor salado. Marco se unió al abrazo grupal, riendo.

—Neta, Sofi, estás más rica que nunca —dijo Marco, guiñando el ojo. Ana sintió un pellizco de celos juguetón, pero también un cosquilleo en el vientre.

¿Y si...?
La idea se coló en su mente como el viento caliente: un trío beeg, de esos que veían a escondidas en la compu, con cuerpos enredados y gemidos salvajes. Sacudió la cabeza, pero la semilla ya estaba plantada.

Se sentaron en la mesa, chelas corrientes bajando frías por la garganta, el hielo crujiendo entre los dientes. Hablaron pendejadas: del jale en el hotel de Marco, de las aventuras de Sofia como DJ en Mazatlán, de cómo la vida en la costa era pura mamada comparada con el centro. Las risas fluían, las miradas se cruzaban cargadas. Sofia ponía la mano en el muslo de Ana al reír, un toque inocente que duraba, enviando ondas de calor entre sus piernas. Marco observaba, su verga ya medio parada bajo el short, olfateando la tensión como un lobo.

—Oigan —dijo Sofia de pronto, bajando la voz—, ¿han visto esos videos de trío beeg? Neta, qué chido se ve, tres cuerpos sudando, tocándose sin pena. —Sus ojos brillaron, pasando de Ana a Marco—. ¿Y si nosotros... armamos nuestro propio trío beeg esta noche?

Ana tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en el pecho.

¡La chingada, esto es real!
El deseo la invadió, húmedo y urgente, su clítoris palpitando contra la tela del bikini. Marco apretó su mano bajo la mesa, asintiendo sutil.

¿Están en? —preguntó Ana, su voz temblorosa pero excitada. Las tres cabezas asintieron, y el mundo se volvió eléctrico.

Subieron al cuarto del hotel al anochecer, el lobby perfumado a jazmín y lobby bar aún vibrante. La habitación era amplia, con balcón al mar, el rumor de las olas filtrándose por la ventana abierta. Se descalzaron en la entrada, risas nerviosas rompiendo el silencio. Ana encendió una vela de vainilla que olía a deseo puro, la luz parpadeante bailando en las paredes blancas.

Marco tomó la iniciativa, jalando a Sofia por la cintura y besándola profundo, lenguas chocando con sonidos húmedos que hicieron que Ana se mordiera el labio. Verlo así me prende cañón, pensó, acercándose. Sus manos temblorosas desataron el top de Sofia, liberando esos pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos como chocolate. Ana los lamió, saboreando la sal de su piel, el gemido de Sofia vibrando en su boca.

¡Ay, cabrona, qué rica! —jadeó Sofia, manos enredándose en el pelo de Ana. Marco se quitó la ropa, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista, oliendo a hombre puro. Ana se arrodilló, chupándola lento, la lengua girando en la cabeza mientras Sofia la besaba desde arriba, dedos hurgando su panocha empapada a través del bikini.

El aire se cargó de olores: sudor almizclado, jugos dulces de excitación, la vela quemándose. Se tumbaron en la cama king size, sábanas crujiendo bajo pesos ansiosos. Tensiones internas bullían en Ana:

¿Y si no funciona? ¿Y si me da pena?
Pero el toque de Marco en su espalda, masajeando con aceite de coco resbaloso, disipó dudas. Sofia se recostó entre ellos, piernas abiertas invitando.

Marco penetró a Sofia primero, lento, su polla abriéndose paso con un sonido chapoteante. Sofia arqueó la espalda, uñas clavándose en los hombros de Ana. —¡Chíngame más fuerte, güey! —suplicó. Ana observaba hipnotizada, el ir y venir brillante de jugos, luego bajó la cabeza, lamiendo el clítoris de Sofia mientras Marco embestía. El sabor era divino: salado-dulce, como mango maduro mezclado con mar.

Cambiaron posiciones, el calor subiendo como fiebre. Ana encima de Marco, su verga llenándola hasta el fondo, estirándola delicioso, paredes vaginales apretando rítmico. Sofia se sentó en la cara de Marco, panocha rozando su boca, gemidos ahogados saliendo. Ana cabalgaba, tetas rebotando, sudor goteando entre ellas, oliendo a sexo crudo. Siento cada vena, cada pulso, pensó Ana, el placer acumulándose en espiral.

La intensidad creció: manos por todos lados, lenguas explorando ano, pezones, orejas. Sofia metió dedos en el culo de Ana, suave, lubricado con saliva, un placer nuevo que la hizo gritar. —¡Sí, así, pinche puta rica! —gritó Ana, el slang saliendo suelto en el éxtasis. Marco gruñía, caderas chocando con palmadas húmedas contra nalgas.

El clímax se acercó como ola gigante. Primero Sofia, convulsionando sobre la boca de Marco, chorro caliente salpicando su barbilla, grito rasgando la noche. Luego Ana, orgasmo explotando en oleadas, panocha contrayéndose alrededor de la verga, visión nublada de estrellas, olor a almizcle inundando todo. Marco último, sacando la polla y eyaculando chorros espesos sobre tetas de ambas, semen caliente goteando, salado en la lengua de Ana al lamerlo.

Jadeos llenaron la habitación, cuerpos enredados sudorosos, piel pegajosa reluciendo bajo la luz de la vela casi extinguida. El mar susurraba afuera, brisa fresca secando el sudor. Ana se acurrucó entre ellos, cabeza en el pecho de Marco, mano en el vientre de Sofia.

Neta, fue el mejor trío beeg ever —murmuró Sofia, besando la frente de Ana. Marco rio bajito, dedos trazando círculos perezosos en sus espaldas.

Esto cambia todo, pero qué chido
, reflexionó Ana, un calor residual latiendo en su cuerpo. No hubo arrepentimientos, solo promesas tácitas de más noches así. El deseo se había liberado, dejando un afterglow dulce como mezcal con limón, y el sueño los envolvió con el ritmo del océano.

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