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Ejercicios Sensuales con Tra Tre Tri Tro Tru

7066 palabras

Ejercicios Sensuales con Tra Tre Tri Tro Tru

Tú estás recostado en el sofá de tu depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas, tiñendo todo de un naranja cálido que huele a café recién hecho y a la piel de Ana, tu morra desde hace un año. Ella, con su blusa floja que deja ver el encaje negro de su brasier, se sienta a horcajadas sobre tus piernas, sus jeans ajustados rozando tus muslos. Qué chingona se ve, piensas, mientras su cabello negro cae en cascada sobre sus hombros, oliendo a shampoo de coco.

—Órale, carnal —te dice con esa voz ronca que te pone la piel chinita—. Hoy vamos a practicar unos ejercicios con tra tre tri tro tru. Dicen que ayudan a soltar la lengua, ¿no? Y neta, la tuya la necesito bien suelta.

Su risa es juguetona, como campanitas, y tú sientes un cosquilleo en el estómago, esa tensión inicial que siempre precede a lo bueno. Asientes, intrigado, porque Ana es maestra de idiomas en una uni privada, y siempre inventa juegos locos para romper el hielo. Sus manos se posan en tu pecho, dedos cálidos presionando a través de tu playera, y el calor de su cuerpo se filtra hasta tus entrañas.

—Empecemos suave —susurra, acercando su boca a tu oreja, su aliento húmedo rozando el lóbulo—. Repite conmigo: tra. —Lo dices, sintiendo cómo tu lengua vibra contra el paladar, y ella imita, exagerando el movimiento, su lengua rosada asomando entre labios carnosos.

El aire se carga de electricidad. Cada repetición —tre, tri, tro, tru— hace que sus bocas se acerquen más, lenguas chocando accidentalmente al principio, un roce salado que sabe a menta de su chicle. Tú sientes el pulso acelerado en tu cuello, el corazón latiendo como tambor en una fiesta de pueblo.

Esto no es solo un ejercicio, pendejo, esto es preludio
, te dices, mientras sus caderas se mecen sutilmente, presionando contra tu entrepierna que ya despierta.

La habitación huele a deseo incipiente, ese aroma almizclado que emana de su cuello cuando suda un poquito. Pasan los minutos, y los ejercicios se vuelven un baile de lenguas: ella te guía, «Tra tre tri tro tru, más rápido, más profundo», y tú obedeces, fascinado por cómo su boca se abre, invitándote. Un gemido escapa de sus labios al fallar una sílaba, y tú aprovechas para lamer el borde de su labio inferior, saboreando el gloss vainillado.

Acto dos: la escalada. Ana se quita la blusa con un movimiento fluido, revelando pechos firmes que suben y bajan con su respiración agitada. El brasier negro contrasta con su piel morena, como chocolate caliente. —Ahora practica en mí —ordena, guiando tu cabeza hacia su pecho. Tus labios recorren la curva de su seno, murmurando tra tre tri tro tru contra la tela, vibraciones que la hacen arquear la espalda.

Sientes la dureza de sus pezones bajo tu lengua, un sabor salado mezclado con perfume floral. Ella gime, «¡Ay, wey, qué rico! Sigue, no pares», y sus uñas se clavan en tu nuca, enviando chispas por tu espina. Te desabrochas los jeans, liberando tu verga que ya palpita, dura como piedra, rozando la tela áspera de sus pantalones. El sonido de cremalleras bajando es como un susurro obsceno, y el calor entre sus piernas te envuelve cuando ella se frota contra ti.

La bajas al sofá, besos húmedos bajando por su vientre, oliendo su excitación que impregna el aire como jazmín en lluvia. Le quitas los jeans, revelando tanga de encaje empapada. Estás chorreando, mi amor, piensas, mientras tus dedos trazan el borde, sintiendo el calor pulsante. Ella te jala el cabello: —Ejercicios con tra tre tri tro tru... aquí abajo.

Tu lengua obedece, lamiendo despacio: tra en su clítoris hinchado, tre trazando círculos, tri tro tru hundiéndote en sus pliegues jugosos. Sabe a miel salada, a mar, y sus muslos tiemblan apretando tu cabeza. Gritos ahogados llenan la habitación: «¡Sí, cabrón, así! ¡Más tru!». El sudor perla su piel, goteando en tu boca, y tú sientes tu propia humedad preeyaculatoria en la punta de tu miembro, latiendo al ritmo de su placer.

La tensión crece como tormenta en el Popo: ella se retuerce, caderas elevándose, uñas rasgando tu espalda. Internamente luchas por no explotar aún,

Contrólate, hazla volar primero
, mientras tu lengua acelera, vibrando esas sílabas contra su carne sensible. Ana grita, un sonido gutural mexicano, «¡Me vengo, pendejo!», y su cuerpo convulsiona, jugos inundando tu boca, piernas temblando como hoja en viento.

Pero no para ahí. Ella te voltea, ojos brillantes de lujuria, y toma tu verga en mano, piel suave contra vena hinchada. —Mi turno con los ejercicios —ronronea, lamiendo desde la base: tra tre tri, lengua plana y juguetona, tro tru succionando la cabeza, saboreando tu esencia salada. El placer es cegador, un calor que sube desde tus huevos hasta el cerebro, sonidos chapoteantes y gemidos tuyos resonando. Su boca es un horno húmedo, garganta profunda tragándote entero, nariz rozando tu pubis rasurado.

Acto tres: la liberación. No aguantas más. La subes encima, sus rodillas hincadas en el sofá, y ella se empala en ti con un suspiro largo. Qué apretada, qué caliente, sientes cada centímetro envolviéndote, paredes vaginales pulsando como puño vivo. El ritmo inicia lento, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo crudo llenando el aire.

Tra tre tri tro tru —jadea ella al compás de las embestidas, y tú respondes con gruñidos, manos amasando sus nalgas redondas, dedos hundiéndose en carne suave. El sofá cruje, sudor gotea, pechos rebotando hipnóticos. Aceleras, profundo, golpeando ese punto que la hace aullar: «¡Dame verga, amor! ¡Fuerte!». Tu pulso retumba en oídos, bolas tensas listas para estallar.

El clímax llega como avalancha: ella primero, otra vez, cuerpo rígido arqueándose, «¡Me corro!», chorro caliente empapando tus muslos. Tú la sigues, verga hinchándose, chorros calientes llenándola hasta rebosar, un rugido escapando de tu garganta. El mundo se disuelve en blanco, placer puro irradiando desde tu centro.

Afterglow: caen exhaustos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa brillando bajo la luz menguante. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse, olor a semen y sudor mezclándose con su perfume. —Los mejores ejercicios con tra tre tri tro tru de mi vida —murmura ella, riendo bajito.

Tú sonríes, besando su frente, sintiendo paz profunda.

Esto es lo chido de la vida con ella: juegos que terminan en éxtasis
. El sol se pone, tiñendo todo de púrpura, y se quedan así, respirando juntos, listos para la próxima ronda.

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