21 años después Alex Lora y El Tri
Hace veintiún años mi vida cambió en un concierto de Alex Lora y El Tri. Tenía dieciocho, era una chava llena de fuego, con el corazón latiendo al ritmo de esas guitarras rasposas y la voz ronca de Alex que me erizaba la piel. El auditorio olía a cerveza derramada, sudor macho y ese humo denso de mota que flotaba como niebla. Bailaba como poseída, sintiendo cómo su letra rebelde me calaba en los huesos. Esa noche soñé con él, con sus manos callosas tocándome, su aliento caliente en mi cuello. Pero solo fue un sueño, un antojo que guardé como secreto.
Ahora, 21 años después Alex Lora y El Tri seguían rockeando con la misma chingonería. Yo, Mariana, con treinta y nueve bien puestos, curvas que no pedían permiso y una soltería que me tenía harta de vibradores. Me divorcié hace dos años del pendejo que nunca entendió mi lado salvaje. Compré mi boleto premium para el Palacio de los Deportes, me puse un vestido negro ajustado que marcaba mis chichis y mi culo firme, tacones altos y un perfume que gritaba "ven y pruébame". Órale, iba a revivir esa noche.
El lugar estaba a reventar, luces estroboscópicas cortando la oscuridad, el bajo retumbando en mi pecho como un corazón desbocado. El olor a miles de cuerpos sudados me golpeó de lleno, mezclado con hot dogs y chelas frías. Cuando Alex salió al escenario, con su melena plateada y esa sonrisa de cabrón experimentado, sentí un jalón en el estómago. Cantaba "Triste canción de amor" y su voz, aún gravelosa, me mojó las panties sin piedad. Bailaba, gritaba las letras, mi piel ardía bajo las luces calientes.
Neta, wey, 21 años después y este vato me pone igual de caliente. ¿Será que mi concha aún sueña con él?El sudor me corría por la espalda, pegajoso y salado, y mis pezones se marcaban duros contra la tela.
Al final del show, rifaron pases backstage. No mames, gané. Corazón en la garganta, pasé seguridad con piernas temblorosas. Adentro, el backstage era un desmadre chido: groupies guapas, músicos relajados con chelas en mano, humo de cigarros y ese aroma almizclado de hombres después de rockear duro. Ahí estaba Alex, secándose el sudor con una toalla, camiseta negra pegada a su torso velludo y marcado por los años, pero qué chingón se veía. Me vio, sus ojos cafés brillando con picardía.
—Órale, güerita, ¿vienes del público? —me dijo con esa voz que me deshacía.
—Simón, desde hace 21 años soy fan tuya, Alex. Tu música me ha acompañado en las noches solas —le contesté, mordiéndome el labio, sintiendo el pulso acelerado en mi garganta.
Se rio, profundo y ronco, acercándose tanto que olí su sudor fresco, ese olor terroso y masculino que me mareaba. Charlamos de todo: de los viejos tiempos, de cómo El Tri seguía rompiendo madres, de mi vida. Sus ojos me recorrían como caricias, deteniéndose en mis tetas, en mis caderas. La tensión crecía, el aire cargado de electricidad. Me ofreció una chela fría, nos sentamos en un sofá raído, nuestras rodillas rozándose. Cada roce era fuego, mi piel erizada, el calor subiendo desde mi vientre.
—Sabes, Mariana, hay fans y hay mujeres como tú que encienden el escenario desde abajo —me susurró al oído, su aliento cálido con toque de tequila.
Mi mano tembló al tocar su brazo, músculos firmes bajo la piel morena.
Chingado, esto es real. 21 años después, Alex Lora y El Tri, y yo aquí, sintiendo su calor. Lo miré fijo, y sin palabras, nos besamos. Sus labios gruesos, ásperos por la barba incipiente, sabían a sal y victoria. Lenguas enredadas, húmedas, explorando con hambre. Sus manos grandes me apretaron la cintura, subiendo a mis chichis, pellizcando pezones duros como piedras.
La cosa escaló rápido. Me levantó como si no pesara, llevándome a una habitación privada del backstage, puerta cerrada con llave. El cuarto olía a sábanas limpias y su esencia pura. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mi cuerpo desnudo, piel bronceada brillando bajo la luz tenue. Sus ojos se devoraban mi panocha depilada, húmeda y lista.
—Qué rica estás, carnala —gruñó, quitándose la ropa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza roja palpitante. La miré, lamiéndome los labios, el olor de su excitación llenando el aire, musgoso y dulce.
Caímos en la cama, colchón hundiéndose bajo nosotros. Lo besé por todo el pecho, saboreando el sudor salado de su piel, chupando sus tetillas oscuras hasta que gimió. Bajé, besando su abdomen marcado, hasta tomar su verga en la boca. Caliente, dura como hierro, pulsando en mi lengua. La mamé despacio, saboreando el pre-semen salado, mis manos masajeando sus huevos pesados. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo, empujando suave.
—No mames, qué buena boca tienes —dijo, voz entrecortada.
Me volteó, su boca en mi panocha, lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado, chupando jugos que corrían como miel. Gemí alto, caderas arqueadas, oliendo mi propio aroma dulce mezclado con el suyo. Dedos gruesos entrando, curvándose en mi G, me tuvo al borde. Pero quería más.
—Cógeme, Alex, ya —supliqué, voz ronca de necesidad.
Se puso encima, verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Qué fullness, su calor llenándome, venas frotando mis paredes. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un trueno en mi cuerpo. Sonidos de piel chocando, húmedos y obscenos, sus bolas golpeando mi culo. Sudor goteando de su frente a mis tetas, resbaloso y caliente.
Aceleró, mis uñas clavadas en su espalda, gritando sí sí chingame. Cambiamos: yo arriba, cabalgándolo como yegua salvaje, mis chichis rebotando, su mirada fija en ellas. Sentía su verga profunda, golpeando mi cervix, placer punzante. El cuarto olía a sexo puro, gemidos mezclados con rock de fondo filtrándose por la puerta.
El clímax llegó como avalancha. Mi concha se contrajo, ordeñándolo, oleadas de éxtasis sacudiéndome, jugos chorreando por sus huevos. Él rugió, verga hinchándose, llenándome de leche caliente, espesa, que rebosaba.
Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas unidas. Su corazón tronaba contra mi oreja, aliento agitado en mi pelo. Me acarició la espalda, suave, mientras el sudor se enfriaba.
—21 años después, y valió cada segundo, ¿verdad? —me dijo, sonriendo pillo.
Me acurruqué, sintiendo su calor residual.
Alex Lora y El Tri no solo rockean escenarios, rockean almas. Esta noche, mi alma gozó como nunca. Salí al amanecer, piernas flojas, sonrisa eterna. La vida, wey, es un pinche concierto eterno.