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Pasión Desenfrenada en Triara Querétaro (1)

7935 palabras

Pasión Desenfrenada en Triara Querétaro

Entraste a Triara Querétaro esa tarde de sábado con el sol pegando fuerte afuera, pero adentro el aire acondicionado te envolvía como un abrazo fresco y prometedor. El bullicio de la gente charlando, las risas lejanas y el eco de los zapatos contra el piso de mármol brillante te hicieron sentir viva, vibrante. Olía a café recién molido de Starbucks y a perfumes caros flotando en el aire, mezclado con ese aroma sutil de pieles calientes en un día caluroso. Llevabas un vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a tus curvas por el calor residual, y cada paso hacía que la tela rozara tus muslos, recordándote lo sexy que te sentías.

Estabas ahí para comprar un regalo para tu prima, pero neta, lo que buscabas era distraerte de la rutina. Caminabas por los pasillos amplios, pasando boutiques con vitrinas llenas de lencería provocativa que te hacían imaginarte usándola. De repente, lo viste. Alto, moreno, con una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus caderas de manera pecaminosa. Estaba apoyado en una columna cerca de la fuente central, revisando su teléfono, pero sus ojos oscuros se levantaron y te clavaron la mirada.

¿Quién es este chulo? Pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre tus piernas.

Él sonrió, esa sonrisa pícara que dice "te vi y me gustaste al instante". Tú no pudiste evitar devolverle el gesto, acelerando el pulso. Te acercaste fingiendo mirar una tienda de joyería cercana, pero él se movió hacia ti con naturalidad, como si el destino lo hubiera puesto ahí.

Órale, qué bonito vestido —dijo con voz grave, ronca, que vibró en tu pecho—. Te queda como anillo al dedo, pero apuesto que sin él luces aún mejor.

Reíste, sintiendo el calor subir a tus mejillas, pero jugaste el juego.

—Gracias, carnal. ¿Y tú qué? ¿Vienes a cazar o nomás a pasear por Triara Querétaro?

Se acercó un paso, y oliste su colonia, madera y algo cítrico, mezclado con su olor natural, masculino, que te mareó un poco. Sus ojos bajaron por tu cuerpo sin disimulo, deteniéndose en tus pechos que subían y bajaban con la respiración agitada.

—Vengo a cazar, mija. Y parece que encontré presa.

El coqueteo fluyó como agua, natural, cargado de electricidad. Se llamaba Alex, vivía en Querétaro, trabajaba en una empresa de tech cerca del mall. Pasearon juntos por los pasillos de Triara Querétaro, probando muestras de perfumes en las muñecas, riendo de tonterías. Cada roce accidental —su mano en tu espalda baja guiándote, tus dedos rozando los suyos al tomar un café— encendía chispas. Sentías tu piel erizándose, los pezones endureciéndose bajo la tela del vestido, y entre las piernas una humedad traicionera que te hacía apretar los muslos.

En la food court, sentados frente a frente, sus rodillas se tocaron bajo la mesa. Él estiró la pierna, presionando deliberadamente contra la tuya, y el calor de su piel a través de la tela te hizo jadear bajito.

Esto está que arde, pero ¿me lanzo o qué? Neta, lo quiero ya.
Pensaste, mordiéndote el labio mientras él te contaba una anécdota de su infancia en el centro de Querétaro, su voz envolviéndote como terciopelo.

La tensión crecía con cada minuto. Él pagó los cafés, su mano demorándose en la tuya al darte el vaso, pulgares acariciando. Salieron a la terraza exterior del mall, donde el viento jugaba con tu pelo y el sol del atardecer teñía todo de naranja. Ahí, lejos de las multitudes, te jaló suave por la cintura y te besó. Sus labios eran firmes, calientes, sabían a café y a deseo puro. Su lengua invadió tu boca con hambre, explorando, mientras sus manos bajaban a tus nalgas, apretándolas con fuerza posesiva pero tierna. Gemiste contra su boca, el sonido ahogado por el viento y el tráfico lejano.

Chíngame, qué rico besas —murmuró, su aliento caliente en tu cuello mientras mordisqueaba tu oreja—. Vamos a algún lado, no aguanto más.

Asentiste, empapada, el corazón latiendo como tambor. Tomaron su coche, un sedán negro parked en el estacionamiento de Triara Querétaro, y manejó rápido a un hotel boutique a unas cuadras, en la zona de Juriquilla, elegante y discreto. En el elevador, no pudieron esperar: él te acorraló contra la pared, manos subiendo por tus muslos, dedos rozando tu ropa interior húmeda. Olías a él, a sexo inminente, y sentías su erección dura presionando tu vientre.

La habitación era perfecta: cama king size con sábanas blancas crujientes, luces tenues, balcón con vista a las luces de Querétaro. Se desnudaron con urgencia, pero él se tomó su tiempo admirándote. Tus pechos libres, pezones rosados endurecidos; tu panocha depilada, brillando de jugos. Él era puro músculo, su verga gruesa, venosa, apuntando al techo, goteando precúm.

—Eres una diosa, reina —dijo, arrodillándose para besarte el ombligo, bajando lento.

Acto dos: la escalada. Te tumbó en la cama, su boca devorando tus tetas, chupando pezones con succión que te hacía arquear la espalda. Gemías alto, "¡Ay, cabrón, sí!", arañando su espalda. Sus dedos separaron tus labios vaginales, hundiéndose en tu calor húmedo, curvándose para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. El sonido de tus jugos chapoteando llenaba la habitación, mezclado con tus jadeos y su respiración agitada. Olía a sexo, a sudor salado, a tu excitación almizclada.

Te volteó, lamiendo tu clítoris hinchado, lengua plana y rápida, mientras dos dedos follaban tu chochito.

¡No mames, esto es el paraíso! Me voy a venir ya.
El orgasmo te golpeó como ola, piernas temblando, gritando su nombre, squirtando un chorrito que él lamió con gusto.

Pero querías más. Lo empujaste a la cama, montándote a horcajadas. Su verga entraba perfecta, estirándote, llenándote hasta el fondo. Cabalgaste lento al principio, sintiendo cada vena rozando tus paredes, sus manos en tus caderas guiando. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos guturales "¡Qué rico te sientes, pinche rica!", tus tetas rebotando. Aceleraste, sudando, el olor de vuestros cuerpos mezclándose, gusto salado en su piel cuando lo besaste.

Cambiaron posiciones: él atrás, perrito, embistiéndote profundo, bolas golpeando tu clítoris. Sus manos en tu pelo, jalando suave, spanking en tus nalgas que ardían delicioso. "¡Más fuerte, pendejo, dámelo todo!" rogaste, y él obedeció, follándote como animal, pero con ojos llenos de adoración.

El clímax se acercaba. Te puso misionero, piernas sobre sus hombros, penetrando hondo, su pubis frotando tu clítoris. Sentías su verga hincharse, pulsando. "Me vengo, amor, contigo", gruñó. Explotaron juntos: tú convulsionando, ordeñándolo, él llenándote de semen caliente, chorros y chorros que sentías chorrear. Gritos ahogados, mordidas en hombros, temblores compartidos.

Acto tres: el afterglow. Colapsaron enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones calmándose. Él te acarició el pelo, besando tu frente.

Neta, lo más chingón que me ha pasado en Triara Querétaro —rió bajito.

Tú sonreíste, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. Se ducharon juntos, jabón resbalando por curvas, toques juguetones que prometían más. Salieron del hotel al fresco de la noche queretana, luces del mall lejano guiñando. No fue solo sexo; fue conexión, fuego que dejó huella.

Caminando de vuelta a tu coche, su mano en la tuya, supiste que esto no acababa aquí. Triara Querétaro había sido el inicio de algo ardiente, y el deseo latía aún, listo para más noches de pasión desenfrenada.

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