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Sexo Rico en Trío con Mi Reina y Su Amiga

6510 palabras

Sexo Rico en Trío con Mi Reina y Su Amiga

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y coco fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena blanca. Yo, Alex, había rentado esa villa frente al mar para celebrar nuestro aniversario con Ana, mi morra de ojos café y curvas que me volvían loco. Pero lo que no esperaba era que Ana invitara a su carnala Carla, una chava de Guadalajara con piel morena y una sonrisa que prometía pecados. Las tres noches anteriores habían sido de besos robados y miradas calientes, pero esa velada, con el tequila reposado fluyendo, el aire se cargó de algo más picante.

Ana se recostó en el sofá de mimbre, su vestido ligero de lino blanco subiéndose por los muslos bronceados. Wey, ¿por qué no jugamos algo? dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Carla, sentada a su lado con shorts ajustados que marcaban su culo redondo, soltó una carcajada. ¿Verdad o reto? Pero sin pendejadas, ¿eh? Algo que nos prenda de una vez. El calor tropical nos envolvía, mezclado con el aroma dulce de sus perfumes y el sudor ligero que perlaba sus cuellos. Mi verga ya palpitaba bajo los boxers, sintiendo el pulso acelerado en las venas.

Empecé con retos suaves: Ana me besó el cuello, su lengua tibia dejando un rastro húmedo que olía a menta. Carla retó a Ana a quitarse el vestido, y ahí estaba mi reina, en brasier negro de encaje y tanga diminuta, sus tetas firmes subiendo y bajando con la respiración agitada. Pinche suerte la mía, pensé, mientras el corazón me latía como tambor en fiesta. La tensión crecía como la marea, cada roce accidental enviando chispas por mi espina dorsal. Olía su excitación en el aire, ese musk femenino que me ponía cachondo al instante.

¿Y si esto lleva a lo que tanto he fantaseado? Un sexo rico en trío, con estas dos diosas mexicanas devorándome.

El reto siguiente fue mío: besar a Carla mientras Ana nos veía. Sus labios carnosos sabían a tequila y fresas, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y salvaje. Ana no se quedó atrás; sus manos bajaron por mi pecho, desabotonando mi camisa con uñas pintadas de rojo. ¿Les late? murmuró Ana, sus ojos brillando de deseo puro. Neta, carnal, esto va a estar chido, respondió Carla, y de pronto las dos me empujaron al colchón king size de la habitación principal, con vistas al mar iluminado por la luna.

El medio del asunto se armó como tormenta en el Caribe. Ana se montó en mi cara, su panocha depilada rozando mis labios, jugosa y caliente, con sabor salado a mar y miel. Chúpame, mi amor, jadeó, mientras sus caderas se mecían lentas al principio, el olor de su arousal invadiendo mis fosas nasales. Carla, no queriendo quedarse fuera, se hincó entre mis piernas, liberando mi verga dura como fierro. ¡Mira qué mamalona! exclamó, lamiendo desde la base hasta la punta, su saliva tibia goteando por mis bolas. Sentía cada vena hinchada bajo su lengua experta, el sonido chupeteante mezclándose con los gemidos de Ana arriba.

Mis manos exploraban: apreté las nalgas de Carla, su piel suave y elástica bajo mis dedos, mientras metía un dedo en su coñito mojado, sintiendo las contracciones calientes alrededor. Ana se arqueaba, sus tetas rebotando, pezones duros como piedras rozando mi pecho cuando se inclinó. Esto es el cielo, wey, rugía en mi mente, el sudor nos uniendo en una capa resbalosa, el aire cargado de jadeos y el slap slap de carne contra carne. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, penetrando a Carla doggy style, su culo perfecto abriéndose para mí, mientras ella comía el clítoris de Ana con avidez. ¡Más duro, pendejo! gritó Carla, y yo embestí, sintiendo su interior apretado ordeñándome, el olor a sexo puro impregnando la habitación.

Ana no era pasiva; se unió, montándome a mí mientras Carla se frotaba contra mi muslo, sus jugos untándome la piel. Besos en cadena: lengua de Ana en mi boca, mano de Carla en mis huevos masajeando. La intensidad subía, pulsos latiendo en sincronía, corazones desbocados. Quiero sentirlas a las dos, confesé entre gemidos, y ellas rieron pícaras. Ana se acostó, yo la cogí misionero, profundo y lento, su concha envolviéndome como guante caliente, mientras Carla se sentó en su cara, las dos gimiendo en stereo. El roce de sus cuerpos contra el mío era eléctrico: piel sudada, pechos aplastados, dedos enredados en mi pelo tirando con fuerza juguetona.

Nunca imaginé un sexo rico en trío tan perfecto, tan nuestro, como si hubiéramos nacido para esto.

La escalada llegó al pico cuando las puse a las dos de rodillas frente a mí. Sus bocas alternaban en mi verga, lenguas lamiendo juntas, saliva chorreando por sus barbillas. Ana chupaba la cabeza, Carla las bolas, mirándome con ojos lujuriosos. Córrete para nosotras, rey, suplicó Ana, y no aguanté. El orgasmo me sacudió como ola gigante, chorros calientes salpicando sus tetas y caras, ellas lamiendo y riendo, extendiendo el placer con caricias post-éxtasis. Pero no pararon ahí; vibradores y dedos las llevaron a sus clímax, Ana convulsionando primero, gritando ¡Sí, cabrón!, su cuerpo temblando bajo mis besos, y Carla después, arqueándose con un aullido gutural, su piel erizada de goosebumps.

El final fue puro afterglow en esa cama deshecha, con sábanas empapadas y el mar susurrando afuera. Nos acurrucamos, yo en medio, sus cabezas en mi pecho, el ritmo de sus respiraciones calmándose contra mi piel aún sensible. Ana trazaba círculos en mi abdomen con la uña. ¿Ves? Te dije que sería inolvidable, susurró. Carla besó mi hombro. Neta, carnal, esto hay que repetir. Sexo rico en trío como dioses. Reí bajito, oliendo el mix de semen, sudor y ellas en mi nariz, sintiendo una paz profunda. No era solo físico; era conexión, confianza, ese lazo que nos hacía más fuertes. La luna se colaba por las cortinas, pintando nuestros cuerpos entrelazados en plata, y supe que esta noche había cambiado todo para bien.

Al amanecer, con café humeante y tortas de cochinita en la terraza, intercambiamos miradas cómplices. No hubo culpas, solo promesas mudas de más aventuras. Ana me guiñó el ojo. Mi rey, ¿listo para la siguiente ronda? Y yo, con el corazón lleno y la verga ya medio parada, asentí. Porque en este paraíso mexicano, el placer no tiene fin.

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