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El Presente Perfecto de Try (1)

6843 palabras

El Presente Perfecto de Try

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de risas y copas chocando que neta me ponía de buenas. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche día eterno en la oficina, pero al entrar al bar con mis amigas, sentí que algo iba a cambiar. El aire olía a tequila reposado mezclado con perfumes caros y un toque de jazmín de los centros de mesa. Mis tacones resonaban contra el piso de madera pulida mientras me abrí paso hacia la barra, mi vestido negro ceñido rozando mis muslos con cada paso, recordándome lo sexy que me sentía esa noche.

Allí estaba él, Try, recargado en la barra como si el mundo le perteneciera. Alto, moreno, con esa barba recortada que invitaba a pasar los dedos y ojos café que brillaban bajo las luces tenues. Llevaba una camisa blanca arremangada, dejando ver antebrazos fuertes, de esos que te imaginas envolviéndote. Pidió un trago y nuestras miradas se cruzaron; sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía. ¿Quién es este wey tan chido? pensé, mientras pedía mi margarita con sal.

¿Qué tal si te invito esa? —dijo con voz grave, suave como terciopelo, acercándose lo suficiente para que oliera su colonia, fresca con notas de madera y cítricos.

Le sonreí, juguetona. —Solo si me dices tu nombre, guapo.

—Try. Y el tuyo ya lo sé: preciosa.

Reí, porque neta, su confianza era un imán. Charlamos de todo y nada: de la ciudad que nunca duerme, de tacos al pastor que extrañaba en sus viajes, de cómo la vida en México te obliga a vivir el momento. Sus manos grandes gesticulaban, rozando accidentalmente mi brazo, y cada toque enviaba chispas por mi piel. El calor de su cuerpo cerca del mío, el sonido de su risa profunda vibrando en mi pecho... ya sentía la tensión creciendo, ese pulso acelerado entre las piernas que no podía ignorar.

Este pendejo juguetón me va a volver loca. ¿Cuánto tiempo más voy a resistir antes de arrastrarlo a algún lado?

La noche avanzó entre shots de tequila y bailes pegados en la pista improvisada. Su cadera contra la mía, el sudor empezando a perlar su cuello, el sabor salado cuando le robé un beso rápido. —Ven conmigo, murmuró al oído, su aliento caliente contra mi oreja. Asentí, el deseo ardiendo como fuego en mis venas.

Acto dos: la escalada

Salimos al aire fresco de la noche, su auto un cacharro negro reluciente que olía a cuero nuevo. En el camino a su depa en Lomas, su mano descansó en mi muslo, subiendo despacio, explorando la piel suave bajo mi vestido. Sentí mis pezones endurecerse contra la tela, el roce delicioso con cada bache de la calle. —Me late cómo te mueves, Ana, dijo, y yo respondí apretando su mano más arriba, guiándola hasta donde ya estaba húmeda.

Al llegar, su penthouse era puro lujo: ventanales con vista a la ciudad iluminada, luces bajas que pintaban todo de dorado. Me sirvió un vino tinto, el aroma frutal llenando el aire mientras nos sentamos en el sofá de piel suave. Hablamos más, pero ahora con miradas cargadas, confesiones susurradas. —Desde que te vi, he imaginado esto, admitió, su voz ronca. Yo le conté de mis fantasías, de cómo necesitaba soltarme, sentirme deseada sin complicaciones.

El primer beso fue lento, profundo. Sus labios carnosos sabían a vino y a promesas, su lengua danzando con la mía en un ritmo que me dejó jadeante. Sus manos grandes subieron por mi espalda, bajando el zipper del vestido con maestría, dejándolo caer al suelo. Quedé en lencería negra, expuesta bajo su mirada hambrienta. —Eres perfecta, murmuró, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí.

Lo empujé al sofá, desabotonando su camisa con dedos temblorosos de anticipación. Su pecho ancho, músculos definidos bajo piel morena, olía a hombre puro: sudor limpio, colonia y deseo. Lamí sus pezones, sintiendo cómo se endurecían, su mano enredándose en mi pelo. Bajé más, desabrochando su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas marcadas, el pre salado en la punta que probé con la lengua. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más.

¡Qué rico! Este wey sabe exactamente cómo hacerme sentir poderosa, deseada. Quiero devorarlo entero.

Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me recostó, besando cada centímetro: pechos, vientre, muslos. Sus dedos separaron mis labios, encontrando mi clítoris hinchado, frotando en círculos lentos que me arquearon la espalda. El sonido de mis jadeos llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano abajo. Olía a sexo ya, a mi excitación dulce y almizclada. —Estás tan mojada por mí, dijo, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas.

Lo monté entonces, guiando su verga dentro de mí. Lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome perfecto. El roce delicioso, su grosor contra mis paredes sensibles. Aceleré, mis chichis rebotando, sus manos apretándolos, pellizcando pezones. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, el slap-slap de cuerpos chocando, sus gemidos roncos: —¡Sí, Ana, así, cabrona!

La tensión crecía, espiral infinita: su pulso acelerado bajo mis palmas, mi corazón latiendo en oídos, el olor de nuestros jugos mezclados. Cambiamos posiciones, él encima, embistiendo profundo, mis uñas en su espalda. Neta, cada thrust era éxtasis puro, construyendo, construyendo...

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como ola gigante. Sentí el orgasmo tensarse en mi vientre, explotando en temblores que me sacudieron entera. Grité su nombre, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Try gruñó profundo, corriéndose dentro, caliente, abundante, su cuerpo colapsando sobre el mío en afterglow perfecto.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Su peso reconfortante, el sudor enfriándose en pieles pegadas, el sabor salado cuando besé su hombro. —Este ha sido el presente perfecto de Try, susurré riendo, refiriéndome a cómo me había dado la noche ideal, el regalo que no olvidaría. Él sonrió, besando mi frente. —Para ti, siempre, preciosa.

Desayunamos al amanecer con vista al sol saliendo sobre el DF, café humeante y promesas de más. Me fui con el cuerpo satisfecho, el alma plena, sabiendo que había vivido el momento perfecto. Qué chingón es Try, pensé caminando a mi auto, el eco de placer aún latiendo en mí.

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