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El Boleto Tri del Placer Inolvidable

5994 palabras

El Boleto Tri del Placer Inolvidable

Todo empezó en una noche cualquiera en la Zona Rosa, con el bullicio de la ciudad latiendo a mi alrededor. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabaja en una agencia de publicidad, andaba harta de la rutina. Las salidas con las amigas, los ligues fallidos que terminaban en ghosting, y esa hambre de algo más intenso que me carcomía por dentro. Ese día, caminando por Insurgentes, vi un puesto callejero con luces neón parpadeantes. "¡Boleto Tri! ¡Gana una noche triple de placer!" decía el cartel. No mames, pensé, ¿qué pedo con esto? Sonaba a rifa pendeja, pero el tipo del puesto, un vato bien vestido, me sonrió con picardía.

Órale, reina, este boleto tri no es cualquier cosa. Tres veces el placer, garantizado. Solo adultos, todo chido y consentido.

Me reí, pero algo en su mirada me prendió. Saqué cien varos y compré uno. El papelito traía un número: 777. Triple suerte, ¿no? Lo guardé en la bolsa y seguí mi camino, oliendo a tacos al pastor del puesto de al lado, el humo picante mezclándose con mi perfume de vainilla.

Al día siguiente, mi cel sonó como loco. Era un número desconocido. "Felicidades, ganadora del boleto tri. Ven esta noche al Hotel Marquis, suite presidencial. Todo listo para ti." Mi corazón dio un brinco. ¿En serio? Revisé el boleto: 777. No mames, era real. Me bañé con agua caliente que me erizaba la piel, me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, y un tanga rojo que ya me hacía sentir mojada solo de pensarlo.

¿Qué chingados voy a encontrar? ¿Un trío? ¿O es puro pedo? Pero mi cuerpo ya vibra, ansioso por lo que sea.

Llegué al hotel, el lobby olía a mármol pulido y flores frescas. Un mesero guapo me guió al elevador. Subí al piso 20, toqué la puerta de la suite. Se abrió y ahí estaban ellos: Marco, un moreno alto con ojos cafés intensos y sonrisa de pendejo encantador, y Luisa, una chava culona con cabello negro largo y labios carnosos pintados de rojo. Vestidos casuales pero elegantes, champaña en mano.

¡La ganadora del boleto tri! Pasa, mamacita. —dijo Marco, su voz grave como ron.

Entré, el aire cargado de jazmín y algo más, un aroma almizclado que ya me ponía los pezones duros. La suite era un sueño: vista a Reforma, jacuzzi burbujeante, cama king size con sábanas de seda negra.

Nos sentamos en el sofá, brindamos. Luisa me tomó la mano, su piel tibia y suave.

El boleto tri es especial, Ana. Nosotros lo diseñamos. Tres placeres: seducción, toque y éxtasis. Todo a tu ritmo, ¿sale?

Sentí un cosquilleo en el estómago. Hablamos, reímos. Marco contó que son pareja abierta, que aman compartir. Luisa me rozó el muslo con las uñas pintadas, un roce eléctrico que me hizo jadear bajito. El deseo crecía lento, como el calor de un tequila reposado bajando por la garganta.

¿Quieres empezar? —susurró ella, su aliento cálido en mi oreja.

Asentí, el pulso acelerado. Marco se acercó, sus labios rozaron mi cuello, oliendo a colonia masculina y sudor fresco. Luisa desabrochó mi vestido, exponiendo mis tetas. Qué chido, pensé, mientras ella lamía mi pezón izquierdo, un toque húmedo y caliente que me arqueó la espalda.

Sus lenguas son fuego, mi piel arde. No puedo parar, no quiero.

El beso de Marco fue profundo, su lengua explorando mi boca con sabor a champaña dulce. Luisa bajó mi tanga, sus dedos juguetones en mi clítoris, resbalosos ya de mis jugos. Gemí contra la boca de él, el sonido ahogado por el latido de mi corazón. Me recostaron en la cama, la seda fría contra mi piel caliente. Marco se quitó la camisa, sus músculos duros brillando bajo la luz tenue. Luisa se desnudó, sus caderas anchas moviéndose como en un baile de cumbia.

Yo los miré, el olor a sexo empezando a llenar la habitación, mezclado con sus perfumes. Marco besó mi vientre, bajando lento, su barba raspando delicioso. Luisa se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo lamí, salado y dulce, su clítoris hinchado palpitando. Ella gimió fuerte, "¡Ay, sí, así, cabrona!", sus jugos chorreando en mi boca.

Marco entró en mí con su verga gruesa, dura como piedra, estirándome perfecto. El placer fue un rayo: cada embestida profunda, el slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. Me movía con él, mis caderas subiendo, mientras chupaba a Luisa con hambre. Sus pechos rebotaban, tetas firmes que Marco pellizcaba.

El ritmo subió. Sudor perlando sus cuerpos, el mío empapado. Olía a nosotros tres, a deseo puro mexicano, picante y ardiente. Luisa se corrió primero, temblando sobre mi lengua, gritando "¡Me vengo, no mames!". Su orgasmo me empujó al borde. Marco aceleró, su respiración jadeante en mi oído.

Ven conmigo, reina.

Explosé, mi coño apretándolo, olas de placer sacudiéndome, visión borrosa, gusto a ella aún en mi boca. Él se vino adentro, caliente y espeso, gruñendo como animal.

Caímos enredados, respiraciones pesadas, piel pegajosa. El jacuzzi nos llamó. Entramos al agua burbujeante, espuma oliendo a lavanda. Nos lavamos mutuamente, risas suaves, besos tiernos. Luisa me acurrucó, Marco masajeó mis hombros.

Esto fue más que sexo. Fue conexión, libertad. El boleto tri me dio alas.

Nos secamos, vestimos. Me dieron su número: "Vuelve cuando quieras, sin boleto." Bajé al lobby, piernas flojas, sonrisa boba. Afuera, la ciudad brillaba, Reforma llena de luces. Caminé a casa, el recuerdo de sus toques latiendo en mi piel, el sabor de Luisa en mis labios, el calor de Marco en mi interior.

Desde esa noche, el boleto tri no fue solo un papelito. Fue el inicio de algo nuevo en mí: una Ana más valiente, más viva. Y quién sabe, tal vez compre otro pronto.

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