Mi Leccion de Try En Pasado Participio
Estaba sentada en mi sala de la casa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Yo, Ana, de veintiocho años, había contratado a Diego para clases particulares de inglés. No porque lo necesitara tanto, sino porque desde la primera vez que lo vi en esa cafetería fancy de la colonia, su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desnudaban con la mirada me habían dejado mojadita. Era un güey alto, moreno, con barba recortada y un cuerpo que se notaba trabajado en el gym. Órale, Ana, contrólate, me decía yo misma mientras lo esperaba esa tarde soleada.
Él llegó puntual, con una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Traía su laptop y unos libros bajo el brazo. "¡Hola, nena! ¿Lista para rockear con el inglés?", me dijo con ese acento mexicano gringo que me ponía la piel chinita. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo rozando el mío. Empezamos con lo básico: verbos irregulares. Su voz grave, explicando conjugaciones, me hacía imaginar otras cosas irregulares que podíamos hacer.
De repente, llegó el momento. "Mira, Ana, el verbo 'to try', que significa intentar. Pasado simple: tried. Y en pasado participio... también try en pasado participio es 'tried'. Have tried, has tried. ¿Me sigues?". Su dedo índice trazó una tabla en el aire, y yo solo podía pensar en cómo se sentiría ese dedo en mi piel. "
Try en pasado participio... tried", repetí yo, mordiéndome el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí fue cuando la tensión explotó como volcán. Él se acercó más, su aliento cálido con olor a menta rozando mi oreja. "¿Quieres practicar eso que has tried antes, pero nunca tan bien?".
Mi corazón latía a mil, como tambor en fiesta de pueblo. Le puse la mano en el pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa. "Simón, Diego, he try en pasado participio con otros, pero contigo quiero algo nuevo", murmuré, mi voz ronca de deseo. Nos besamos por primera vez, sus labios carnosos saboreando los míos con urgencia, lengua explorando como si fuera mi boca un mapa secreto. El sabor salado de su sudor mezclado con colonia cara me mareaba. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo en esos leggings ajustados que me ponía a propósito.
Esto es lo que necesitaba, carajo, pensé mientras lo jalaba hacia mí. Nos paramos del sofá, tropezando un poco con la mesita de centro, riéndonos como pendejos cachondos. Lo llevé a mi cuarto, donde las sábanas de algodón egipcio esperaban frescas y el ventilador giraba lento, esparciendo el aroma de mi perfume de vainilla. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas firmes en el bra de encaje negro. Él se relamió los labios, ojos brillantes de lujuria. "Qué chingonas estás, Ana", gruñó, quitándose la camisa. Su torso desnudo, con vellos suaves en el pecho, brillaba bajo la luz tenue de la lámpara.
Caímos en la cama, piel contra piel. Sus manos ásperas de tanto gym masajeaban mis muslos, subiendo hasta mi concha ya empapada. Sentí sus dedos hábiles separando mis labios, rozando el clítoris con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. "¡Ay, Diego, qué rico!", gemí, el sonido de mi voz ecoando en la habitación. Él bajó la cabeza, su cabello negro rozando mi vientre, y su lengua caliente lamió mi humedad, saboreando cada gota. El olor almizclado de mi arousal llenaba el aire, mezclado con su sudor masculino. Lamía despacio, succionando, mientras yo enredaba mis dedos en su pelo, jalándolo más cerca. Nunca me habían comido así, pendejo talentoso.
Pero yo quería más. Lo empujé boca arriba, mi turno de dominar. Le bajé los jeans y el bóxer, liberando su verga dura, gruesa, venosa, apuntando al techo como bandera. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso caliente, la piel suave sobre el acero. La chupé despacio, saboreando el pre-semen salado, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él jadeaba, "Chingao, Ana, no pares", sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. Lo mamé profundo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más. El sonido húmedo de succión y sus gemidos graves me ponían a mil.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Nos volteamos en 69, yo encima, mi concha en su cara mientras yo devoraba su pija. Sus dedos entraban y salían de mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía temblar. Sentía mi jugo chorreando por su barbilla, su nariz rozando mi ano. Él lamía todo, ansioso.
He try en pasado participio posiciones, pero esta es la chingona, pensé entre lamidas. Mi clítoris palpitaba, ondas de placer subiendo por mi espina.
No aguanté más. "Métemela ya, cabrón", le rogué. Se puso de rodillas, yo abrí las piernas como virgen en ofrenda. La cabeza de su verga rozó mi entrada, lubricada al cien. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando bottomed out, sus bolas peludas contra mi culo. "¡Qué prieta estás!", rugió, empezando a bombear. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel cacheteando, cama crujiendo. Lo monté luego, rebotando, mis tetas saltando, uñas clavadas en su pecho. Sudor corría por nuestros cuerpos, olor a sexo crudo invadiendo todo.
El ritmo aceleró, animal. Él me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, follando duro. Sentía su verga golpeando mi cervix, placer punzante. "¡Me vengo, Ana!", gritó. Yo estaba al borde, clítoris frotándose en sus bolas. "¡Yo también, órale!". El orgasmo nos golpeó como rayo. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros de mi squirt mojando las sábanas. Él eyaculó dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Gemidos se convirtieron en gritos, luego suspiros jadeantes.
Colapsamos, enredados, piel pegajosa, corazones galopando. Su semen goteaba de mí, cálido en mi muslo. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue lo mejor que he try en pasado participio", susurró él, riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su cara barbuda. Las clases de inglés nunca serán iguales. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi cama, el mundo era perfecto. Me acurruqué en su pecho, oliendo su esencia, sabiendo que esto era solo el principio de muchas lecciones calientes.