Mi Esposa Quiere Trío
Era una noche calurosa en nuestro departamento de Polanco, con el rumor lejano de los coches en Reforma filtrándose por la ventana entreabierta. Ana, mi esposa, se recostaba en el sofá con una copa de vino tinto en la mano, su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas que había encendido para ambientar. Llevábamos diez años casados, y aunque la chispa nunca se apagaba, esa noche sus ojos cafés tenían un brillo diferente, como si guardara un secreto jugoso. Neta, carnal, pensé, ¿qué traes entre manos?
Me senté a su lado, rozando mi muslo contra el suyo, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo a través del vestido ligero de algodón que se le pegaba un poco por el sudor. Olía a jazmín y a ese perfume dulce que siempre usaba, el que me volvía loco. "Amor, ¿qué pasa? Te veo pensativa", le dije, pasando mi mano por su espalda suave.
Ella giró la cara, mordiéndose el labio inferior con esa picardía que me derretía.
"Mira, mi amor... mi esposo, quiero un trío. Neta, lo he pensado mil veces. Contigo y otro wey, para probar algo nuevo. ¿Qué dices?"Sus palabras me cayeron como balde de agua fría y caliente al mismo tiempo. Mi verga dio un salto en los pantalones, pero mi mente era un remolino. ¿Celos? Un poco. ¿Excitación? Más que nada. La imaginé así, abierta, compartida, gimiendo por los dos. "¡Órale, Ana! ¿En serio? ¿Con quién?", respondí, mi voz ronca por la sorpresa.
Se rio bajito, un sonido ronco y sexy que me erizó la piel. "No sé, alguien chido, confiable. ¿Qué tal Marco, tu carnal del gym? Siempre bromea con lo buena que estoy". Marco era un cuate alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que volvía locas a las morras. Lo conocía de años, y neta, confiaba en él. La idea empezó a darme vueltas, el pulso acelerándose mientras la besaba, probando el vino en su lengua húmeda y cálida.
Al día siguiente, en el gym, le solté la bomba a Marco mientras sudábamos levantando pesas. El olor a hierro y esfuerzo macho llenaba el aire, y su cara de sorpresa valió oro. "¡No mames, wey! ¿Tu jefa quiere trío conmigo? ¡Está cañona tu Ana!". Reímos, pero vi en sus ojos el hambre. Le mandé un mensaje a Ana: Todo chido, amor. Marco se apunta. Su respuesta fue un emoji de fuego y un "Te amo, pendejo caliente".
La semana pasó en tensión deliciosa. Cada noche, Ana me montaba con más furia, sus caderas moviéndose como olas, sus uñas clavándose en mi pecho mientras susurraba: "Imagina a Marco aquí, metiéndomela por atrás". El sudor nos empapaba las sábanas, el slap-slap de carne contra carne resonando en la habitación. Yo la penetraba profundo, oliendo su excitación almizclada, probando sus pezones duros como piedras saladas. Pero era solo el aperitivo; el deseo crecía como tormenta.
Llegó el viernes. Nos arreglamos para salir: Ana con un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas perfectas, tetas firmes empujando la tela, culo redondo que pedía nalgadas. Yo en camisa y jeans, oliendo a colonia fresca. Marco nos esperaba en un bar de la Condesa, con luces bajas y música salsa suave. El aire estaba cargado de humo de cigarros y risas. Cuando llegamos, sus ojos se clavaron en Ana como lobos. "¡Qué buena estás, cuñada!", dijo, abrazándola más de lo necesario, su mano bajando un segundo a su cintura. Ella se sonrojó, pero sonrió coqueta, rozando su pecho con los senos.
Tomamos tequilas, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome la sangre. Hablamos pendejadas, pero la tensión eléctrica crepitaba. Ana se sentaba entre nosotros, su pierna contra la mía, luego contra la de Marco.
¿Y si lo hacemos ya?, pensé. Mi verga ya palpitaba, dura como fierro. Ella se inclinó hacia Marco, susurrándole algo al oído; él rio y le dio un beso en la mejilla, cerca de la boca. Yo la besé entonces, profundo, mi lengua invadiendo su boca jugosa mientras Marco nos veía, su mano en el muslo de ella subiendo despacio.
"Vámonos a un hotel, weyes", propuso Ana, su voz temblorosa de deseo. Pagamos y salimos, el aire nocturno fresco contrastando con nuestro calor interno. En el taxi, ella en medio, besándonos por turnos. Sentí la mano de Marco en su otra teta, amasándola por encima del vestido. Ana gemía bajito, "Sí, así...", su mano bajando a mi entrepierna, apretando mi polla tiesa.
El hotel era uno de esos chidos en la Zona Rosa, habitación con cama king size, luces tenues y jacuzzi. Apenas cerramos la puerta, Ana se lanzó. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y nada más. Sus tetas rebotaron libres, pezones oscuros erectos. "¡Vengan, cabrones!", dijo riendo, empoderada, dueña de la noche. Marco y yo nos desvestimos rápido, vergas saltando al aire: la mía gruesa y venosa, la de él larga y curva.
La tumbamos en la cama, yo besando su boca, saboreando tequila y saliva dulce. Marco chupaba sus tetas, lamiendo con hambre, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte: "¡Ay, wey, qué rico!". Sus manos nos pajeaban a los dos, piel suave contra carne caliente y pulsante. Bajé por su vientre, oliendo su concha mojada, ese aroma almizclado y dulce que me enloquecía. Lamí su clítoris hinchado, saboreando sus jugos salados y cremosos mientras Marco le metía dos dedos, chapoteando dentro de ella.
Ana temblaba, sus muslos apretando mi cabeza, el sudor perlando su piel. "Cámbienme de posición, pendejos", ordenó juguetona. Se puso a cuatro patas, culo en pompa, concha chorreando. Yo me coloqué atrás, embistiéndola de un golpe seco, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome, apretándome como guante. Marco delante, ella mamándosela con avidez, labios estirados alrededor de su verga gorda, saliva goteando. El cuarto se llenó de sonidos: gemidos ahogados, slap de mis huevos contra su clítoris, succión ruidosa.
Cambié con Marco; ahora él la taladraba por atrás, sus embestidas fuertes haciendo temblar la cama, mientras yo follaba su boca, viendo sus ojos lagrimear de placer.
¡Qué puta tan rica es mi Ana!, pensé, orgulloso y cachondo. Ella gritaba alrededor de mi verga: "¡Más duro, cabrón! ¡Los quiero a los dos adentro!". Nos coordinamos, yo debajo penetrándola vaginal, Marco despacito en su culo virgen esa noche. Ella se abrió como flor, gimiendo de dolor-placer inicial que viró a éxtasis puro.
El ritmo se volvió frenético: piel chocando sudorosa, olores a sexo crudo mezclados con perfume, pulsos latiendo en oídos. Ana explotó primero, su concha convulsionando alrededor de mi verga, chorros calientes empapándonos, gritando "¡Me vengo, chingados!". Eso nos llevó al borde. Marco gruñó, llenándole el culo de leche espesa; yo me corrí en su coño, chorros potentes que sentí palpitar.
Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, piel pegajosa de sudor y semen. Ana en medio, besándonos alternadamente, su mano acariciando nuestras vergas flácidas. "Gracias, amores... fue chido", murmuró, voz ronca de satisfacción. Marco se vistió pronto, despidiéndose con un abrazo: "Cualquier día repetimos, wey".
Solos, nos bañamos en la regadera, agua caliente lavando fluidos, jabón resbalando por curvas. La abracé por detrás, mi verga endureciéndose de nuevo contra su culo. "Te amo, mi reina. Mi esposa quiere trío y lo hace realidad", le dije al oído. Ella giró, sonriendo: "Y tú me das todo, pendejo". Hicimos el amor lento después, sellando la noche con ternura.
Desde entonces, nuestra vida sexual ardió más fuerte. Ese trío no rompió nada; lo fortaleció. Ana camina con más confianza, y yo, con un orgullo carnal que no cambio por nada. Neta, qué vida chingona.