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El Tri La Banda Me Dice Que Gimas

6954 palabras

El Tri La Banda Me Dice Que Gimas

El rugido de la multitud te envuelve como una ola caliente en el Palacio de los Deportes. Luces estroboscópicas barren el escenario donde El Tri desata su rock crudo, ese que te hace vibrar hasta los huesos. Sudor, humo de cigarro y olor a cerveza derramada flotan en el aire denso de la noche mexicana. Tú, con tu falda corta negra que roza tus muslos al ritmo de la música, sientes el pulso acelerado mientras cantas a todo pulmón "¡Triste canción de amor!". Tus amigas te empujan riendo, pero tus ojos se clavan en él: un moreno de metro ochenta, camiseta ajustada que marca pectorales duros, jeans gastados y una sonrisa pícara que promete problemas chidos.

Él se abre paso entre la gente, cerveza en mano, y se para justo frente a ti. Sus ojos oscuros te recorren sin vergüenza, deteniéndose en el escote de tu blusa roja. Qué onda, nena, dice con voz grave que compite con los amplificadores. ¿Vienes seguido a estos pedos? Tú respondes con una risa, el corazón latiéndote como el bajo de la banda. Hablan de canciones, de cómo El Tri siempre cae con lo mismo: pura adrenalina y deseo sin filtros. La música sube de volumen, y él te jala por la cintura para bailar. Sus manos grandes, callosas de quién sabe qué oficio, se posan en tus caderas. Sientes el calor de su cuerpo pegado al tuyo, el roce de su verga endureciéndose contra tu culo mientras mueven las nalgas al ritmo de "Piedra de ancla".

El deseo inicial es como un chispazo: ¿lo dejas ir o te lanzas? Tus amigas te guiñan el ojo desde lejos, gritando ¡échale mi amor!. Él se inclina a tu oído, su aliento cálido oliendo a tequila y menta.

El Tri la banda me dice que gimas esta noche
, susurra, y su risa ronca te eriza la piel. No es una orden, es una invitación juguetona que te hace mojar las panties al instante. Le respondes mordiéndote el labio, ¿Y si lo hago bien chingón?. La tensión crece con cada roce, cada mirada que promete más. Cuando la banda cierra con "Las mujeres", él te besa: labios firmes, lengua juguetona que sabe a sal y promesas. El beso es eléctrico, tus pezones endureciéndose contra su pecho.

Salen del concierto tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con el calor entre tus piernas. Su moto ronca en la calle, y tú te subes atrás, apretando tus tetas contra su espalda. Vuelan por Insurgentes, el viento azotando tu pelo, hasta un depa en la Condesa: moderno, con posters de rock y una cama king size que huele a sábanas limpias y su colonia amaderada. Cierran la puerta y el mundo se reduce a ustedes dos. Él te empuja suave contra la pared, besándote el cuello mientras sus manos suben por tus muslos. Estás cañona, murmura, y tú sientes sus dientes rozando tu piel, enviando chispas directo a tu clítoris.

La escalada es lenta, deliciosa. Te quita la blusa con dedos ansiosos pero pacientes, lamiendo el sudor salado de tu clavícula. Tus manos exploran su torso: músculos tensos, un tatuaje de águila en el hombro que besas con hambre. Quítate todo, carnala, dice, y obedeces porque quieres, porque el poder está en tus curvas y en cómo él las devora con la mirada. Desnuda, sientes el aire fresco en tus pezones rosados, erectos como balas. Él se arrodilla, besando tu ombligo, bajando hasta tu monte de Venus depilado. El olor a tu excitación lo enloquece; lo ves inhalar profundo, ojos entrecerrados de puro vicio.

Su lengua te encuentra primero: un lametón largo por tus labios hinchados, saboreando tu jugo dulce y salado. Mmm, qué rica estás, gime contra tu coño, vibraciones que te hacen arquear la espalda. Chupas aire cuando mete un dedo grueso, curvándolo para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Tus manos enredan en su pelo negro, jalándolo más cerca. Más, pendejo, no pares, le ordenas juguetona, y él obedece, agregando un segundo dedo mientras su lengua gira en tu clítoris como un tornado. El sonido es obsceno: chapoteos húmedos, tus gemidos subiendo de tono, mezclados con su respiración jadeante. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola que te tensa los muslos alrededor de su cabeza.

Pero no lo dejas acabar ahí. Lo jalas arriba, desabrochando su cinturón con urgencia. Su verga salta libre: gruesa, venosa, goteando precum que lames con la punta de la lengua. Sabe a hombre puro, almizcle y sal. La chupas despacio al principio, saboreando cada centímetro, sintiendo cómo palpita en tu boca. Él gruñe, ¡Órale, qué chida chupas verga!, caderas moviéndose leve. Te la metes hasta la garganta, saliva chorreando, ojos lagrimeando de placer. Lo miras desde abajo, viendo su cara de éxtasis: mandíbula apretada, venas del cuello hinchadas. La intensidad psicológica es brutal: sabes que lo tienes dominado, que tu boca es su perdición.

Lo empujas a la cama, montándolo como amazona. Su polla entra en ti de un jalón, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! gritas al sentirlo chocar contra tu cervix. Cabalgas lento primero, sintiendo cada vena rozar tus paredes, el roce de sus bolas peludas contra tu culo. El sudor perla su pecho, goteando a tus tetas que rebotan al ritmo. Acelera: piel contra piel, slap slap slap, olor a sexo crudo impregnando la habitación. Él te agarra las nalgas, amasándolas, un dedo rozando tu ano para más placer. Tus pensamientos son un torbellino: Esto es lo que necesitaba, un buen metimiento sin complicaciones, puro fuego mexicano.

La tensión peaks cuando él te voltea, poniéndote a cuatro. Entra de nuevo, profundo, sus caderas chocando contra tus cachetes con fuerza consentida. Gime para mí, como dijo la banda, jadea, y tú obedeces: ¡Sí, fóllame más duro, vergasote!. Cada embestida manda ondas de placer por tu espina, clítoris frotándose contra sus bolas. Sientes el orgasmo venir, ese nudo apretándose en tu vientre. Explota primero para ti: un grito ahogado, coño contrayéndose alrededor de su pija, jugos chorreando por tus muslos. Él no aguanta: ¡Me vengo!, y sientes el chorro caliente llenándote, pulso tras pulso, hasta que gotea fuera.

Colapsan juntos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. Su piel pegajosa contra la tuya, olor a semen y sudor envolviéndolos como una manta. Te besa la frente, suave ahora, Estás de lujo, nena. Tú sonríes, el afterglow calentito extendiéndose por tus venas. No hay promesas, solo esa conexión carnal que El Tri capturó en sus rolas: deseo puro, sin ataduras. Mientras el eco de la música aún resuena en tu cabeza, piensas que la noche fue perfecta, un recuerdo que te hará mojar sola recordándolo. Él te ofrece una chela fría, y charlan bajito de la banda, riendo. La tensión se disuelve en paz, dejando un impacto dulce: ganas de más, pero satisfecha por ahora.

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