200 Try para el Clímax Perfecto
La lluvia golpeaba las ventanas de tu depa en la Roma, ese sonido constante como un tambor lejano que aceleraba tu pulso. Era viernes por la noche en la CDMX, las luces de los coches reflejándose en los charcos de la calle, y el aroma a tierra mojada se colaba por una rendija. Habías preparado todo: velas de vainilla encendidas, suaves y dulces, mezclándose con el olor de las sábanas frescas de algodón egipcio. Raúl, tu carnal desde hace seis meses, traía esa sonrisa pícara que te ponía la piel chinita cada vez.
Este es el 200 try, wey, le dijiste mientras lo jalabas adentro, quitándole la chamarra empapada. Sus manos frías te rozaron la cintura, enviando chispas por tu espina. Habían contado cada pinche vez que se habían tirado al quite: 199 intentos de llegar juntos al clímax, al mismo segundo, sin que uno la armara antes. Siempre fallaban por poquito. Él se venía demasiado rápido o tú explotabas primero. Pero neta, cada "try" había sido una chingonería, construyendo esta hambre que ahora te tenía temblando.
Raúl te acorraló contra la pared del pasillo, su boca capturando la tuya con urgencia. Saboreaste la lluvia en sus labios, fresco y metálico, mezclado con el menthol de su chicle. Tú eres mi adicción, morra, murmuró contra tu cuello, su aliento caliente haciendo que tus pezones se endurecieran bajo la blusa ligera. Sus dedos se colaron por debajo, rozando tu piel suave, subiendo despacio hasta apretar tus tetas con esa presión perfecta que te hacía jadear.
Piensas: Dios mío, si hoy no lo logramos, me muero. Pero su toque... ya me tiene empapada.
Lo empujaste hacia la recámara, riendo bajito, el corazón latiéndote como tamborazo en una fiesta. La cama king size los esperaba, mullida, con almohadas apiladas para lo que viniera. Se desvistieron sin prisa, él quitándote la falda con dientes, dejando un rastro de besos húmedos en tus muslos. Su cuerpo atlético brillaba bajo la luz tenue, músculos tensos, y el bulto en su bóxer te hacía salivar. Olía a jabón y a hombre, ese musk terroso que te volvía loca.
Acto dos empezó con caricias lentas, como si el tiempo se hubiera detenido. Te recostaste, piernas abiertas, invitándolo. Raúl se arrodilló entre tus piernas, sus ojos clavados en los tuyos, oscuros de deseo. Esta vez va en serio, el 200 try no se riega, dijo con voz ronca, mientras sus dedos separaban tus labios húmedos. Sentiste el aire fresco en tu clítoris hinchado, luego el calor de su lengua lamiendo despacio, circundando sin tocar el centro. El sonido de su succión era obsceno, chup-chup suave, y gemiste alto, arqueando la espalda.
El sabor de tu propia excitación llegó a ti cuando te metió dos dedos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hacía ver estrellas. ¡Órale, carnal! Así... Tus uñas se clavaron en sus hombros, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la piel salada. Él gemía contra ti, vibraciones que te recorrían como corriente eléctrica. Olías su sudor fresco mezclándose con tu aroma almizclado, intenso, animal. Internamente luchabas: No te vengas todavía, aguanta, haz que dure.
Cambiaron posiciones, tú encima ahora, montándolo a horcajadas pero sin penetrar. Rozabas tu humedad contra su verga dura como piedra, sintiendo cada vena pulsar contra ti. Él te agarraba las nalgas, amasándolas, Estás bien rica, pinche tentación. Besos profundos, lenguas enredadas, el sabor mutuo dulce y salado. La tensión subía, pulsos acelerados latiendo en sincronía con la lluvia afuera. Recuerdos de tries pasados te invadían: la vez 47 en la regadera, resbalosos y riendo; la 132 en el coche, escondidos en un estacionamiento, casi pillados. Cada uno había sido un escalón hacia esto.
En tu mente: Su calor me quema, pero si me muevo un poco más... no, espera, sincronízate con él.
Raúl te volteó bocabajo, cucharita perezosa, su pecho pegado a tu espalda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. Sientes cada pulgada estirándote, caliente, palpitante. Empezaron a moverse en ritmo lento, sus caderas chocando contra tus nalgas con un slap suave, húmedo. Sus manos una en tu clítoris, frotando círculos precisos, la otra pellizcando tu pezón. Gemidos se mezclaban: los tuyos agudos, los suyos graves, como gruñidos. El olor a sexo llenaba la habitación, espeso, embriagador. Sudor goteaba de su frente a tu cuello, salado al lamerlo.
La intensidad creció. Aceleraron, camas chirriando, cuerpos chocando con fuerza. ¡No pares, pendejo, ya casi! gritaste, y él respondió ¡Juntos, morra, juntos!. Tus paredes lo apretaban rítmicamente, él hinchándose dentro. El clímax se acercaba como ola gigante, tensión en cada músculo, respiraciones entrecortadas. Pensaste en rendirte, pero no: contaste mentalmente, sincronizando empujones con frotadas.
El final explotó en éxtasis perfecto. Tu orgasmo te rompió primero, pero él lo alcanzó en el mismo latido: chorros calientes llenándote mientras ondas de placer te sacudían, piernas temblando, visión borrosa. Gritas roncos, él rugiendo tu nombre, ¡Ana, chingao!. El mundo se redujo a sensaciones: su semen cálido derramándose, tu humedad mezclándose, pulsos latiendo al unísono, olores intensos de clímax compartido, sabor de besos post-orgasmo salados y satisfechos.
Colapsaron enredados, respiraciones calmándose, lluvia ahora un arrullo suave. Raúl te besó la sien, Lo logramos, el 200 try fue el bueno. Neta valió cada intento anterior. Tú sonreíste, piel pegajosa y tibia contra la suya, corazón lleno. Sí, carnal, y quiero más tries así, susurraste, sabiendo que esto era solo el principio de algo eterno.
En el afterglow, sus dedos trazaban patrones perezosos en tu vientre, mientras el aroma a vainilla se mezclaba con el de sus cuerpos saciados. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí dentro, el mundo era perfecto, resonando con la promesa de futuros 200 tries.