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Intentando Matarme de Placer

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Intentando Matarme de Placer

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, acababa de salir de una fiesta en un rooftop chido, con luces neón parpadeando y música reggaetón retumbando en el pecho. Ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que quiero y te lo voy a dar. Sus ojos cafés me clavaron desde el otro lado de la barra, y cuando se acercó, su colonia amaderada me envolvió como un abrazo prohibido.

—¿Qué onda, preciosa? —me dijo con esa voz ronca, mientras su mano rozaba la mía al pasarme el shot de tequila. El limón explotó en mi lengua, ácido y fresco, y el sal en sus dedos sabía a promesas sucias.

Charlamos de pendejadas: el pinche tráfico de la Ciudad, lo cara que está la vida aquí, pero entre risas, sus miradas se volvían fuego. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. Neta, este wey me va a volver loca, pensé, mientras su rodilla rozaba la mía bajo la mesa. No aguanté más. Le propuse ir a mi depa, que estaba a dos cuadras, y él solo sonrió, pagó la cuenta y me tomó de la mano. Sus dedos fuertes, callosos de tanto gym, me apretaban justo lo suficiente para que mi pulso se acelerara.

En el elevador, el silencio era espeso, roto solo por nuestra respiración agitada. Lo empujé contra la pared, mis labios chocando con los suyos. Sabía a tequila y a algo salvaje, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo por encima del vestido ajustado, y yo gemí bajito, sintiendo cómo mi tanga se humedecía. Chingado, ya quiero que me coja.

Entramos al depa tambaleándonos, la puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo imparable. Las luces de la ciudad se colaban por las cortinas, pintando su piel de dorado. Me quitó el vestido de un jalón, dejando al aire mis tetas firmes y mi piel erizada por el aire fresco. Él se desabrochó la camisa, revelando un pecho marcado, vello oscuro bajando hasta su abdomen. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel, mientras mis uñas arañaban su espalda.

—Ven, cabrón —le susurré, jalándolo a la cama king size que olía a sábanas frescas de lavanda. Nos tumbamos, cuerpos enredándose como serpientes. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas de placer hasta mi clítoris. Gemí fuerte cuando su boca alcanzó mis pezones, chupándolos con succiones que me hacían arquear la espalda. Su lengua es puro fuego, pensé, mientras mis manos se enredaban en su cabello negro y revuelto.

Marco se movió más abajo, besando mi ombligo, lamiendo la curva de mis caderas. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce, y él inhaló profundo, mirándome con ojos hambrientos.

—Estás rica, Ana. Quiero comerte entera —gruñó, y separó mis piernas con manos firmes pero tiernas. Su aliento caliente rozó mi concha antes de que su lengua la tocara. ¡Madre santa! Lamía despacio al principio, círculos suaves alrededor del clítoris, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. Mis jugos lo cubrían, resbalosos, y yo empujaba mis caderas contra su cara, jadeando. El sonido de sus labios chupando era obsceno, húmedo, mezclado con mis gemidos que rebotaban en las paredes.

Esto wey me está volviendo loca, neta que parece que está intentando matarme con esa lengua.

Sentí el primer orgasmo construyéndose, una ola que me tensaba los músculos, el corazón latiendo como tambor en mis oídos. Marco metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Bombeaba lento, sincronizado con su lengua, y yo grité su nombre, las uñas clavadas en sus hombros. El clímax me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros de placer salpicando su barbilla. Temblé entera, el sudor pegándome el cabello a la frente, el sabor metálico del éxtasis en mi boca.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que corría por mi espinazo. Su verga dura presionaba contra mis nalgas, gruesa y caliente, latiendo como un corazón salvaje. La rocé con la mano, sintiendo las venas prominentes, la cabeza goteando precum que olía a macho puro.

—Chíngame ya, Marco. No aguanto —supliqué, arqueando el culo para él.

Se puso un condón con manos temblorosas de deseo, y se posicionó. La punta entró despacio, estirándome deliciosamente. Gemí largo, sintiendo cada centímetro llenándome, su grosor rozando mis paredes internas. Empujó profundo, hasta el fondo, y nos quedamos quietos un segundo, jadeando, piel contra piel sudada.

Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiéndola de golpe. El plaf plaf de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto, mezclado con gruñidos y mis ahogos. Sus manos agarraban mis caderas, guiándome contra él, y yo empujaba hacia atrás, queriendo más. Neta, esta verga me va a partir en dos, pero qué chingón se siente.

Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, mi clítoris frotándose contra su pubis. Veía su cara de éxtasis, labios entreabiertos, sudor brillando en su pecho. El olor de sexo era intenso, almizcle y sudor, y el sabor de su piel cuando me inclinaba a besarlo.

Está intentando matarme de placer con cada embestida, este pendejo sabe exactamente cómo hacerme venir.

La tensión subía de nuevo, mis muslos temblando, su verga hinchándose dentro de mí. Aceleré, gimiendo sucio, y él levantó las caderas, clavándosela más hondo. El orgasmo nos pegó juntos: yo gritando, contrayéndome alrededor de él, él rugiendo mi nombre mientras se vaciaba en espasmos. Olas de placer me recorrieron, visión borrosa, el mundo reduciéndose a su calor dentro de mí, nuestros cuerpos pegados, resbalosos.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. Me besó la frente, suave, y yo tracé círculos en su espalda con las uñas.

—¿Estás bien, preciosa? —preguntó, voz ronca de satisfacción.

—Más que bien, wey. Casi me matas de gusto —reí bajito, acurrucándome en su abrazo.

La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo estábamos nosotros, envueltos en el afterglow. Su mano bajaba perezosa por mi curva, rozando mi piel aún sensible, y supe que esto no era solo un polvo: era algo que me había despertado por dentro. Neta, si intentar matarme de placer es esto, que no pare nunca. Cerré los ojos, inhalando su olor, saboreando la paz que viene después de la tormenta perfecta.

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