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El Tri Alex Lora en Mi Piel Ardiente

6958 palabras

El Tri Alex Lora en Mi Piel Ardiente

La noche en el Palacio de los Deportes estaba que ardía. El humo de los cuetes y el olor a cerveza derramada flotaban en el aire, mezclados con el sudor de miles de fans gritando como posesos. Yo, una morra de veintiocho años que se sabía de memoria cada rola de El Tri, me abrí paso entre la multitud hasta la zona VIP que había comprado con meses de ahorros. El corazón me latía a todo lo que daba, no solo por el rock, sino porque Alex Lora, el pinche dios del rock mexicano, estaba ahí arriba, destrozando el escenario con su voz ronca y esa energía que te hace sentir viva hasta los huesos.

Desde mi lugar privilegiado, lo veía sudar bajo las luces rojas, su camisa negra pegada al torso musculoso, los jeans ajustados marcando cada curva de sus piernas fuertes.

¿Y si esta noche pasa algo chido? Neta, Alex, siempre has sido mi fantasía más cabrona
, pensé mientras mi piel se erizaba con cada acorde de "Triste Canción de Amor". El bajo retumbaba en mi pecho como un segundo corazón, y el olor a tabaco y testosterona me mareaba. Al final del concierto, cuando bajaron el telón, un carnal de seguridad me guiñó el ojo. "Pásale al backstage, mija, Alex quiere platicar con fans guapas como tú". Mi pulso se aceleró, las palmas sudadas, el calor subiendo por mis muslos.

Entré al camerino, el aire más denso, cargado de humo y risas. Ahí estaba él, Alex Lora, secándose el sudor con una toalla, su barba canosa enmarcando una sonrisa pícara. "¡Órale, qué buena onda que viniste! ¿Cómo te llamas, reina?", me dijo con esa voz grave que me ponía la piel chinita. "Andrea", balbuceé, sintiendo el calor de sus ojos azules clavados en mí. Nos pusimos a platicar de El Tri, de cómo sus rolas me habían salvado en noches de desmadre, y de pronto su mano rozó mi brazo. Un toque eléctrico, como si el amplificador se hubiera conectado directo a mi clítoris.

Wey, esto no puede ser real. Su piel áspera contra la mía, huele a hombre de verdad, a rock y a deseo
.

La plática fluyó como tequila añejo, suave pero quemante. Me invitó una chela fría, y mientras brindábamos, su rodilla rozó la mía bajo la mesita improvisada. El roce fue intencional, lo supe por cómo sus ojos se oscurecieron. "Sabes, Andrea, las morras como tú son las que hacen que valga la pena subir al escenario", murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza y menta. Mi cuerpo respondió solo: pezones duros contra el brasier, humedad creciendo entre mis piernas. Le conté cómo El Tri Alex Lora había sido mi escape en el DF caótico, y él rio, acercándose más. "Pues esta noche, déjame ser tu escape personal".

Salimos del camerino como ladrones en la noche, su mano grande envolviendo la mía, guiándome por pasillos oscuros hasta su hotel cercano. En el elevador, solos, no aguanté más. Lo besé, mis labios chocando contra los suyos carnosos, ásperos por la barba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi boca, y me apretó contra la pared fría del ascensor. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Olía a sudor fresco del concierto, a colonia barata y a puro macho mexicano. Mi lengua exploró la suya, saboreando sal y deseo, mientras el ding del elevador nos interrumpía.

En su suite, las luces tenues pintaban su piel morena en tonos dorados. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula.

Neta, sus labios son fuego puro. Siento su verga dura presionando mi vientre, gruesa y lista
. "Eres una chulada, Andrea", susurró mientras desabrochaba mi brasier, liberando mis tetas pesadas. Las chupó con hambre, mordisqueando los pezones hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Mis manos bajaron a su cinturón, liberando su polla erecta, venosa, palpitante. La acaricie, sintiendo el calor y la dureza, el prepucio suave deslizándose bajo mis dedos. Él jadeó, "¡Chíngame, qué rica mano tienes!".

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas contrastando con nuestros cuerpos calientes. Me abrió las piernas con gentileza, sus dedos explorando mi panocha empapada. "Estás chorreando, carnalita", dijo con voz ronca, hundiendo dos dedos en mi calor húmedo. Gemí, arqueándome, el squelch de mi jugo llenando el cuarto. Lamí su cuello, saboreando sal, mientras él me comía con los ojos. Bajó la cabeza, su lengua barbuda lamiendo mi clítoris hinchado, chupando como si fuera su rola favorita. El placer era olas, building up, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El Tri Alex Lora entre mis muslos, neta un sueño húmedo hecho realidad.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. "¡Ay, wey, qué prieta estás!", rugió, sus manos en mis caderas guiando el ritmo. Cabalgué duro, mis tetas botando, el slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su pecho al mío, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, el glande golpeando mi punto G.

Esto es puro desmadre bendito. Su mirada clavada en mí, empoderándome, follándome con los ojos tanto como con la verga
.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero intenso. Me abrió como libro, embistiéndome profundo, lento al principio, building la tensión. Cada thrust era un trueno, su pelvis chocando mi clítoris, sus bolas pesadas golpeando mi culo. "Dime que te gusta, reina", gruñó en mi oído, mordiendo el lóbulo. "¡Sí, Alex, chíngame más fuerte, no pares!", supliqué, uñas clavadas en su espalda tatuada. El ritmo aceleró, brutal pero consensual, nuestros cuerpos sincronizados como una rola de El Tri. El orgasmo me golpeó primero, un tsunami, contracciones apretando su verga, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en luces blancas.

Él se corrió segundos después, rugiendo como león, su leche caliente llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono. Su peso sobre mí era confort, no opresión. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. "Eres increíble, Andrea. Vuelve cuando quieras", murmuró, acariciando mi cabello revuelto.

Me quedé un rato más, envuelta en sus brazos, oliendo a nosotros, escuchando su respiración calmarse. Salí al amanecer, piernas temblorosas, sonrisa de oreja a oreja. El Tri Alex Lora no era solo rock; era fuego en mi piel, un polvo legendario que me cambió para siempre. Caminé por las calles del DF, el sol naciente besando mi piel aún sensible, sabiendo que esa noche había sido mía, pura y empoderada.

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