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Hoteles para Tríos de Placer Prohibido

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Hoteles para Tríos de Placer Prohibido

La noche en la Ciudad de México se sentía cargada de promesas, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos y hace que la piel brille bajo las luces neón de Reforma. Yo, Ana, caminaba de la mano de Marco, mi carnal de tantos años, sintiendo su palma sudorosa contra la mía. Habíamos hablado de esto por meses, en susurros entre sábanas revueltas, con el corazón latiéndonos como tambores chamánicos. ¿Y si probamos algo nuevo? me había dicho él una vez, mientras me besaba el cuello y su mano bajaba despacio por mi espalda. La idea de un trío nos encendía, pero siempre quedaba en fantasía. Hasta esa noche, cuando busqué en el cel hoteles para tríos y encontré El Nido Secreto, un lugar discreto en la Zona Rosa, prometiendo habitaciones con espejos en el techo, jacuzzis perfumados y privacidad absoluta para parejas como nosotros que querían compartir con un extraño.

Entramos al lobby, el aire acondicionado nos golpeó como una caricia fría, oliendo a jazmín y algo más prohibido, como almizcle fresco. La recepcionista, una morra de curvas generosas y sonrisa pícara, nos miró de arriba abajo. —Bienvenidos al paraíso de los tríos —dijo con voz ronca—. ¿Ya eligieron a su tercer invitado? Marco asintió, nervioso pero excitado, mostrando el perfil de Sofía en la app del hotel. Ella era perfecta: ojos verdes como aguacate maduro, pelo negro largo y un cuerpo que gritaba ven a probarme. Habíamos chateado toda la semana, coqueteando con mensajes subidos de tono. Neta, quiero lamerte mientras él te coge, me escribió ella ayer. Mi chochito se humedeció solo de leerlo.

Nos llevaron a la suite, un nido de terciopelo rojo y luces tenues que bailaban en las paredes. El jacuzzi burbujeaba con espuma de rosas, y el olor dulce me invadió las fosas nasales, mezclándose con mi propia excitación que ya empezaba a perfumar el aire. Marco me abrazó por detrás, su verga dura presionando contra mi culo a través del vestido ajustado.

¿Estás segura, mi amor? Esto es real, no un sueño mojado —susurró en mi oreja, su aliento caliente rozando mi piel erizada.
Asentí, girándome para besarlo con hambre, nuestras lenguas enredándose como serpientes en celo. El sonido de la puerta abriéndose nos separó. Ahí estaba Sofía, en un vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación, sus tetas firmes asomando como fruta madura.

¡Órale, qué chidos se ven en persona! —dijo ella, acercándose con pasos felinos. Su perfume era vainilla y deseo puro, envolviéndonos. Nos abrazamos los tres, cuerpos chocando en un roce eléctrico. Sentí sus pezones duros contra mi brazo, y Marco gimió bajito cuando ella le rozó la entrepierna. Empezamos con copas de tequila reposado, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome el vientre. Hablamos pendejadas para romper el hielo: de la pinche tráfico de la CDMX, de cómo el calor nos ponía cachondos. Pero la tensión crecía, palpable como el vapor del jacuzzi.

Yo fui la primera en mover ficha. Me quité el vestido despacio, dejando que cayera al piso con un shhh suave, revelando mi lencería de encaje rojo. Sus ojos se clavaron en mí, hambrientos. —Ven, Sofía, tócame, le pedí, mi voz temblorosa de anticipación. Ella se acercó, sus dedos suaves trazando mi clavícula, bajando hasta mis tetas. El toque fue como fuego líquido, mis pezones endureciéndose al instante bajo su pulgar. Marco nos miraba, masturbándose despacio sobre los pantalones, su respiración agitada llenando la habitación.

Esto es lo que queríamos, ¿verdad? Tres cuerpos enredados, sin culpas, solo puro placer mexicano.

La llevé al jacuzzi, el agua caliente nos envolvió como un abrazo colectivo. El burbujeo masajeaba mi piel, y el aroma de rosas se mezcló con el de nuestras pieles sudadas. Sofía se pegó a mí, sus labios capturando los míos en un beso suave al principio, luego feroz, lenguas danzando con sabor a tequila y saliva dulce. Sus manos bajaron a mi entrepierna, dedos hábiles separando mis labios húmedos. —Estás empapada, mamacita, murmuró contra mi boca, mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. Grité bajito, el placer subiendo como ola, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Marco se unió, desnudo ya, su verga gruesa y venosa flotando en el agua. La tomó por el pelo con gentileza y la besó, mientras yo lamía su cuello, saboreando la sal de su sudor.

Salimos del jacuzzi chorreando, cuerpos brillantes bajo las luces. Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de satén fresco contra nuestra piel ardiente. El aire olía a sexo inminente, ese musk animal que acelera el pulso. Sofía se arrodilló entre mis piernas, su lengua caliente lamiendo mi clítoris con maestría, chupando suave, luego fuerte. ¡Qué rico, pinche diosa! pensé, arqueando la espalda. Marco se posicionó detrás de ella, embistiéndola despacio, su verga desapareciendo en su coño depilado. Los gemidos de ella vibraron contra mi piel, enviando ondas de placer directo a mi cerebro. El sonido era hipnótico: carne contra carne, plaf plaf, agua residual goteando, respiraciones jadeantes.

Intercambiamos posiciones como en un baile erótico. Yo monté a Marco, su polla llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cada vaivén era un estallido, su pubis rozando mi clítoris hinchado. Sofía se sentó en su cara, él lamiéndola con avidez, su lengua hurgando en sus pliegues rosados. La vi correrse primero, su cuerpo temblando, jugos chorreando por la barbilla de Marco. —Sí, carnal, chúpame todo, gritó ella, sus uñas clavándose en mis tetas, pellizcando mis pezones hasta doler placenteramente.

La intensidad subía, mis paredes internas contrayéndose alrededor de Marco.

¿Cuánto más aguanto? Esto es adictivo, neta quiero que dure para siempre.
Él me agarró las caderas, follándome más duro, el sonido de nuestros cuerpos chocando como truenos lejanos. Sofía se unió, frotando su coño contra el mío mientras yo cabalgaba, clítoris contra clítoris en un roce resbaloso y eléctrico. El olor era embriagador: sexo puro, sudor, perfume mezclado. Sentí el orgasmo construyéndose, una espiral en mi vientre, mis muslos temblando.

Exploté primero, un grito gutural saliendo de mi garganta, mi coño apretando a Marco como un puño. Olas de placer me barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su semen goteando por mis muslos. Sofía se frotó más rápido contra nosotros, alcanzando su pico con un aullido, su cuerpo convulsionando. Nos quedamos así, enredados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas húmedas. Marco me besó la frente, Sofía acarició mi pelo. —Esto fue chingón, ¿verdad? Volvemos a los hoteles para tríos, dijo él riendo bajito. Asentí, saboreando el salado de su piel en mis labios. No hubo culpas, solo una conexión profunda, como si hubiéramos compartido almas en esa cama. Salimos al amanecer, la ciudad despertando con cláxones y vendedores ambulantes, pero nosotros llevábamos un secreto ardiente en la piel. El Nido Secreto nos había cambiado, y ya planeábamos la próxima noche de placer prohibido.

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