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Pasión Desnuda en WSU Tri Cities

6396 palabras

Pasión Desnuda en WSU Tri Cities

El sol del atardecer teñía de naranja las colinas secas alrededor del campus de WSU Tri Cities. Tú, Daniela, habías llegado hace unas semanas desde México para tu maestría en ingeniería. El aire seco de Washington te picaba en la garganta, pero el bullicio de los estudiantes te hacía sentir viva, como si el desierto mismo te susurrara promesas de aventuras. Caminabas por el pasillo del edificio de ciencias, con tu mochila al hombro, oliendo a café recién hecho del carrito ambulante afuera. Neta, este lugar es chido, pensabas, mientras el eco de risas y pasos resonaba en las baldosas.

Ahí lo viste por primera vez: Alex, el wey alto con ojos color miel y una sonrisa que te hacía cosquillas en el estómago. Estudiaba biología, pero su vibe era puro norteño, con ese acento regio mezclado con inglés que lo hacía sonar exótico. Lo habías notado en clase de estadística, donde se sentaba dos filas atrás, garabateando en su libreta. Hoy, en la biblioteca, él levantó la vista de su laptop y te pilló mirándolo.

¿Qué pedo? ¿Por qué me late tanto este pendejo?
te dijiste, sintiendo un calor subiéndote por el cuello.

—Órale, ¿Daniela, verdad? —te dijo acercándose, con voz grave que vibraba en tu pecho—. Soy Alex. ¿Todo bien con el homework?

Su colonia, un olor fresco a cítricos y madera, te envolvió como una caricia. Asentiste, tartamudeando un poco, mientras tus ojos bajaban a sus manos fuertes, imaginando cómo se sentirían en tu piel. Charlaron de la uni, de lo raro que era WSU Tri Cities con su río Columbia tan cerca, y de cómo extrañaban el picante de la comida mexicana. La tensión crecía con cada risa compartida; sentías tu corazón latiendo fuerte, como tambores en una fiesta.

El primer acto de deseo fue sutil. Al día siguiente, en el laboratorio, sus dedos rozaron los tuyos al pasar un tubo de ensayo. Un chispazo eléctrico te recorrió el brazo, hasta el centro de tu vientre. Simón, esto no es casual, pensaste. Él te miró con pupilas dilatadas, y supiste que él también lo sentía. Esa noche, en el dorm, no pudiste dormir. El zumbido del aire acondicionado no ahogaba el recuerdo de su toque. Te tocaste despacio, imaginando sus labios en tu cuello, pero paraste, queriendo que fuera real.

La escalada empezó en la fiesta del club latino. Luces tenues, reggaetón retumbando desde los parlantes, olor a tacos al pastor improvisados y sudor joven. Vestías un vestido negro ajustado que marcaba tus curvas, y Alex no quitaba los ojos de ti. Bailaron pegados, sus caderas contra las tuyas, el ritmo acelerando tu pulso. WSU Tri Cities parecía un mundo aparte esa noche, con el viento del río colándose por las ventanas abiertas.

—Estás riquisima, Daniela —murmuró en tu oído, su aliento caliente rozando tu lóbulo—. No aguanto verte moverte así.

Tú giraste, presionando tu pecho contra el suyo. —Ni yo a ti, wey. ¿Vamos a algún lado?

Consintieron con una mirada, el deseo mutuo ardiendo como chile habanero. Caminaron al estacionamiento, riendo nerviosos, el asfalto crujiendo bajo sus zapatos. En su camioneta, estacionada bajo las estrellas, sus bocas se encontraron. Beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos exploraban: las tuyas en su cabello revuelto, las suyas subiendo por tus muslos, arrugando la tela del vestido. Gemiste cuando tocó tu piel desnuda, el roce áspero de sus palmas enviando ondas de placer.

La intensidad creció en el asiento trasero. Te quitó el vestido con urgencia reverente, besando cada centímetro expuesto. Tus pechos se liberaron, y él los devoró con labios suaves, lengua girando en los pezones endurecidos. ¡No mames, qué chingón! gritaste en tu mente, arqueando la espalda. El olor de su excitación, almizclado y salado, llenaba el espacio confinado. Tus uñas se clavaron en su espalda mientras bajabas su zipper, liberando su verga dura, palpitante. La acariciaste, sintiendo las venas hinchadas bajo tu palma, el calor irradiando.

Te quiero adentro, jadeaste, guiándolo. Él se puso condón con manos temblorosas, siempre responsable, y entró despacio, estirándote deliciosamente. El primer embiste fue puro fuego; gemidos escapaban de ambos, sincronizados con el rechinar de la camioneta. Sudor perlando sus cuerpos, piel contra piel resbaladiza. Él te follaba profundo, ritmado, sus caderas chocando contra las tuyas con un plaf húmedo. Tú cabalgaste encima, controlando el ritmo, tus paredes apretándolo, el clítoris rozando su pubis en chispas de éxtasis.

Internamente, luchabas con el torbellino:

Esto es demasiado bueno, pero ¿y si es solo una noche? No, neta lo quiero más.
Él leía tus ojos, susurrando: —Eres increíble, Daniela. No pares. La tensión psicológica se mezclaba con la física; cada roce de sus dedos en tu botón te acercaba al borde, pero lo frenabas, saboreando la build-up. Cambiaron posiciones: de lado, él detrás, mordisqueando tu hombro mientras una mano masajeaba tu pecho, la otra en tu sexo, círculos expertos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el cuero de los asientos.

El clímax llegó como avalancha. Tus músculos se contrajeron, olas de placer explotando desde tu centro, gritando su nombre mientras temblabas. Él te siguió segundos después, gruñendo ronco, su liberación pulsando dentro de ti. Colapsaron jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El silencio post-orgasmo era sagrado, roto solo por besos suaves y risas ahogadas.

En el afterglow, recostados bajo la luna, fumando un cigarro compartido —el humo dulce subiendo en espirales—, hablaron de verdad. —Vine a WSU Tri Cities por un cambio, pero tú lo hiciste perfecto —dijo él, trazando círculos en tu vientre.

Yo también, carnal. Esto no acaba aquí —respondiste, sintiendo empoderada, deseada.

Regresaron al campus de la mano, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. El deseo no se apagó; se transformó en algo profundo, con promesas de noches futuras. En WSU Tri Cities, habías encontrado no solo estudios, sino pasión desnuda, consensual y ardiente, que te hacía vibrar hasta el alma.

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