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Un Intento Más Contigo

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Un Intento Más Contigo

La noche en la colonia Roma estaba viva, con ese bullicio de bares y risas que se escapaban por las puertas entreabiertas. Yo, Ana, había jurado no volver a caer en lo mismo, pero ahí estaba él, Javier, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desarmaban como tequila añejo. Habían pasado seis meses desde que terminamos, una pelea tonta por celos, pero la química entre nosotros nunca se apagaba del todo. Lo vi apoyado en la barra del bar, con una cerveza en la mano, charlando con unos cuates. Mi corazón dio un brinco, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago.

¿Qué chingados hago aquí? pensé mientras me acercaba, fingiendo casualidad. Él me vio y su cara se iluminó. "¡Neta, Ana! ¿Qué onda, güey?" dijo, abrazándome con fuerza. Su olor a colonia mezclada con sudor fresco me invadió, ese aroma que siempre me ponía la piel de gallina. Hablamos de pendejadas, de la vida, de cómo las cosas habían cambiado, pero entre líneas sentíamos la tensión. "Sabes, carnala, a veces pienso en darte one more try", soltó de repente, con esa voz ronca que me erizaba los vellos. Reí, pero por dentro ardía.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco rozando mis piernas desnudas bajo el vestido corto. Sus dedos rozaron los míos accidentalmente, y no los solté. "Vamos a mi depa, está cerca", murmuró, y yo asentí, sabiendo que era el comienzo de algo inevitable. Subimos las escaleras de su edificio en la Álvaro Obregón, riendo como chavos, pero con el pulso acelerado. Al entrar, el lugar olía a café recién hecho y a su esencia masculina, con posters de rock en las paredes y una cama king size que dominaba el cuarto.

Esto es una locura, Ana. Pero qué rico se siente esa locura.

Me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a cerveza y a deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. "Te extrañé tanto, nena", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Gemí bajito, el sonido reverberando en la habitación dimly lit por una lámpara de lava. Sus manos bajaron a mis caderas, apretándome contra su dureza creciente. Sentí su verga palpitante contra mi vientre, dura como piedra, y un calor líquido se extendió entre mis piernas.

Nos desvestimos despacio, saboreando cada centímetro revelado. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, el vello oscuro en su pecho invitándome a recorrerlo con las uñas. Yo me quedé en tanga negra, mis tetas llenas subiendo y bajando con la respiración agitada. "Qué chingona estás", dijo, lamiendo sus labios. Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando hasta el borde de la tela húmeda. El aroma de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con su colonia.

Me tumbó en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus dedos juguetearon con mis pezones, pellizcándolos hasta que dolían de placer. Dios, cómo me prende este pendejo, pensé mientras arqueaba la espalda. Bajó la boca a uno, chupando fuerte, el sonido húmedo de su lengua enviando ondas de fuego directo a mi clítoris. Gemí más fuerte, mis caderas moviéndose solas, buscando fricción. "Paciencia, mi amor", susurró, deslizando la tanga por mis muslos. El aire fresco besó mi panocha empapada, y él inhaló profundo. "Hueles a pecado, Ana".

Su lengua tocó mi centro, plana y caliente, lamiendo desde la entrada hasta el botón hinchado. Saboreé el borde de mi labio, mordiéndolo para no gritar. El placer era eléctrico, cada lamida un relámpago que me hacía temblar. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me volvía loca. "¡Javier, sí, cabrón!", jadeé, mis jugos cubriendo su mano. Él aceleró, succionando mi clítoris mientras follaba con los dedos, el sonido chapoteante llenando la habitación junto a mis gemidos roncos.

Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, volteándolo para montarlo. Su verga se erguía orgullosa, venosa y gruesa, la punta brillando con pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. "Ahora me toca a mí", dije con voz juguetona. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado almizcle. Él gruñó, sus caderas buckeando. La tragué profunda, mi garganta relajándose para tomarlo todo, el olor de su masculinidad invadiéndome. "¡Qué rica chupas, nena! No pares".

Me subí encima, frotando mi entrada húmeda contra su longitud. Nuestros ojos se clavaron, el sudor perlando su frente. "Dame one more try, Javier. Hagámoslo bien esta vez", susurré. Bajé despacio, su verga abriéndose paso centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Ambos gemimos al unísono, el sonido gutural y animal. Estaba tan llena, tan completa. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce de su glande contra mis paredes internas. El slap de piel contra piel creció con mi ritmo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas.

Aceleré, cabalgándolo como una diosa, el placer acumulándose en espiral. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo el lóbulo de mi oreja. "Te sientes como el paraíso, Ana. Tan apretada, tan mojada para mí". Sus palabras me incendiaron, mis uñas clavándose en su espalda. Cambiamos de posición; me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada. Cada thrust era profundo, golpeando mi culo con un clap resonante, sus bolas azotando mi clítoris. Olía a sexo puro, sudor y feromonas, el aire espeso.

No aguanto más, me voy a correr, pensé, el orgasmo construyéndose como una ola. Él lo sintió, mis paredes contrayéndose. "Córrete conmigo, mi reina", rugió, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. Exploté primero, un grito ahogado escapando mientras mi cuerpo convulsionaba, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, embistiendo salvaje, hasta que se tensó y llenó mi interior con chorros calientes, gruñendo mi nombre como una oración.

Colapsamos juntos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí. El sudor nos unía, piel pegajosa y tibia. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue épico, wey", murmuró contra mi pelo. Reí bajito, trazando patrones en su pecho. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda.

¿Será este el intento que funcione? Neta, me late intentarlo.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el corazón latiendo al unísono. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en este momento, todo era perfecto. Un intento más, y valió la pena cada segundo.

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