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El Mejor Trio Mexicano 1

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El Mejor Trio Mexicano 1

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba en su punto máximo. El aire salado del mar se mezclaba con el humo de las fogatas y el olor dulce de las cervezas frías. Yo, Ana, bailaba con mi carnal Marco, mi novio de toda la vida, ese pendejo alto y moreno que me volvía loca con solo una mirada. Sus manos en mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro, mientras la música de cumbia rebajada retumbaba en mis oídos. Neta, qué chido se siente esto, pensé, sintiendo el calor de su piel sudada rozando la mía a través del vestido ligero que traía puesto, uno rojo que se pegaba a mis curvas como segunda piel.

Ahí estaba también Javier, el mejor amigo de Marco, un wey fornido con tatuajes en los brazos y una sonrisa que prometía pecados. Lo había visto toda la noche mirándome, con esos ojos cafés que me desnudaban sin piedad. "¡Órale, Ana, estás cañona esta noche!", me gritó Javier por encima de la música, acercándose con una chela en la mano. Su voz ronca me erizó la piel, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Marco se rio y me jaló más cerca, pero en vez de celos, vi en sus ojos un brillo juguetón. ¿Qué pedo? ¿Están planeando algo estos dos?

Esto podría ser el mejor trío mexicano que me pase en la vida, pensé, imaginando sus manos en mí, sus bocas explorando cada rincón.
La idea me mojó al instante, el calor subiendo por mi vientre como una ola ardiente. No era la primera vez que fantaseábamos con algo así; Marco y yo hablábamos de tríos en la cama, riéndonos, pero esta noche el aire estaba cargado de promesas reales.

Marco me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y limón fresco. "Ven, mi reina, vamos a caminar por la playa", murmuró, y Javier nos siguió sin decir nada, como si supiera el plan. La arena tibia se metía entre mis dedos mientras nos alejábamos de la fiesta, el sonido de las olas rompiendo suave, como un susurro erótico. El viento jugaba con mi pelo, trayendo el olor salobre que me hacía sentir viva, salvaje.

Llegamos a una cabaña rentada que Marco había agenciado para la noche, con vistas al mar y luces tenues que pintaban todo de dorado. Adentro, el piso de madera crujía bajo nuestros pies, y el aroma a coco de las velas encendidas llenaba el aire. Javier cerró la puerta, y de repente el silencio fue ensordecedor, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Marco me tomó de la cara y me besó profundo, su lengua invadiendo mi boca con sabor a sal y deseo. Javier se acercó por detrás, sus manos grandes deslizándose por mis caderas, levantando mi vestido lentamente.

"¿Quieres esto, Ana? ¿Quieres que Javier se una?", preguntó Marco, su voz grave vibrando contra mi piel. Lo miré a los ojos, sintiendo mi corazón latir como tambor en el pecho. "Sí, wey, neta que sí. Los quiero a los dos", respondí, mi voz temblando de excitación. Javier rio bajito, un sonido que me recorrió la espina dorsal. Su aliento en mi oreja huele a menta y cerveza, delicioso.

Acto seguido, Marco me quitó el vestido de un tirón, dejándome en tanga y brasier. Mis pechos subían y bajaban con cada jadeo, los pezones duros como piedras bajo la tela. Javier desabrochó mi brasier con dedos hábiles, y sentí el aire fresco rozarlos, enviando chispas de placer directo a mi clítoris. Marco se arrodilló y besó mi vientre, bajando hasta lamer la piel justo encima de la tanga, donde ya estaba empapada. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, y metí los dedos en su pelo negro, tirando suave.

Javier, mientras tanto, se quitó la camisa, revelando su pecho musculoso cubierto de vello oscuro. Me giré y lo besé, su barba raspando mis labios de forma deliciosa, su lengua fuerte y demandante. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico. Marco desde atrás deslizó mi tanga hacia abajo, exponiendo mi panocha húmeda al aire. Sentí su aliento caliente ahí, y luego su lengua plana lamiéndome de abajo hacia arriba, saboreando mis jugos con un gemido gutural.

¡Pinche madre, qué rico! Esto es puro fuego mexicano.

Me llevaron a la cama king size, las sábanas frescas y suaves contra mi espalda desnuda. Marco se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al techo. Javier hizo lo mismo, la suya un poco más larga, curvada justo para golpear ese punto que me volvía loca. Me puse de rodillas en el centro, tomando una en cada mano, sintiendo su calor palpitante, la piel suave sobre el acero duro. Las apreté, las moví arriba y abajo, oyendo sus jadeos roncos mezclados con el rumor del mar afuera.

"Chúpamelas, Ana, como la reina que eres", dijo Marco, y obedecí, metiendo primero la suya en mi boca, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su excitación. La chupé hondo, hasta la garganta, mientras con la mano pajeaba a Javier. Él gemía, "¡Órale, qué boquita tan chingona!". Cambié, ahora Javier en mi boca, su sabor más intenso, más masculino, mientras Marco lamía mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que grité de placer alrededor de la verga.

La tensión crecía como una tormenta. Me recostaron, Marco se posicionó entre mis piernas, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. "Dime si quieres que te coja", susurró. "¡Cógeme ya, pendejo!", exigí, y él empujó adentro de un golpe, llenándome por completo. El estiramiento ardía delicioso, sus bolas chocando contra mi culo con cada embestida profunda. Javier se arrodilló junto a mi cabeza, y lo chupé mientras Marco me taladraba, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados.

Siento su verga golpeando mi cervix, enviando ondas de placer por todo mi cuerpo. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamo. Javier se movió atrás, untando saliva en mi ano apretado. "¿Puedo, Ana? ¿Quieres que te meta por atrás?". Mi corazón latió fuerte, el morbo puro. "Sí, carnal, hazlo despacio". Marco se quedó quieto adentro mientras Javier presionaba, su cabeza gruesa abriéndose paso. Dolor y placer se fundieron, el estiramiento doble me hizo gritar, lágrimas de éxtasis en los ojos.

Ahora los dos dentro, moviéndose en ritmo alternado, uno entra mientras el otro sale. Sentía cada vena, cada pulso, mi cuerpo atrapado en un vaivén infernal de sensaciones. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, jugos, testosterona. Mis uñas clavadas en las sábanas, el colchón crujiendo bajo nosotros. "¡Más fuerte, weyes! ¡Cógame como putas!", rogaba, perdida en el frenesí. Marco aceleró, su respiración entrecortada, "Me vengo, Ana...". "¡Dentro, lléname!", y sentí su leche caliente explotando, contrayéndome alrededor de él.

Javier tomó el relevo, embistiendo salvaje ahora que Marco salió, su verga lubricada por todo. Me puse encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, suaves contra mi piel. Marco besaba mi espalda, sus dedos en mi clítoris frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como tsunami, mi panocha apretando a Javier en espasmos, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores. Él se corrió segundos después, su semen inundándome, cálido y espeso.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudados, el pecho de Marco subiendo y bajando contra el mío, Javier acurrucado atrás, su brazo sobre mi cadera. El aire olía a nosotros, a sexo consumado, el mar cantando arrullo afuera. Marco me besó la frente, "Eres lo máximo, mi amor. El mejor trío mexicano 1, ¿verdad?". Reí bajito, exhausta y satisfecha.

Neta, esto fue épico. Los quiero a los dos para siempre así.

Nos quedamos así, piel con piel, pulsos calmándose juntos. Javier murmuró, "Repetimos pronto, ¿no?". Sonreí en la oscuridad, el sabor de ellos aún en mi boca, el cuerpo dolorido pero radiante. Esta noche había sido pura magia mexicana, deseo crudo y amor compartido. Mañana el sol saldría sobre el Pacífico, pero este recuerdo ardería eterno.

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