Avril Lavigne No Tengo Que Intentarlo
El antro en la Condesa bullía de vida esa noche, con el bajo retumbando en el pecho como un corazón acelerado. Luces neón parpadeaban sobre cuerpos sudados que se movían al ritmo de la música pop punk. Tú entraste, el olor a tequila reposado y perfume caro te golpeó de inmediato, mezclado con ese aroma sutil de piel caliente y anticipación. Pediste un cuba libre en la barra, el hielo crujiendo bajo tus dedos mientras escaneabas la pista.
Allí estaba ella. Una chava que parecía salida de un video de Avril Lavigne, con el cabello negro desordenado, delineador corrido a propósito, jeans ajustados rotos en las rodillas y una camiseta negra ceñida que dejaba ver el tatuaje de una estrella en su clavícula. No bailaba como si quisiera impresionar a nadie; solo se mecía, ojos entrecerrados, labios pintados de rojo mordiéndose el inferior. Neta, qué chida, pensaste, el pulso latiéndote en las sienes.
De pronto, los altavoces escupieron la rola: Avril Lavigne, "I Don't Have To Try". La letra flotaba en el aire: "Why would I try? I don't have to try with you..." Ella abrió los ojos, sonrió para sí misma y levantó los brazos, dejando que la música la invadiera sin esfuerzo. No posaba, no coqueteaba con la mirada hacia la barra. Solo era. Y eso te jodió vivo. Te acercaste, el calor de la multitud rozando tus brazos, el sudor perlando tu nuca.
¿Por qué carajos me late tanto esta morra? No hace nada, wey, y ya me tiene pensando en cómo se sentiría su piel bajo mis manos.
—Órale, ¿te late Avril? —le gritaste por encima del ruido, posicionándote a su lado en la pista.
Ella giró la cabeza, te midió de pies a cabeza con una ceja arqueada. Sus ojos verdes brillaban bajo las luces estroboscópicas. —Simón, wey. Avril Lavigne I don't have to try, ¿no? No tengo que intentarlo pa' ser yo. —Su voz era ronca, con ese acento chilango puro, juguetón. Se acercó un paso, el aroma de su perfume —vainilla y algo picante, como chile en nogada— te envolvió. El roce accidental de su cadera contra la tuya mandó una corriente eléctrica directo a tu entrepierna.
Conversaron así, bailando sin prisa. Se llamaba Lena, estudiaba diseño gráfico en la UIA, pero esa noche no era nadie más que esa vibra effortless que te tenía enganchado. No preguntaba pendejadas, no se quejaba del ex ni fingía risas. Solo reía de verdad cuando contaste una anécdota tonta de tu carnal en un viaje a Acapulco. El deseo crecía lento, como el calor que subía por tu espinazo, el sabor salado de tu propia piel en los labios.
La noche avanzaba. El antro se llenó más, cuerpos chocando, risas ahogadas en shots de patron. Lena te tomó la mano —sus dedos delgados, uñas pintadas de negro, cálidos y firmes— y te sacó a la terraza. El aire fresco de la ciudad los recibió, con el skyline de la Condesa titilando abajo, olor a jacarandas y asfalto mojado por una llovizna reciente. Se apoyó en la barandilla, su camiseta subiéndose un poco, dejando ver la curva de su cintura.
—No tengo que intentarlo contigo —murmuró, citando la rola, girándose para mirarte fijo. Sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara—. Neta, me caes chido. ¿Y si nos largamos de aquí?
Tu corazón tronó.
Mierda, esta chava me va a matar sin mover un dedo extra.Asentiste, la tomaste de la mano y bajaron las escaleras, el eco de sus risas mezclándose con el pulso de la música que se desvanecía.
En su depa en la Roma, a unas cuadras, todo escaló. El elevador subía lento, sus cuerpos pegados, el espejo reflejando cómo su mano subía por tu pecho, dedos trazando los músculos bajo la camisa. Olía a ella por todos lados: esa vainilla dulce ahora mezclada con el sudor ligero de la noche. La puerta se abrió, entraron tambaleándose, besándose ya. Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a chicle de fresa y tequila. Te mordió el labio inferior, un gemido bajo escapando de su garganta.
—Ven pa'cá, pendejo —susurró contra tu boca, tirando de tu camisa. La prenda voló, sus uñas arañando tu espalda, enviando chispas de placer doloroso. La recargaste contra la pared del pasillo, manos en sus caderas, sintiendo la firmeza de sus glúteos bajo los jeans. Ella arqueó la espalda, presionando sus tetas contra tu torso, pezones endurecidos pinchando la tela fina de su brasier.
La llevaste a la recámara, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas. La cama king size los esperaba, sábanas blancas revueltas oliendo a lavanda. La desvestiste despacio, saboreando cada centímetro: jeans deslizándose por muslos tonificados, revelando tanga negra de encaje. Su piel era suave como terciopelo, bronceada por el sol de Xochimilco en un fin pasado. Besaste su ombligo, lengua trazando el piercing plateado, bajando al borde del encaje. Ella jadeó, manos enredándose en tu pelo.
Qué padre su sabor, salado y dulce, como mango con chamoy. No forcea nada, solo se entrega, y eso me prende más.
La tensión crecía, pesada como el aire húmedo antes de tormenta. Se puso de rodillas, ojos fijos en los tuyos mientras desabrochaba tu cinturón. El sonido del metal tintineando, su aliento caliente sobre tu piel expuesta. Te tomó en la boca, lenta al principio, lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con maestría natural. Gemiste, caderas moviéndose involuntarias, el calor húmedo envolviéndote, sus labios estirados, saliva brillando. —Así, wey, qué rico —murmuró, vibrando contra ti.
La levantaste, la tumbaste en la cama. Sus piernas se abrieron invitadoras, el olor almizclado de su arousal llenando la habitación. Rozaste su clítoris con los dedos, húmeda ya, resbaladiza. Ella se arqueó, uñas clavándose en tus hombros. —Métemela ya, no mames —suplicó, voz entrecortada. Entraste en ella de un empujón suave, apretada, caliente, paredes contrayéndose alrededor de ti. El ritmo empezó lento, piel contra piel cacheteando, sudores mezclándose, sus tetas rebotando con cada embestida.
La volteaste, de perrito, nalgas redondas alzadas. Agarraste sus caderas, embistiendo profundo, el sonido húmedo de sus jugos, sus gemidos ahogados en la almohada. —¡Más fuerte, cabrón! —gritó, empujando hacia atrás. El climax se acercaba, tu polla hinchada, bolas tensas. Ella tembló primero, grito ronco, cuerpo convulsionando, empapándote más. Tú la seguiste, corriéndote dentro con un rugido, chorros calientes llenándola, piernas flaqueando.
Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa. El afterglow era perfecto: su cabeza en tu pecho, dedo trazando patrones en tu abdomen, olor a sexo y vainilla flotando. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí solo existían sus respiraciones sincronizadas.
—Avril Lavigne tenía razón, I don't have to try —dijo ella, riendo bajito—. Contigo fluyó solo, ¿no?
La besaste en la frente, el corazón aún acelerado.
Neta, esta noche cambió todo sin esfuerzo. Qué chingón.Se durmieron así, envueltos en sábanas calientes, el eco de la rola aún en sus mentes.