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Ari Dugarte Try On Sensual

8052 palabras

Ari Dugarte Try On Sensual

El sol de Cancún se colaba por las cortinas de la suite del hotel, pintando todo de un dorado cálido que hacía que la piel de Ari brillara como miel fresca. Yo, su novio de años, el güey que la había acompañado en tantas locuras, me recargaba en la cama king size, con una cerveza fría en la mano, viendo cómo ella sacaba de la maleta un montón de bikinis nuevos. "¡Mira, amor, este es el paquete que pedí para nuestro viaje! Vamos a hacer un Ari Dugarte try on pero versión privada, solo para ti", dijo con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura al instante. Su voz tenía ese acento venezolano mezclado con el slang mexicano que había agarrado viviendo en la Ciudad de México, y neta, era puro fuego.

Ari Dugarte, con su metro setenta y cinco de curvas perfectas, tetas firmes que desafiaban la gravedad y un culo que parecía esculpido por los dioses, se paró frente al espejo de cuerpo entero. Llevaba un shortcito de jean que apenas cubría sus nalgas redondas y una blusita crop top que dejaba ver su ombligo piercingado. El aire acondicionado zumbaba bajito, pero el calor entre nosotros ya subía de temperatura. Olía a su perfume, esa vainilla con toques de coco que me volvía loco, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana entreabierta.

"¿Listo, papi? Empiezo con el rojo", anunció, quitándose la blusita con un movimiento lento, sensual, como si supiera exactamente el efecto que causaba. Sus pezones rosados se endurecieron al contacto con el aire fresco, y yo tragué saliva, sintiendo el pulso acelerarse en mis huevos. Se metió al baño un segundo para cambiarse, y cuando salió, ¡órale! El bikini rojo era un triángulo diminuto arriba y una tanguita abajo que se hundía entre sus labios mayores, dejando poco a la imaginación. Giró sobre sus talones, el sonido de sus chanclas contra el piso de mármol rompiendo el silencio cargado.

Qué chingón verte así, amor. Tus ojos se clavan en mí como si quisieras devorarme ya.
Pensé, mientras ella posaba, arqueando la espalda para que el espejo reflejara su silueta perfecta. "Dime qué tal, ¿me hace ver más rica?", preguntó mordiéndose el labio inferior, esa boca carnosa que tantas veces había sentido alrededor de mi verga.

"Estás para comerte entera, mamacita", respondí con voz ronca, dejando la cerveza en la mesita. Me acerqué, pero ella me detuvo con un dedo en los labios. "Aún no, pendejo. Hay más. Este try on va a ser épico". Su risa era como música, ligera pero con un filo juguetón que me hacía hervir la sangre.

El segundo bikini era negro, de encaje semitransparente. Se lo puso frente a mí esta vez, sin esconderse. Desató el rojo con dedos temblorosos de anticipación, dejando caer la tela al suelo con un susurro suave. Su piel oliva contrastaba con el negro, y cuando ajustó las tiras en sus caderas, rozó su clítoris con la yema del dedo, soltando un gemidito ahogado. El aroma de su excitación empezó a flotar, ese olor almizclado dulce que me ponía en modo bestia. "Tócalo, dime si la tela es suave", susurró, guiando mi mano a su monte de Venus.

Mis dedos se hundieron en el encaje, sintiendo el calor húmedo de su panocha palpitante debajo. Ella jadeó, cerrando los ojos, y yo masajeé despacio, círculos lentos que la hicieron arquearse contra mí. "Neta, Ari, esto no es un try on normal. Me estás volviendo loco", murmuré contra su cuello, inhalando su sudor salado mezclado con perfume. Nuestros labios se rozaron, un beso ligero al principio, lenguas danzando como en un tango prohibido. Pero ella se apartó, riendo. "Paciencia, carnal. Hay uno más especial".

La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Mi verga ya presionaba contra los bóxers, dura como piedra, y el corazón me latía en los oídos. Ari desapareció al baño de nuevo, y el sonido del agua corriendo me imaginó escenas calientes. Salió con el tercer bikini, uno blanco casi transparente, con flecos que se mecían al caminar. Era el knockout total: la tela se pegaba a sus pezones erectos, delineando cada curva, y abajo, se transparentaba el vello recortado de su pubis. Caminó hacia mí contoneándose, las caderas ondulando como olas del Caribe.

"Este es mi favorito. ¿Quieres ayudarme a ajustarlo bien?", propuso, su voz un ronroneo bajo. Me arrodillé frente a ella, manos temblando mientras ataba los lazos laterales. Mis labios rozaron su muslo interno, saboreando la piel salada, y ella enredó los dedos en mi pelo, tirando suave.

Dios, qué rico se siente su aliento caliente ahí abajo. Quiero que me coma ya.
Su pensamiento se escapó en un suspiro cuando mi lengua lamió la tela húmeda sobre su clítoris.

Ya no había vuelta atrás. La levanté en brazos, sus piernas envolviéndome la cintura, y la tiré en la cama. El colchón crujió bajo nuestro peso, sábanas frescas contra pieles ardientes. Nos besamos con hambre, mordidas y chupadas, mi boca bajando por su cuello hasta capturar un pezón a través del bikini. Ella gemía bajito, "Sí, amor, chúpamela rico", mientras sus uñas arañaban mi espalda, dejando surcos rojos de placer. Desaté el top, liberando sus tetas perfectas, redondas y pesadas en mis manos. Las amasé, pellizcando pezones hasta que gritó mi nombre.

Deslicé la tanga hacia abajo, exponiendo su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos. El olor era embriagador, puro sexo mexicano caliente. Me zambullí, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando su miel salada-ácida. Ari se retorcía, caderas elevadas, "¡Ay, cabrón, no pares! ¡Me vengo!", y su primer orgasmo la sacudió como un terremoto, chorros calientes mojando mi barbilla.

Pero yo quería más. Me quité la ropa a tirones, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella la miró con ojos hambrientos, "Qué pinga tan chingona tienes, papi". Se puso de rodillas, engulléndola en un solo movimiento, garganta profunda que me hizo ver estrellas. El sonido de succión era obsceno, saliva chorreando por sus tetas, mientras sus manos masajeaban mis huevos pesados. La cogí del pelo, follando su boca suave pero firme, hasta que estuve al borde.

"No te vayas aún, métemela ya", suplicó, recostándose con piernas abiertas en V. Me posicioné, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como un guante de terciopelo caliente. "¡Carajo, qué apretada estás!", gruñí, embistiendo profundo. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus alaridos y mis jadeos. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, tetas rebotando, sudor perlando su frente. Sus jugos corrían por mis bolas, el olor a sexo impregnando todo.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo alzado, perfecto para doggy. Empujé fuerte, una mano en su clítoris frotando rápido, la otra azotando suave sus nalgas hasta enrojecerlas. "¡Más duro, pendejo! ¡Chíngame como animal!", rogaba, y yo obedecí, pistoneando hasta que sus piernas temblaron. Su segundo orgasmo la contrajo alrededor de mí, ordeñándome, y yo exploté dentro, chorros calientes llenándola hasta rebosar, semen mezclándose con sus jugos en un río blanco.

Colapsamos juntos, cuerpos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sol ya bajaba, tiñendo la habitación de naranja. Ari se acurrucó contra mi pecho, trazando círculos en mi piel con uñas pintadas de rojo. "El mejor Ari Dugarte try on de mi vida, amor. Neta, contigo todo es puro fuego". Besé su frente sudorosa, inhalando nuestro aroma compartido, ese perfume post-sexo que dura horas.

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, planeando el siguiente bikini para mañana. La tensión se había disuelto en paz chida, pero sabía que la llama nunca se apagaba del todo. Ari Dugarte no era solo una modelo; era mi musa, mi vicio, y este viaje en Cancún apenas empezaba.

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