Gerard Way Dont Try
El antro La Mordida en la Condesa bullía de vida esa noche calurosa de viernes. Tú, con tu falda negra ajustada y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, te abrías paso entre la multitud sudada. El aire estaba espeso, cargado con olor a tequila reposado, cerveza fría y ese perfume barato mezclado con feromonas de cuerpos apretujados. La música retumbaba, un cover rasposo de My Chemical Romance que te erizaba la piel de los brazos. Luces neón parpadeaban rojas y violetas, iluminando rostros ansiosos, labios entreabiertos.
Te recargaste en la barra, pidiendo un michelada con sal y chile que picaba en la lengua como un beso prohibido. Ahí lo viste. Alto, flaco como un alambre, con cabello negro desgreñado cayéndole sobre los ojos verdes intensos. Llevaba una playera vieja de la banda, deslavada por lavados infinitos, y debajo de la foto de Gerard Way dont try garabateado en marcador permanente, como un mantra tatuado en tela. Se veía como un clon del cantante en sus días emo, pero con ese toque mexicano: jeans rotos, botas gastadas y una sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos.
¿Qué carajos, Vale? No mires tanto, te va a cachar. Pero esos ojos... pinche Gerard Way dont try, como si te retara a no intentarlo.
Él se acercó, codo con codo, su hombro rozando el tuyo. Olía a jabón barato y cigarro viejo, un aroma que te aceleró el pulso. "¿Fan de la banda?", preguntó con voz ronca, grave como el bajo de un amplificador. Asentiste, sorbiendo tu chela, sintiendo el hielo frío contra tus labios hinchados por el calor. "Sí, desde Danger Days. Esa frase en tu playera... Gerard Way dont try. ¿Qué significa pa' ti?". Se rió, bajo y gutural, inclinándose para que su aliento cálido te rozara la oreja. "Significa no intentes resistirte, carnala. Déjate llevar, que la vida es pa' quemarla". Sus dedos rozaron tu mano al tomar su cerveza, un toque eléctrico que subió por tu brazo como corriente.
Charlaron una hora que pareció minutos. Él se llamaba Alex, tocaba guitarra en una banda under del DF, odiaba los cubrebocas y amaba las noches sin fin. Tú le contaste de tu curro en una agencia de diseño, lo estresante que era y cómo la música te salvaba el culo. Cada risa compartida tensaba más el aire entre ustedes, sus rodillas chocando bajo la barra, su mirada bajando a tu escote sin disimulo. Consentías cada mirada, cada roce accidental, porque querías que pasara. "Vamos a mi depa, está cerca. Tengo vinilos de Gerard que te van a volar la cabeza", murmuró, su mano en tu cintura guiándote a la salida. Dijiste que sí con la cabeza, el corazón latiéndote en la garganta.
El taxi olía a vinagre y asientos de piel agrietada. Adentro, sus muslos pegados al tuyo, su mano descansando en tu rodilla, subiendo lento, preguntando permiso con los ojos. Tú la cubriste con la tuya, apretando, diciendo sin palabras sigue. Llegaron a su depa en Roma Norte, un cuchitril chido con posters de bandas pegados con cinta y una cama king deshecha. Puso un disco: la voz nasal de Gerard Way llenó el cuarto, "Na Na Na" retumbando suave. "Escucha esto", dijo, sentándose en la cama, jalándote a su lado.
Mierda, su piel quema. Sientes su calor contra tu muslo, ese olor a hombre sudado que te moja las panties. Gerard Way dont try, no intentes parar esto.
El beso empezó tímido, labios secos rozándose, saboreando sal y limón de las chelas. Luego explotó. Su lengua invadió tu boca, caliente y hambrienta, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando tu blusa con dedos torpes pero seguras. Tú gemiste contra su boca, el sonido ahogado por la música, tus uñas clavándose en su nuca. Olía a deseo crudo, ese almizcle que se levanta de la piel cuando el cuerpo grita. Le quitaste la playera, besando su pecho pálido, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. "Gerard Way dont try", susurraste riendo, trazando la frase con la lengua sobre su piel. Él gruñó, volteándote sobre el colchón, su peso delicioso aplastándote.
Sus besos bajaron por tu cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas que ardían como promesas. Tus pechos libres bajo sus palmas ásperas, pezones endureciéndose al roce de sus pulgares. "Estás cañona, pinche rica", masculló en tu oído, voz entrecortada. Tú arqueaste la espalda, manos en su cinturón, desabrochándolo con prisa. Su verga saltó libre, dura y palpitante, venosa bajo tus dedos curiosos. La acariciaste lento, sintiendo el pulso acelerado, el calor que irradiaba. Él jadeó, besándote el vientre, bajando hasta tus muslos temblorosos.
Te abrió las piernas con gentileza, inhalando profundo tu aroma dulce y húmedo. "Chécame qué chingona estás", dijo, lengua plana lamiendo tu clítoris hinchado. El placer fue un rayo: chispas detrás de tus párpados cerrados, caderas moviéndose solas contra su boca. Gemías alto, sin pudor, el cuarto lleno de sonidos mojados y la música de fondo. Sus dedos entraron en ti, curvándose justo ahí, frotando ese punto que te hacía ver estrellas. Olías tu propia excitación mezclada con su sudor, sentías cada vena de su lengua, cada roce áspero de su barba incipiente en tus muslos internos.
No pares, cabrón. Siente cómo te moja toda, cómo tu cuerpo ruega por él. Dont try resistir, solo córrete.
Lo jalaste arriba, guiando su verga a tu entrada resbalosa. "Métemela ya, Alex", suplicaste, voz ronca. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. Ambos gritaron, piel contra piel chocando húmeda. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para clavarse profundo, golpeando ese ángulo perfecto. Tus uñas rasguñaron su espalda, dejando surcos rojos, mientras él te chingaba más fuerte, cama crujiendo bajo el ritmo. Sudor goteaba de su frente a tu pecho, salado en tu lengua cuando lo lamiste. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y animal.
Aceleró, embestidas brutales pero consentidas, tus piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo firme. "Más, pendejo, dame más", exigías, empoderada en tu placer. Él obedecía, mano entre sus cuerpos frotando tu clítoris en círculos rápidos. La tensión creció como una ola, vientre contrayéndose, pulmones ardiendo. "Me vengo, me vengo", anunciaste, y explotaste: espasmos violentos, paredes apretándolo, jugos calientes empapando las sábanas. Él rugió, clavándose una última vez, llenándote con chorros calientes que sentiste pulsar dentro.
Colapsaron juntos, jadeos entrecortados mezclándose con el fade out de la canción. Su peso sobre ti era perfecto, protector. Besos perezosos en tu hombro, dedos trazando patrones en tu piel mojada. "Pinche increíble", murmuró, rodando a un lado para atraerte contra su pecho. Olías a él, a ustedes, a satisfacción cruda. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro todo era calma tibia.
Gerard Way dont try. No intentaste, y valió la pena cada segundo. Mañana quién sabe, pero esta noche fue tuya.
Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, riendo bajito de tonterías hasta que el sueño los venció. El eco de la música aún vibraba en tu piel, un recordatorio sensual de no resistir nunca más.