Mazo con Trío de Mosqueteras
La fiesta en la casa de mi carnal en Polanco estaba a todo lo que daba. Luces de neón parpadeando al ritmo de la cumbia rebajada, olor a tacos al pastor flotando desde la terraza y un chorro de chelas frías sudando en las manos de todos. Yo, Alex, acababa de llegar de un viaje relámpago a Guadalajara, con el cuerpo todavía vibrando de la adrenalina del avión. Me abrí paso entre la raza bailando, buscando un trago, cuando las vi: tres chavas disfrazadas de mosqueteras, con esos sombreros emplumados, botas altas hasta las rodillas y espadines colgando de sus cintos. Parecían salidas de una película cachonda, con blusas ajustadas que marcaban sus curvas y faldas cortas que dejaban ver muslos firmes y bronceados.
¿Qué chingados? ¿Mosqueteras en una fiesta de disfraces? Esto se pone interesante, pensé mientras me acercaba. La primera, morena de ojos verdes y labios carnosos, se llamaba Karla; la segunda, güera con tetas que pedían a gritos ser tocadas, era Sofía; y la tercera, chaparrita pero con un culo de infarto, respondía al nombre de Daniela. Se reían a carcajadas, con vasos de margarita en la mano, y cuando me vieron, Karla levantó su espada de juguete como saludo.
—¡En garde, guapo! —gritó Sofía, guiñándome el ojo—. ¿Quieres unirte a nuestro mazo con trío de mosqueteras? Estamos armando un juego que te va a volar la cabeza.
Mi pulso se aceleró. El aire olía a su perfume mezclado con sudor fresco de baile, un aroma dulce y salado que me erizó la piel. Asentí, intrigado, y nos fuimos a un rincón del jardín, bajo un toldo iluminado por guirnaldas. Sacaron un mazo de cartas españolas, de esos con ases y reyes pintados a mano, y explicaron las reglas: strip poker con twist mexicano. Perdedor se quita algo o hace un reto.
Estas pinches mosqueteras no juegan limpio, pero qué rico se ve el riesgo, me dije, sintiendo el calor subir por mi entrepierna.
El juego arrancó con risas y coqueteos. Repartí las cartas, el roce de mis dedos contra los de Daniela enviando chispas. Ella barajaba como experta, sus uñas rojas rozando el cartón con un sonido rasposo que me ponía la piel de gallina. Primera ronda: perdí yo. Me quitaron la camisa, y Sofía pasó su mano por mi pecho, su tacto suave como terciopelo caliente, dejando un rastro de fuego. —¡Qué pectorales, wey! Sigamos —dijo Karla, lamiéndose los labios.
La tensión crecía con cada mano. El jardín susurraba con hojas movidas por la brisa nocturna, y el eco distante de la música hacía que nuestros jadeos se mezclaran con el bajo. Segunda ronda, Karla perdió su blusa. Sus pechos saltaron libres, cubiertos solo por un brasier de encaje negro que apenas los contenía. Olían a vainilla y deseo, y cuando me acerqué a olerla disimuladamente, gemí bajito. Esto es un sueño cabrón.
Las miradas se volvieron intensas. Daniela, con las mejillas sonrojadas, se quitó las botas, revelando pies delicados que masajeé como reto. Su piel era suave, cálida, y un gemido escapó de su boca cuando apreté un poco más fuerte. Sofía, juguetona, propuso subir la apuesta: toques íntimos por cada pérdida. Mi verga ya palpitaba dura contra el pantalón, el roce de la tela torturándome con cada movimiento.
En el medio del juego, con el mazo desperdigado en la mesa de madera que crujía bajo nuestros codos, la cosa escaló. Perdí otra vez, y las tres mosqueteras me rodearon. Karla desabrochó mi cinturón con dientes, el sonido metálico del cierre retumbando en mis oídos. —Ahora sí, pendejo, te vamos a desarmar como a un rey de naipes —susurró Sofía, mientras Daniela lamía mi cuello, su lengua húmeda trazando círculos que me hicieron arquear la espalda.
Nos mudamos al sofá de la terraza, el aire fresco contrastando con el calor de sus cuerpos pegados al mío. El olor a sexo empezaba a impregnar todo: ese almizcle dulce de conchas húmedas y vergas listas. Karla se sentó en mi regazo, frotando su falda contra mi erección, el roce áspero de la tela enviando ondas de placer por mi espina. Su peso es perfecto, jode, cómo aprieta. Sofía se arrodilló, bajándome el bóxer con lentitud agonizante, y sacó mi verga al aire libre. El frío de la noche la hizo palpitar, pero su boca caliente la envolvió de inmediato.
Chupaba como diosa, lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado que brotaba. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el beso de Daniela, cuya saliva dulce me inundaba la boca. Sus lenguas bailaban con la mía, un torbellino de sabores: tequila, menta y lujuria pura. Karla se quitó la falda, revelando un tanga empapado que olía a miel caliente. Se frotó contra mí, su clítoris hinchado presionando mi verga a través de la tela fina.
La intensidad subía como fiebre. Rotamos posiciones en el sofá, que rechinaba con cada embestida. Daniela se acostó primero, abriendo las piernas con una sonrisa pícara. —Ven, mosquetero honorario, fóllame con tu espada. La penetré despacio, su concha apretada y resbaladiza envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Olía a mar y almendras, y cada thrust hacía que sus paredes se contrajeran, ordeñándome. Sofía y Karla se besaban encima de nosotros, tetas rozándose, pezones duros como piedras rozando mi pecho.
Esto es el paraíso, wey, tres mosqueteras montándome como en un duelo de placer. Cambié a Sofía, que cabalgaba con furia, su culo rebotando contra mis muslos con palmadas sonoras. Sudor corría por su espalda, salado al lamerlo, y sus gemidos eran música ronca: ¡Más duro, cabrón, rómpeme!. Karla se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su coño chorreante, el sonido chapoteante volviéndome loco.
El clímax se acercaba como tormenta. Las puse a las tres de rodillas en el sofá, verga pasando de boca en boca. Karla succionaba profundo, garganta apretando; Daniela lamía las bolas, lengua juguetona; Sofía besaba el tronco, dientes rozando suave. Mi cuerpo temblaba, pulsos retumbando en oídos, visión nublada por el éxtasis.
Ya no aguanto, pinches diosas.
Exploté en la boca de Karla primero, chorros calientes de semen que tragó con deleite, gimiendo. Luego Sofía y Daniela compartieron el resto, lenguas lamiendo gotas, besándose para pasárselo mutuamente. Me derrumbé entre ellas, cuerpos entrelazados sudados y pegajosos, el aire cargado de nuestro aroma compartido: sexo, sudor y victoria.
Nos quedamos así un rato, respiraciones agitadas calmándose al unísono. Karla acarició mi cabello, —Eres nuestro mosquetero ahora, ¿verdad?. Sofía rio bajito, besando mi hombro. Daniela se acurrucó, su piel tibia contra la mía. El jardín susurraba paz, estrellas testigos de nuestra locura. El mazo con trío de mosqueteras había cambiado mi noche para siempre, pensé, con una sonrisa satisfecha mientras el sueño nos vencía en brazos ajenos.