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Pasión al Estilo Lars vor Trier

7100 palabras

Pasión al Estilo Lars vor Trier

La pantalla del cine en la Roma Norte parpadeaba con las imágenes crudas y provocativas de Lars vor Trier. Me acomodé en el asiento de terciopelo rojo, el aire fresco del lugar mezclado con el aroma sutil de café y pieles calientes. Yo, Valeria, una chamaca de veintiocho que devoraba cine europeo como si fueran tacos al pastor, no podía esperar más. La película, Anticristo, prometía esa intensidad visceral que me ponía la piel de gallina. Alrededor, unas cuantas almas selectas, adultos como yo, buscando algo más que entretenimiento.

Desde el principio, el sonido de las respiraciones agitadas en la cinta me envolvió. El viento ululando en los bosques daneses, el roce de cuerpos desnudos contra la tierra húmeda. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el director me susurrara al oído: Desátate, Valeria, siente todo. Miré de reojo al tipo a mi lado. Alto, moreno, con una playera negra ajustada que marcaba sus hombros anchos. Sus ojos fijos en la pantalla, pero su pierna rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental.

Cuando acabó, las luces subieron lentas, como un suspiro. Él se giró, sonrisa pícara. —Órale, qué pedo con Lars vor Trier, ¿no? Ese cabrón sabe cómo meterte en la cabeza. Su voz grave, con acento chilango puro, me erizó los vellos. —Sí, neta, te revuelve el alma y el cuerpo, le contesté, sintiendo el pulso acelerado. Se llamaba Diego, treintón, diseñador gráfico que coleccionaba DVDs de directores raros. Charlamos en el lobby, el olor a su colonia amaderada mezclándose con mi perfume floral. Esto podría ser el inicio de algo chingón, pensé, mientras sus ojos bajaban un segundo a mis labios.

Salimos a la calle, la noche de la Ciudad de México vibrante con cláxones lejanos y risas de bares cercanos. —Vamos por un mezcal, ¿sale? propuso, y yo asentí, el corazón latiéndome como tambor. En el bar escondido, luces tenues, el humo de cigarros electrónicos flotando, platicamos de Lars vor Trier. De cómo sus pelis te follan la mente, de la liberación en el dolor y el placer. Su mano rozó la mía al pasar el vaso, piel cálida contra piel, y sentí un calor subiendo por mi brazo. Me está coqueteando cañón, me dije, mordiéndome el labio. Él confesó que Ninfómana lo había marcado, esa exploración sin límites del deseo. Yo le conté cómo Melancolía me hacía sentir viva en la destrucción. La tensión crecía, palabras cargadas de doble sentido, miradas que se demoraban en cuellos, en pechos que subían y bajaban con cada respiro.

Media hora después, en su depa en la Juárez, todo moderno con ventanales al skyline. El ascensor nos dejó solos, su cuerpo cerca, el olor a mezcal en su aliento. —Valeria, desde el cine no dejo de imaginarte así, murmuró, y me besó. Labios suaves al principio, luego urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a humo y agave. Gemí bajito, mis manos en su nuca, pelo corto y áspero bajo mis dedos. Caímos en el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido lento, como en una escena de Lars vor Trier, deliberado y crudo.

Esto es real, no peli, pero se siente igual de intenso. Quiero más, que me rompa sin romperme.

Me quitó el vestido, quedé en lencería negra, tetas firmes expuestas al aire fresco. Él se arrodilló, besando mi ombligo, lengua trazando círculos que me hicieron arquear la espalda. —Estás rica, mamacita, gruñó, voz ronca. Olía a sudor limpio y deseo, ese almizcle que enloquece. Le arranqué la playera, pectorales duros, pezones oscuros que chupé, saboreando sal en mi lengua. Sus manos en mis nalgas, amasando carne suave, dedos rozando el encaje húmedo entre mis piernas. Estás mojada cañón, dijo, y yo reí, —Por ti, pendejo, juguetona.

La habitación giraba con luces de neón de la calle filtrándose. Lo empujé a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me monté encima, cabalgando su cintura, sintiendo su verga dura presionando mi coño a través de la tela. Desabroché su jeans, liberándola: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, sabor salado y masculino llenándome la boca. Él jadeó, —Chin... qué chida boca tienes, caderas subiendo. Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva goteando, sus gemidos como música sucia.

Pero quería más equilibrio, como en las pelis de Lars vor Trier, donde el placer duele de tan bueno. Lo volteé, boca en mi clítoris hinchado, lengua danzando círculos rápidos. Sentí explosiones detrás de los ojos, jugos míos en su barbilla, olor a sexo puro invadiendo el cuarto. ¡No pares, cabrón! grité, uñas en su espalda. Dos dedos dentro, curvados tocando ese punto que me hace temblar, mientras su pulgar jugaba mi ano, promesa de más.

El clímax del medio acto llegó cuando me penetró. De lado, pierna mía sobre su cadera, entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —Estás apretada, Valeria, me vas a matar, jadeó. Empujones rítmicos, piel chocando con piel en palmadas húmedas, sudor perlando nuestros cuerpos. Olía a nosotros, mezcla embriagadora. Mis tetas rebotando contra su pecho, pezones rozando duros. Aceleró, yo clavándome en él, —Más fuerte, fóllame como en la peli. Pensé en las escenas prohibidas de Lars vor Trier, esa entrega total.

Esto es mío, nuestro, consensual y jodidamente perfecto. No hay guion, solo instinto.

La intensidad subió, posiciones cambiando como coreografía salvaje. De perrito, él atrás, manos en mis caderas, verga golpeando profundo, bolas contra mi clítoris. Grité, ¡Sí, así, Diego!, el cuarto lleno de nuestros sonidos: jadeos, camas crujiendo, carne húmeda. Me volteó boca arriba, piernas en hombros, penetrando hondo, ojos en ojos. Sudor goteando de su frente a mi boca, salado. Sentí el orgasmo construyéndose, vientre contrayéndose, —Me vengo, me vengo.... Él gruñó, —Yo también, joder.

Explotamos juntos. Mi coño apretándolo en espasmos, olas de placer cegadoras, uñas marcando su espalda. Él se corrió dentro, chorros calientes llenándome, gemido animal. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue dulce: besos suaves, dedos trazando patrones en pieles sensibles. Olía a semen y sudor, pero reconfortante. —Eres increíble, murmuró, acurrucándome. Yo sonreí, —Gracias a Lars vor Trier por la inspiración, ¿no?

Nos quedamos así, skyline titilando afuera, reflexionando en silencio. Esa noche no fue solo sexo; fue catarsis, como las pelis que amamos. Diego y yo sabíamos que esto era el principio, un lazo forjado en deseo puro y mutuo. Mañana, quién sabe, pero por ahora, el cuerpo saciado y el alma en paz.

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