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Tri B Doce con Diclofenaco la Pasión Prohibida

5404 palabras

Tri B Doce con Diclofenaco la Pasión Prohibida

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces neón parpadean como promesas calientes en la noche, conocí a Tri B Doce. No era su nombre real, claro, era un apodo que le pusieron en el gym por su cuerpo esculpido, tres veces B de belleza, doce centímetros de pura tentación en cada músculo marcado. Y con diclofenaco, decía él riendo, porque después de cada sesión de pesas, se untaba esa crema para relajar los dolores, dejando su piel suave, lista para el toque. Yo, Karla, una chava de veintiocho que trabajaba en una tiendita de lencería en Polanco, lo vi por primera vez sudado, con la camiseta pegada al torso, oliendo a hombre fresco mezclado con ese aroma mentolado de la crema.

¡Pinche caliente!, pensé, mientras lo veía flexionarse frente al espejo. ¿Qué no daría por pasar mis uñas por esa espalda?

La tensión empezó esa tarde. Él entró al gym cerca de mi ruta a casa, y yo, con mi leggings ajustado y crop top, no pude evitar mirarlo. Nuestras ojos se cruzaron en el reflejo. Sonrió, esa sonrisa pícara mexicana que dice ya valió, carnala. Me acerqué fingiendo ajustar mi botella de agua.

—Órale, güey, ¿ya te cansaste? —le dije, con voz juguetona, sintiendo el calor subir por mi cuello.

—Nah, mija, con mi tri b doce con diclofenaco estoy listo pa’ lo que caiga —respondió guiñando, frotándose el hombro donde la crema brillaba bajo la luz.

Reí, el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. Ese fue el inicio. Caminamos juntos hacia la salida, platicando de tonterías: el tráfico de Insurgentes, los tacos al pastor que extrañaba de Guadalajara, de donde él era. Su voz grave, con ese acento norteño que me erizaba la piel, me hacía imaginar sus labios en mi cuello.

Al día siguiente, lo busqué. El gym olía a sudor limpio, goma de pesas y ese toque de diclofenaco que ya asociaba con él. Entrenamos lado a lado. Sus brazos rozaban los míos accidentalmente, enviando chispas. Sentía el calor de su piel, el roce áspero de su vello, el pulso acelerado bajo mi palma cuando le corregí la postura en sentadillas.

Quiérete, Karla, no seas pendeja, me dije, pero el deseo crecía como la humedad entre mis muslos.

La segunda semana, la escalada fue inevitable. Después de una clase de zumba donde bailamos pegados, sudados, con reggaetón retumbando, me invitó a su depa en la Roma. “Pa’ un masaje con mi crema secreta”, dijo. Acepté, el estómago revolviéndose de anticipación. Su lugar era modesto pero chido: posters de lucha libre, olor a café de olla y velas de vainilla encendidas.

Me senté en su cama king size, las sábanas frescas rozando mis piernas desnudas bajo el short. Él sacó el tubo de diclofenaco, pero lo dejó a un lado. Sus manos grandes, callosas de tanto hierro, empezaron en mis hombros. El tacto era eléctrico: firme, cálido, deslizándose con aceite que olía a eucalipto y algo más primitivo, su aroma natural.

—Relájate, reina —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Gemí bajito cuando sus dedos bajaron por mi espalda, desatando el bra. El aire fresco besó mi piel expuesta, pezones endureciéndose al instante. Me volteó, ojos clavados en los míos, pidiendo permiso sin palabras. Asentí, jalándolo hacia mí. Nuestros labios chocaron: su boca sabía a chicle de menta y sal de sudor, lengua invadiendo con hambre consentida.

La intensidad subió. Sus manos exploraron mis curvas, apretando nalgas con posesión juguetona. “¡Qué rica, cabrona!”, gruñó, mientras yo le bajaba el bóxer, liberando su tri b doce, duro, venoso, latiendo en mi palma. El tacto aterciopelado sobre acero, el calor palpitante, me mojó más. Lo lamí desde la base, saboreando su esencia salada, muskosa, mientras él jadeaba, dedos enredados en mi pelo.

Esto es lo que necesitaba, este fuego que me quema por dentro

Me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, la fricción perfecta, nos hizo gemir al unísono. Ritmo building: lento al principio, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose, olores de sexo crudo llenando la habitación. Sus embestidas profundas, golpeando ese punto que me hacía arquear, uñas clavándose en su espalda musculosa.

—Más fuerte, pendejo —le rogué, y él obedeció, caderas chocando con fuerza, cama crujiendo como en pleito de box.

El clímax nos tomó como tormenta. Sentí las contracciones primero, olas de placer subiendo desde el vientre, explotando en grito ahogado. Él se tensó, gruñendo mi nombre, calor inundándome mientras colapsábamos, entrelazados, pulsos sincronizados latiendo como uno.

En el afterglow, yacimos pegados, su pecho subiendo y bajando contra mis senos. El aire olía a nosotros: semen, sudor, crema de diclofenaco olvidada en la mesita. Besos suaves, risas cansadas.

—Eres mi adicción ahora, no esa crema —dijo, acariciando mi mejilla.

Sonreí, sabiendo que esto era solo el principio. En la Ciudad de México, donde todo pasa rápido, Tri B Doce con diclofenaco se convirtió en mi vicio dulce, consensual, ardiente. Y cada noche, el deseo renacía, listo para más.

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