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Cogidas en Trío Inolvidables

6262 palabras

Cogidas en Trío Inolvidables

Era una noche de esas que se sienten en el aire, cargada de promesas y calorcito que sube desde el estómago. Vivíamos en un depa chido en la Condesa, Marco y yo, con vistas a los árboles que se mecían con la brisa nocturna. Hacíamos tres años que andábamos juntos, y la rutina empezaba a picar un poquito, pero en el buen sentido, como cuando quieres avivar el fuego. Una chela en la mano, música de Natalia Lafourcade de fondo bajita, y de repente, Marco me suelta la bomba.

—Neta, Ana, ¿has pensado en cogidas en trío? Como con alguien que nos prenda a los dos.

Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome fuerte en el pecho. No era la primera vez que lo platicábamos en la cama, sudados y jadeantes después de una buena follada, pero ahora lo decía en serio. Yo, con mi piel morena brillando bajo la luz amarilla de la lámpara, sentí un cosquilleo entre las piernas.

¿Y si sí? ¿Y si invito a Sofía? Esa morra es fuego puro, con sus curvas que matan y esa risa que te hace querer comértela.
Sofía, mi compa de la uni, soltera y siempre lista para la aventura.

Le mandé un whatssapp esa misma noche: "Wey, ¿vienes a platicar? Trae ganas de locuras". Llegó media hora después, con un vestidito negro que se le pegaba al cuerpo como segunda piel, oliendo a vainilla y algo más picante, como deseo puro. Nos sentamos en el sofá de terciopelo, chelas frías sudando en las manos, y el tema fluyó natural, como el tequila que nos echamos después.

Si es con pinche consentimiento y buena onda, ¿por qué no? —dijo Sofía, sus ojos cafés clavados en los míos, luego en los de Marco. Él, con su sonrisa pícara y esos brazos tatuados que me volvían loca, asentía. El aire se espesó, olía a anticipación, a piel caliente que aún no se toca.

La tensión crecía despacito, como el calor que sube por las nalgas cuando te sientas en una silla recalentada. Empecé yo, rozando la pierna de Sofía con la mía, sintiendo la suavidad de su piel depilada, ese roce eléctrico que eriza el vello. Marco nos veía, su verga ya medio parada bajo los jeans, el bulto evidente. Chingón, pensé, esto va a estar de poca madre.

Acto seguido, nos besamos las tres bocas en un enredo de lenguas húmedas y calientes. Sabían a cerveza y a menta, con un toque salado de sudor naciente. Las manos de Sofía en mis chichis, apretando suave, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedritas. Marco nos comía con los ojos, su respiración ronca llenando la sala. Me quité la blusa, dejando mis tetas al aire, grandes y firmes, y Sofía se lanzó a mamarlas, chupando con hambre, el sonido de succión mojada retumbando en mis oídos.

¡Puta madre, qué rico! Nunca imaginé que una lengua de morra me pondría tan caliente.
Marco se acercó por detrás, besándome el cuello, su aliento caliente contra mi oreja, mientras sus dedos bajaban por mi espalda, desabrochando mi brasier. Olía a su colonia, esa que me hace mojarme al instante, mezclada con el aroma almizclado de nuestras excitaciones.

Nos movimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Sofía se desnudó primero, su panocha rasurada brillando de jugos, labios hinchados y rosados invitando. Yo la besé ahí, lamiendo despacio, saboreando su salado dulce, mientras Marco se sacaba la verga gruesa, venosa, lista para la acción. Ella gemía bajito, "¡Ay, wey, no pares!", sus caderas moviéndose contra mi boca, el olor a sexo fresco invadiendo todo.

Marco se unió, metiéndome los dedos en mi chatita empapada, dos, tres, curvándolos para darme en el punto G. Sentía el pulso acelerado en mi clítoris, latiendo como tambor. Las cogidas en trío empezaban a tomar forma, pensé, mientras lo montaba a horcajadas, su pito entrando centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Sofía se sentó en su cara, él lamiéndola con ganas, sus bolas peludas rozando mis muslos.

El ritmo subió, sudor perlando nuestras pieles, resbaloso y salado al lamerlo. Yo rebotaba en Marco, mis nalgas chocando contra sus huevos con un plaf plaf rítmico, mientras Sofía se tocaba las tetas, pellizcándose los pezones oscuros. Intercambiamos posiciones: ahora Sofía en cuatro, Marco cogiéndola por atrás, su verga desapareciendo en esa panocha prieta, y yo debajo, lamiendo sus clítoris y sus jugos mezclados con los de él. El sabor era adictivo, una mezcla de ella y él, crudo y carnal.

¡Qué chido! El cuarto olía a sexo puro, a fluidos y piel caliente, la luz de la luna colándose por la ventana iluminando nuestros cuerpos entrelazados. Sentía el calor de Marco en mi interior cuando me la metió de nuevo, esta vez con Sofía besándome, nuestras lenguas danzando mientras él nos daba verga alternadamente. Mis paredes vaginales se contraían, apretándolo, el placer subiendo como ola imparable.

En el clímax, todo explotó. Marco gruñía como animal, "¡Me vengo, cabrones!", llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Yo me corrí gritando, el orgasmo partiéndome en dos, espasmos que me hacían temblar, el clítoris hinchado pulsando. Sofía se unió, frotándose contra mi pierna, su corrida mojándome la piel, un charco tibio y pegajoso.

Nos quedamos tirados, jadeantes, el pecho subiendo y bajando en sincronía. El aire fresco de la noche entraba por la ventana entreabierta, secando el sudor de nuestros cuerpos exhaustos. Marco me abrazó por un lado, Sofía por el otro, sus pieles suaves contra la mía, un nido de calor humano.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, puta libertad compartida.

Al día siguiente, con café humeante en las manos y el sol filtrándose dorado, platicamos. No hubo culpas, solo sonrisas picas y promesas de más. Sofía se fue con un beso en la boca para cada uno, su culo meneándose en el pasillo. Marco y yo nos miramos, más unidos que nunca. Las cogidas en trío habían avivado nuestra llama, no la apagado. Y así, en la rutina diaria de la ciudad que nunca duerme, guardamos ese secreto ardiente, listo para repetirse cuando el deseo apriete de nuevo.

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