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El Trío Sex que Nos Enloqueció

5904 palabras

El Trío Sex que Nos Enloqueció

Era una noche de esas que no se olvidan en la Riviera Maya, con el mar susurrando chismes al ritmo de las olas y el aire cargado de sal y promesas. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y estaba con mi carnal, Javier, en una cabaña rentada que olía a madera fresca y coco. Habíamos invitado a su compa de la uni, Marco, un morro alto y atlético con ojos que te desnudaban sin esfuerzo. Órale, qué chido tenerlo aquí, pensé mientras servía unas chelas frías, el vidrio sudando como mi piel bajo el sol poniente.

La tensión empezó con risas y miradas que se cruzaban como chispas. Javier, con su sonrisa pícara y ese tatuaje en el pecho que me volvía loca, me jaló para un beso que sabía a tequila y limón. Marco nos vio desde el sillón de mimbre, su mirada fija en mis curvas bajo el vestido ligero.

"¿Qué pasa, carnales? ¿Ya se armó la fiesta?"
dijo él, con esa voz grave que vibraba en mi vientre.

Nos sentamos en la terraza, las estrellas saliendo como testigos mudos. Hablamos de todo y nada: de cómo el mar nos hacía sentir vivos, de las aventuras que nos faltaban por vivir. Javier me acarició la pierna, su mano cálida subiendo despacio, y yo sentí un cosquilleo que me erizó la piel. Marco no se quedaba atrás; se acercó, oliendo a arena y hombre, y rozó mi hombro con los dedos. Esto va a estar cañón, me dije, el corazón latiéndome como tambor en fiesta patronal.

El deseo creció como la marea. Javier me besó el cuello, su aliento caliente contra mi oreja: "Nena, mira cómo nos ve Marco. ¿Te late?" Asentí, mordiéndome el labio, mientras Marco se unía, sus labios rozando los míos en un beso suave al principio, luego hambriento. Sabía a sal y menta, y su lengua exploraba con maestría. Javier observaba, su verga ya dura presionando contra mis nalgas cuando me senté en su regazo.

Entramos a la cabaña, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. La luz de las velas parpadeaba, proyectando sombras que bailaban como amantes. Me quitaron el vestido con manos ansiosas pero tiernas; sentí sus pieles contra la mía, ásperas y suaves a la vez. Javier lamió mis pechos, succionando mis pezones hasta que gemí, un sonido gutural que llenó la habitación. Marco se arrodilló, besando mi ombligo y bajando, su aliento caliente en mi panocha ya húmeda.

¡Qué delicia, dos hombres adorándome así! pensé, mientras Marco separaba mis labios con la lengua, lamiendo lento, saboreando mi jugo dulce y salado. Javier me besaba la boca, tragándose mis jadeos. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, mezclado con el jazmín del jardín. Mis manos exploraban: la verga gruesa de Javier, palpitante en mi palma, y la de Marco, larga y venosa, que chupé con ganas, sintiendo su sabor almizclado en la lengua.

La intensidad subió cuando me tumbaron en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Javier se colocó detrás, frotando su verga contra mi culo mientras Marco entraba en mí de frente, despacio, centímetro a centímetro.

"¡Ay, cabrón, qué rica estás!"
gruñó Marco, sus caderas moviéndose en ritmo hipnótico. Yo arqueé la espalda, sintiendo cómo me llenaba, el roce perfecto contra mi clítoris hinchado.

Javier no se hizo esperar; lubricó con mi propia humedad y empujó en mi culo, un estirón delicioso que me hizo gritar de placer. "Relájate, mi amor, te vamos a hacer volar", murmuró él en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Ahora los dos dentro de mí, sincronizados como en una danza ancestral mexicana, sus vergas rozándose separadas solo por mi carne temblorosa. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteos húmedos, mis gemidos mezclados con sus gruñidos roncos.

El sudor nos unía, gotas saladas resbalando por espaldas y pechos. Olía a nosotros, a deseo puro, a trío sex que nos consumía. Cambiamos posiciones; yo encima de Marco, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras Javier me follaba la boca. Su verga sabe a mí, a nosotros, pensé, chupando con avidez, la saliva goteando por mi barbilla. Marco pellizcaba mis nalgas,

"¡Mamacita, muévete así, qué chingón!"

La tensión psicológica era brutal. En mi mente, flashes de duda: ¿Y si esto cambia todo? ¿Y si no puedo parar? Pero el placer las borraba. Javier era mi ancla, su mirada de amor puro diciéndome que esto nos unía más. Marco, el forastero excitante, añadía el picante perfecto. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de sus vergas.

Escalamos juntos. Marco aceleró, sus embestidas profundas golpeando mi punto G. Javier me follaba el culo con fuerza controlada, su mano en mi clítoris frotando en círculos. "Ven, Ana, córrete para nosotros", jadeó Javier. Y exploté. Un grito primal salió de mi garganta, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando por las piernas de Marco. Ellos siguieron, gruñendo, hasta que Marco se corrió dentro de mí, caliente y espeso, y Javier en mi boca, su leche salada que tragué con deleite.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Javier me besó la frente, Marco mi mano. Esto fue más que sexo; fue conexión, libertad, reflexioné, mientras el mar cantaba afuera. Hablamos en susurros, riendo de lo intenso, prometiendo más noches así.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos duchamos juntos, jabón resbalando por pieles sensibles. No hubo arrepentimientos, solo un vínculo más fuerte. El trío sex nos había enloquecido, pero también nos había hecho renacer. Y yo, Ana, sabía que esto era solo el principio de nuestras aventuras en esta tierra de pasión mexicana.

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