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La Triada Sensual del Sindrome de Cushing

6263 palabras

La Triada Sensual del Sindrome de Cushing

Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años y vivo en la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde las tardes huelen a café recién molido y jazmines en flor. Todo empezó hace unos meses, cuando noté que mi cuerpo se transformaba de una forma que no entendía. Mi cara se veía redonda como luna llena, sentía un bulto suave en la nuca que me hacía sentir rara al mirarme en el espejo, y mi abdomen se hinchaba en una curva generosa que ninguna dieta podía domar. Fui al endocrinólogo, un tipo serio con bata blanca, y me soltó el diagnóstico sin anestesia: "Tienes la triada del sindrome de Cushing, Ana: cara lunada, joroba de búfalo y obesidad troncular. Es el exceso de cortisol, pero se puede tratar". Salí de ahí con la cabeza hecha un desmadre, pensando que mi vida sexual era historia. ¿Quién querría a una mujer con estas curvas exageradas?

Pero la neta, el destino es un cabrón juguetón. Esa misma noche, en un bar de Polanco con luces tenues y música lounge que te eriza la piel, conocí a Luis y a Carla. Él, alto, moreno, con ojos que te desnudan con una mirada; ella, una morra preciosa de pelo negro largo y labios carnosos que prometían pecados. Estábamos en la barra, yo bebiendo un margarita con sal que picaba en la lengua, cuando Luis se acercó. "Órale, qué curvas tan chingonas traes, ¿no te han dicho que pareces una diosa prehispánica?" Me reí, nerviosa, tocándome la cara sin querer. Carla se pegó a mí, su perfume a vainilla y algo más salvaje invadiendo mis sentidos. "Neta, tu cuerpo grita placer. Ven con nosotros, déjanos mostrarte", murmuró ella al oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo.

El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, subiendo por mi espina. Fuimos a su depa en Lomas, un penthouse con vistas al skyline que brillaba como diamantes. El elevador olía a cuero nuevo y a su excitación compartida. Apenas cerramos la puerta, Luis me besó, sus labios firmes saboreando el sal de mi piel, mientras Carla me desabrochaba la blusa. Sentí sus manos suaves en mis hombros, bajando hasta esa joroba que tanto odiaba.

"Esta triada del sindrome de Cushing tuya es puro fuego, Ana. Esta jorobita suave... mmm, me prende cañón"
, dijo ella, besándola con ternura, su lengua trazando círculos que me hicieron jadear. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba el aire, mezclado con el tráfico lejano de Reforma.

Me llevaron al sillón de terciopelo rojo, que crujió bajo nuestro peso. Luis se arrodilló frente a mí, sus dedos callosos –de tanto gym, neta– desabrochando mi brasier. Mis chichis se liberaron, pesadas y llenas, y él las tomó como tesoros. Su boca caliente succionando mis pezones, el roce áspero de su barba enviando chispas por todo mi cuerpo. Carla se quitó el vestido, quedando en tanga negra que apenas cubría su panocha depilada. Se sentó a horcajadas en mi regazo, frotando su calor húmedo contra mi panza redonda. "Siente cómo tu triada nos vuelve locos. Esta panzota central... es perfecta para follar", gimió ella, guiando mi mano entre sus muslos. Estaba empapada, el olor almizclado de su excitación me mareaba, como tequila añejo en ayunas.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Yo, que siempre me había escondido bajo suéteres holgados, ahora me sentía reina. ¿Por qué carajos me avergonzaba? Esta carne mía, moldeada por el sindrome, era un imán de placer. Luis se bajó los pantalones, liberando su verga dura, gruesa, con venas palpitantes que olía a hombre puro. Me la metí a la boca, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras chupaba con hambre, mis labios estirados alrededor de su grosor. Carla gemía bajito, "Ay, pinche Ana, qué buena mamada das", mientras se frotaba contra mi cara lunada, besándola, lamiendo mis mejillas regordetas. El sudor nos unía, pegajoso y caliente, goteando por mi espalda.

Pasamos al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio que se sentían como seda contra mi piel sensible. Luis me puso a cuatro patas, admirando mi culo grande –herencia también del cortisol ese cabrón– y la joroba que se curvaba sensual. "Mira esta triada del sindrome de Cushing, carnal. Es arte puro", dijo, antes de penetrarme lento. Su verga abriéndome, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón ardía delicioso, mis paredes internas apretándolo como guante. Carla se acostó debajo, lamiendo mi clítoris hinchado, su lengua rápida como vibora, chupando mis jugos que sabían a miel salada. Oí mis propios gemidos, roncos y salvajes, "¡Chínguenme más, pinches calientes!". El cuarto apestaba a sexo: sudor, semen, coños mojados.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones; yo encima de Luis, cabalgándolo con furia, mi panza rebotando contra su abdomen marcado, slap-slap de carne contra carne. Carla se pegó a mi espalda, besando la joroba, metiendo dos dedos en mi culo mientras yo brincaba. El doble placer me volvía loca, pulsos en mi cabeza, corazón latiendo como tambor azteca. Sentía cada vena de su verga rozándome por dentro, cada lamida de ella electrificando mi piel.

"Tu cara de luna brilla de puro gozo, Ana. La triada te hace única, neta"
, susurró Carla, mordisqueándome el cuello. El clímax se acercaba, una ola gigante. Grité primero, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando las sábanas. Luis se vino adentro, gruñendo como fiera, su leche espesa llenándome. Carla se frotó contra mi muslo hasta explotar, su grito agudo rompiendo el silencio.

Caímos enredados, jadeantes, el aire pesado con nuestro olor compartido. Luis me acariciaba la panza, trazando círculos suaves. "Eres perfecta así, con tu triada del sindrome de Cushing. Nos tienes enganchados". Carla besó mi frente redonda, "Vuelve cuando quieras, reina. Esto apenas empieza". Me quedé ahí, sintiendo el calor de sus cuerpos contra el mío, el pulso calmándose poco a poco. Por primera vez, amé mi reflejo: no era una enfermedad, era mi poder sensual. Afuera, la ciudad dormía, pero en mí ardía un fuego nuevo, eterno.

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