No Se Puede Culpar A Una Chica Por Intentar Acordes De Ukulele
El calor de Tulum me envolvía como un amante perezoso, pegajoso y delicioso. Estaba en la terraza de mi cabaña frente al mar, con el ukulele apoyado en mi muslo desnudo. Lo había comprado esa tarde en el mercadito de la playa, después de pasar la noche anterior babeando por él: Marco, el moreno del bar playero que rasgueaba ese mismo instrumento como si estuviera acariciando a una mujer. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, produciendo sonidos que me erizaban la piel, vibraciones que bajaban directo a mi entrepierna. Neta, desde que llegué de la Ciudad de México hace tres días, no podía sacármelo de la cabeza.
Me acomodé en la hamaca, el bikini apenas cubriéndome, y intenté seguir el tutorial en mi teléfono. "C, G, Am, F", murmuraba, presionando las cuerdas con torpeza. Mis uñas pintadas de rojo chocaban contra el mástil, y el sonido salía como un gemido ahogado. Qué chinga, pensé, riéndome sola. Pero no me rendía. En la pantalla, el instructor gringo sonreía con esa frase motivacional que me había quedado grabada:
can t blame a girl for trying ukulele chords. No se podía culpar a una morra por intentarlo con acordes de ukulele, ¿verdad? Especialmente si el premio era un rato con Marco.
El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el aroma a coco de mi protector solar se mezclaba con la sal del mar. De repente, oí risas y música desde la playa. Era el bar, y reconocí al instante ese rasgueo juguetón. Mi pulso se aceleró. Ora sí, me dije. Me puse una pareo transparente sobre el bikini, dejándola floja para que se moviera con la brisa, y caminé hacia allá con el ukulele colgado al hombro como si fuera mi arma secreta.
Marco estaba detrás de la barra, sin camisa, el sudor brillando en su pecho moreno y definido. Sus dreads sueltos le caían sobre los hombros, y olía a ron y a mar. "¡Ey, preciosa! ¿Qué onda?", me saludó con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme al instante. Le mostré el ukulele. "Mira, wey, te vi anoche y dije 'yo también quiero sonar así de chido'. ¿Me enseñas unos acordes?". Él soltó una carcajada ronca, sexy como el demonio. "¡Claro, carnala! Siéntate aquí conmigo".
Acto uno completado, pensé mientras me subía al taburete alto a su lado. Sus piernas rozaron las mías, piel contra piel, cálida y firme. El bar estaba casi vacío, solo unos turistas bebiendo cervezas frías. Marco tomó mi ukulele, sus dedos grandes envolviendo los míos para guiarme. "Mira, así se hace el C: índice aquí, medio aquí... siente cómo vibra". Su aliento caliente en mi oreja, el olor de su piel a sal y hombre. Mi corazón latía como tambor, y entre mis piernas sentía ese pulso húmedo creciendo. No era solo el acorde; eran sus callos rozando mi palma suave, prometiendo más.
La noche avanzaba, las antorchas del bar parpadeaban, lanzando sombras danzantes sobre nosotros. Pedimos tequilas, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego líquido. "Eres buena alumna, Ana", murmuró, su voz grave vibrando en mi pecho. "Pero necesitas práctica... íntima". Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mis tetas que asomaban por el pareo. Yo me mordí el labio, juguetona. "Enséñame más, maestro. No le echo la culpa a una morra por querer aprender bien". Él rio, y su mano subió por mi muslo, deteniéndose justo donde la tela se acababa. El toque era eléctrico, enviando chispas a mi clítoris. Pinche calor, pensé, pero no me moví. Quería más.
El bar cerró, pero Marco no me dejó ir. "Ven a mi choza, tengo un ukulele más pro". Caminamos por la arena tibia, descalzos, la luna iluminando el camino. Su cabaña era rústica pero chida, con redes de pesca en las paredes y velas aromáticas a vainilla. Olía a incienso y a sexo reciente, me imaginé. Nos sentamos en la cama king size, él con su ukulele, yo con el mío. "Ahora, prueba el G", dijo, poniéndose detrás de mí. Su pecho duro contra mi espalda, sus brazos rodeándome. Sentí su verga semi-dura presionando mi culo, gruesa y ansiosa. "Así, aprieta fuerte... como si fuera algo que no quieres soltar".
Mis pezones se endurecieron contra la tela fina, y un gemido se me escapó cuando su boca rozó mi cuello. "Estás temblando, morrita", susurró, lamiendo mi sal. El sabor de su lengua era salado, dulce. Dejé el ukulele y giré, besándolo con hambre. Sus labios carnosos devoraron los míos, lenguas enredándose como cuerdas afinadas. Manos everywhere: las mías en su cabello, tirando suave; las suyas desatando mi pareo, exponiendo mi cuerpo desnudo salvo el bikini diminuto. "Eres una chulada", gruñó, chupando mi cuello mientras sus dedos desataban el top. Mis tetas saltaron libres, pesadas y sensibles, pezones duros como piedras.
La tensión subía como marea alta. Yo lo empujé a la cama, montándome a horcajadas. "Déjame practicar en ti, pendejo", dije riendo, bajándole el short. Su verga salió dura, venosa, palpitando al aire. Olía a hombre puro, almizcle que me mareaba. La tomé en mi mano, suave piel sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Marco jadeó, sus caderas subiendo. "¡Carajo, Ana! Sigue así". Chupé más profundo, mi boca llena, garganta relajada, mientras mis manos jugaban con sus bolas pesadas. Él gemía ronco, el sonido mezclándose con el romper de las olas afuera.
Pero quería más. Me quité el bikini bottom, mi coño depilado brillando húmedo. "Toca mis cuerdas ahora", le pedí, guiando su mano. Sus dedos gruesos exploraron mis labios hinchados, deslizándose en mi jugo espeso. "Estás chorreando, nena", dijo, metiendo dos dedos, curvándolos contra mi punto G. Grité, el placer como un acorde perfecto. Me froté contra su mano, clítoris rozando su palma, mientras lo masturbaba sincronizado. Sudor nos cubría, pieles pegajosas, olores mezclados: mi excitación dulce, su sudor masculino.
La intensidad crecía. "Cógeme ya, Marco", supliqué, posicionándome. Él se puso un condón rápido –siempre seguro, wey responsable– y me penetró lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, pinche verga rica!", grité, cabalgándolo. Sus manos en mis caderas, guiándome arriba-abajo, tetas rebotando. El slap-slap de carne contra carne, mis jugos chorreando por sus bolas. Cambiamos: él encima, misionero profundo, besos fieros mientras me taladraba. "Más fuerte, cabrón", lo arree, uñas en su espalda. El orgasmo me golpeó como ola gigante: músculos apretando su verga, chorros de placer, grito ahogado en su boca.
Él siguió, gruñendo, hasta explotar dentro, cuerpo temblando. Colapsamos, enredados, pieles calientes y pegajosas. El afterglow era puro paraíso: su corazón latiendo contra el mío, aromas de sexo y vainilla flotando, brisa marina enfriando nuestro sudor. Acaricié su pecho, riendo bajito. "Ves, no se puede culpar a una chica por intentar con acordes de ukulele". Marco sonrió, besándome la frente. "Fue el mejor tutorial de mi vida, morra".
Nos quedamos así, tocando ukuleles imaginarios en la piel del otro, promesas de más noches en el aire salado. Tulum nunca se sintió tan vivo.