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Sigue Intentando Mi Rey

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Sigue Intentando Mi Rey

El aroma del mole poblano flotaba en el aire de nuestro depa en la Condesa, mezclado con el humo lejano de los taqueros de la calle. Era viernes por la noche, y tú, mi rey, habías llegado con esa sonrisa pícara que me hace derretir las rodillas. Llevábamos tres meses de puro fuego, pero esta vez querías algo especial. "Hoy te voy a hacer volar, carnala", me dijiste mientras me jalabas por la cintura hacia la cocina. Tus manos grandes, callosas de tanto gym, se clavaron en mis caderas, y sentí ese cosquilleo que sube desde el estómago hasta los pezones.

Yo, con mi vestido negro ajustado que resalta mis curvas morenas, me giré para besarte. Nuestros labios se chocaron suaves al principio, como probando el sabor del tequila que acabábamos de abrir. Órale, qué rico sabes, pensé mientras tu lengua jugaba con la mía, explorando, húmeda y caliente. El sonido de la ciudad entraba por la ventana abierta: cláxones, risas de borrachos, un mariachi lejano. Pero nada importaba más que tu aliento en mi cuello, oliendo a hombre, a sudor fresco y colonia barata que me enloquece.

Te aparté un poco, juguetona. "¿Y qué traes en mente, pendejo?" te pregunté, mordiéndome el labio. Tú reíste, esa risa grave que vibra en mi pecho, y me cargaste como si no pesara nada hasta el sillón. Tus ojos cafés me devoraban, bajando por mis tetas, mi panza suave, hasta mis muslos prietos.

"Quiero hacerte venir como nunca, mi reina. Pero vas a tener que guiarme."
Sentí un calor húmedo entre las piernas solo de imaginarlo. La tensión ya empezaba, ese pulso lento en mi clítoris que pedía más.

Nos besamos de nuevo, más intenso. Tus manos subieron por mis muslos, rozando la piel sensible detrás de las rodillas. Cada roce era electricidad: áspero de tus dedos, suave mi piel depilada. Te quité la playera, revelando ese pecho tatuado con un águila chida, y lamí tus pezones duros, saboreando el salado de tu sudor. Tú gemiste bajito, "Neta, me matas", y metiste la mano bajo mi vestido. Encontraste mis calzones empapados, y frotaste despacio sobre la tela. Ay, cabrón, justo ahí.

Pero no era suficiente. Te quería desnuda, vulnerable. Me levantaste el vestido por la cabeza, y quedé en bra y tanga. Tus ojos se agrandaron, bebiendo mi cuerpo: tetas grandes con areolas oscuras, cintura marcada, culo redondo que tanto te gusta agarrar. Me acostaste en el sillón, el cuero frío contra mi espalda ardiente, y bajaste besando mi cuello, mis tetas. Chupaste un pezón, tirando suave con los dientes, mientras tu mano masajeaba el otro. El placer era un zumbido en mi piel, olor a mi propia excitación llenando el aire, dulce y almizclado.

Sigue intentando, pensé, porque sabía que esto era solo el principio. Tus dedos bajaron a mi tanga, la jalaste a un lado y tocaste mi panocha resbalosa.

"Estás chingada de mojada, amor."
Metiste un dedo, luego dos, curvándolos buscando ese punto. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mis jugos chapoteando con cada embestida. Pero no llegué. No aún. Te miré jadeante: "Keep trying, mi rey. Estás cerca."

La noche se volvía más densa. Te quitaste el pantalón, y tu verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor palpitante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La masturbé despacio, oliendo ese musk masculino que me hace babear. Tú gruñiste, "No pares, güey", pero yo quería más juego. Te empujé al sillón y me subí encima, frotando mi raja mojada contra tu tronco duro. El roce era exquisito: mi clítoris hinchado deslizándose sobre tu piel, lubricada por mis fluidos. Tus manos en mi culo, amasando, separando nalgas.

Internalmente luchaba: Quiere complacerme tanto, el pobre. Pero yo soy complicada, me toma tiempo. Le susurré al oído: "Sigue intentando, carnal. Usa la boca." Bajé de ti y abrí las piernas en el sillón, exponiendo mi concha rosada, labios hinchados brillando. Tú te arrodillaste, el piso de madera crujiendo bajo tu peso. Primero besaste mis muslos internos, la piel temblorosa, oliendo mi aroma intenso. Luego tu lengua tocó mi clítoris, plana y lenta. ¡Pinche sí! Lamiste en círculos, chupando suave, mientras dos dedos follaban adentro. El sonido era obsceno: succiones húmedas, mis gemidos roncos mezclados con tu respiración agitada.

La tensión crecía como una ola. Sentía mi pulso en la garganta, en las sienes, en mi centro palpitante. Tus bigotes rozaban mis labios sensibles, un picor delicioso.

"¿Así, amor? ¿O más rápido?"
preguntaste, levantando la vista con ojos lujuriosos. "Más fuerte, keep trying", respondí, jalándote el pelo. Aceleraste, lengua vibrando, dedos curvados golpeando mi G perfecto. El placer subía en espiral: calor líquido en mi vientre, pezones duros como piedras, sudor perlando mi piel. Casi, tan cerca, pero mi cuerpo se resistía, queriendo más.

Te incorporé, desesperada por sentirte dentro. Te puse un condón rápido –siempre seguros, mi rey– y me monté a horcajadas. Tu verga entró de un jalón, estirándome deliciosamente. ¡Qué llenada, cabrón! Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el golpe de tus bolas contra mi culo. El sillón rechinaba con cada bajada, aire cargado de sexo: olor a piel sudada, a goma del condón, a mi corrida que chorreaba. Tus manos guiaban mis caderas, pulgares en mi clítoris frotando.

Ahora la intensidad era brutal. Cambiamos: tú encima, misionero profundo. Tus embestidas eran potentes, caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. "Sigue intentando, no pares", jadeaba yo, uñas clavadas en tu espalda. Sudor goteaba de tu frente a mi boca, salado y caliente. Mi concha se contraía alrededor de tu verga, ordeñándola, el placer acumulándose como tormenta. Pensamientos fragmentados: Es mío, me folla como nadie, lo amo tanto.

De lado ahora, tu brazo bajo mi cuello, verga entrando desde atrás mientras tu mano pellizcaba mi clítoris. El ángulo era perfecto, golpeando ese spot interno. Gemidos se volvían gritos: "¡Chíngame más duro, pendejo!" Tú aceleraste, gruñendo como animal, "Te voy a hacer correr, mi vida." La presión creció insoportable, mi cuerpo tenso como cuerda de guitarra. Olor a orgasmo inminente, ese almizcle espeso. Y entonces explotó.

El clímax me sacudió entera: olas de placer puro, concha convulsionando, chorros calientes empapando tus bolas. Grité tu nombre, visión borrosa, pulsos retumbando en oídos. Tú seguiste bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que te viniste con un rugido, verga hinchándose dentro, llenando el condón. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El silencio post-sexo era bendito, solo el tic-tac del reloj y nuestro latir compartido.

Te besé suave, saboreando el sudor en tu labio.

"Lo lograste, mi rey. Keep trying siempre funciona."
Reíste bajito, abrazándome fuerte. El afterglow era tibio, pieles entrelazadas, olor a nosotros impregnado en las sábanas que arrastramos del cuarto. Mañana sería otro día de rutinas, pero esta noche nos pertenecía. En tus brazos, sentí paz profunda, deseo saciado, amor eterno. Neta, qué chingón eres.

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