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Vals Sensual para Debby del Trío Bill Evans

6702 palabras

Vals Sensual para Debby del Trío Bill Evans

Entré al bar de jazz en la Condesa, ese rinconcito chido donde la noche huele a humo de cigarro viejo y café negro fuerte. El aire estaba cargado de notas suaves, como caricias invisibles que te rozan la piel. Me senté en la barra, con mi vestido negro ajustadito que me hacía sentir perrón, sabiendo que cada movimiento dejaba ver un poquito más de muslo. Pedí un mezcal con limón, el sabor picante me quemó la garganta y me despertó el calor bajito en el vientre.

Ahí estaba él, Javier, en la mesa del fondo. Alto, con esa barba recortada que pedía a gritos que la tocara, y ojos que te miran como si ya supieran todos tus secretos. Me vio y sonrió, una de esas sonrisas que te hacen mojadita de inmediato. Se acercó, su colonia amaderada invadió mi espacio, mezclándose con el aroma de mi perfume de vainilla.

—Qué onda, preciosa. ¿Vienes a escuchar el alma o a buscar problemas?

Le contesté con una risa ronca, juguetona. —Neta, las dos cosas, wey. Siéntate y averigua. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de cómo la vida en la Ciudad de México te chinga pero también te pone cachonda. Entonces empezó la música. El DJ puso el disco del Bill Evans Trio, Waltz for Debby. Ese vals suave, melancólico, con el piano de Bill Evans flotando como dedos expertos sobre teclas de marfil, el bajo pulsando como un corazón acelerado y la batería susurrando promesas. El ritmo me envolvió, me hizo mover las caderas apenas en la silla.

Javier lo notó. —Te gusta el jazz, ¿verdad? Ese vals para Debby siempre me pone... pensativo. Su voz bajó una octava, rozándome el oído. —¿Quieres bailar?

Mi pulso se aceleró. Asentí, y nos fuimos a la pista improvisada, entre parejas que se mecían lentito. Sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, el calor de sus palmas traspasando la tela delgada. Bailamos al son del Waltz for Debby, mis pechos rozando su pecho con cada giro. Olía a él: sudor limpio, mezcal y deseo puro. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y ¡neta!, eso me prendió como cerillo en gasolina.

La canción terminó, pero nosotros no. Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, lleno de jacarandas y tacos callejeros. Caminamos hasta su depa en la colonia Juárez, riéndonos como pendejos, besándonos en las esquinas. Sus labios sabían a sal y tequila, su lengua explorando la mía con hambre contenida.

Adentro, cerró la puerta y me acorraló contra la pared. —Debby —me dijo, inventándose el nombre como un apodo caliente—. Vals para ti, solo para ti. Puso el disco de nuevo, el Bill Evans Trio llenando la sala con ese vals hipnótico. Me quitó el vestido despacio, sus dedos temblando un poquito de pura anticipación. Quedé en lencería negra, mis chichis subiendo y bajando con la respiración agitada.

¿Por qué me siento tan viva? Este wey me ve como si fuera la única pinche mujer en el mundo. Quiero que me coma entera, que me haga suya al ritmo de ese piano.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula hasta que gemí bajito. El sonido del vals nos guiaba: suave al principio, como sus labios en mis pezones, chupándolos hasta endurecerlos como piedras preciosas. Lamía mi piel, saboreando el sudor salado que empezaba a perlar mi ombligo. Mis manos en su pelo, tirando suave, guiándolo más abajo.

Me llevó al sillón, de rodillas él frente a mí. Desabrochó mi brasier, liberando mis tetas plenas. —Estás riquísima, Debby. Neta, no aguanto. Yo reí, empoderada, abriendo las piernas para él. El aroma de mi excitación flotaba en el aire, dulce y almizclado, mezclándose con el jazz que seguía sonando. Sus dedos rozaron mi panocha a través de las panties, húmedas ya, frotando el clítoris con círculos lentos, torturantes.

—Quítamelas, cabrón —le ordené, mi voz ronca de necesidad. Obedeció, bajándolas despacio, besando el interior de mis muslos. Su lengua llegó al fin: plana, lamiendo desde la entrada hasta el botón hinchado. Gemí fuerte, el placer como electricidad subiendo por mi espina. El vals aceleraba un poco, el piano gimiendo notas altas, igual que yo. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Chingado, qué bien lo hace!

Pero quería más. Lo jalé arriba, quitándole la camisa. Su torso definido, pectorales firmes que lamí con gusto, saboreando la sal de su piel. Bajé su pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, masturbándola lento mientras lo besaba. —Fóllame, Javier. Al ritmo del vals.

Me recostó en el sillón, el cuero fresco contra mi espalda ardiente. Se puso condón —siempre responsable, eso me encanta— y se hundió en mí de un solo empujón suave. ¡Ay, wey! Llenándome completa, estirándome delicioso. Empezamos lento, como el vals: él entrando y saliendo con cadencia, mis caderas subiendo a su encuentro. El slap de piel contra piel se mezclaba con el bajo del trío, mis jadeos con el piano.

La tensión crecía. Aceleramos, sus embestidas más profundas, golpeando mi cervix con placer punzante. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo. —Más fuerte, pendejo. Hazme venir. Él gruñó, mordiendo mi hombro, una mano en mi clítoris frotando furioso.

Esto es puro fuego. Su verga me parte en dos, pero lo quiero todo. El jazz nos lleva, como si Bill Evans supiera de este desmadre.

El clímax llegó como ola gigante. Sentí el orgasmo construyéndose en el vientre, explotando en temblores que me arquearon. Grité su nombre —o el de Debby, qué más da—, mi concha apretándolo como vicio. Él se vino segundos después, rugiendo, su cuerpo convulsionando sobre el mío. El vals terminaba justo ahí, notas flotando en el afterglow.

Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Sudor enfriándose en la piel, su peso reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Eres increíble, Debby —murmuró, acariciando mi pelo.

Me acurruqué contra él, el disco girando en silencio. Afuera, la ciudad zumbaba con su caos eterno, pero aquí, en este momento, todo era paz caliente. Neta, este vals del Bill Evans Trio cambió mi noche para siempre. Ojalá repita.

Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con promesas de más jazz y más pasión en el aire.

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